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La huella inventada

Recientemente se han entregado los premios Goya y muchas personas ya ponen sus ojos en la siguiente edición. Sin embargo, entre las películas perdedoras de la pasada gala española estaba una de las cintas más interesantes que la industria ha dado en los últimos años.

CON DOS derrotas en las categorías de mejor documental y dirección novel, My Mexican Bretzel (Filmin) de Nuria Giménez Lorang es una de esas muestras espontáneas y tímidas de lo que el cine como arte y vehículo puede lograr. Durante sus 73 minutos de metraje asistimos a un viaje del que desconocemos el inicio y no alcanzaremos a ver el final, pero que no puede pasar inadvertido.

A pesar de no alzarse con ninguno de estos galardones, este documental —que por momentos no lo parece— es lo más similar al cine melodramático de los años dorados de Hollywood que puede encontrarse y está construido como la propia vida, como un fragmento de realidad al que asistimos de casualidad y que continuará sin que podamos presenciarlo.

El proyecto de Giménez Lorang surgió en 2010 durante un viaje a Zúrich junto a su madre a la casa de su recién fallecido abuelo. Tras resolver la herencia, se hicieron cargo de las cosas que ocupaban el trastero del anciano. Allí encontró alrededor de 50 bobinas de películas de 8 y 16 milímetros. Jamás se había hablado de tales carretes ni imágenes.

El abuelo de la directora guardó en secreto que, cámara en mano, había filmado los viajes que hizo junto a su esposa durante entre los años 40 y 60


El abuelo de la directora guardó en secreto que, cámara en mano, había filmado los viajes que hizo junto a su esposa durante entre los años 40 y 60. Las películas halladas recogían mundos dispares y sociedad de posguerra, países hoy cercanos pero cargados de un exotismo extremo debido a la época que era.

Tras casi medio siglo cogiendo polvo en unas cajas, Giménez Lorang decidió restaurar las cintas y analizarlas, intentar aproximarse más a las figuras de sus abuelos a través de las imágenes desconocidas. De una obsesión de ese calibre, hipnótica por momentos al volver segundo a segundo sobre un metraje, nace My Mexican Bretzel.

Pero la película que el espectador observa no es algo tan sencillo como una recopilación de mejores momentos viajando por el mundo, sino que se trata de un ejercicio fílmico aparentemente complejo, pero que responde a un principio moral. Giménez Lorang no creía que fuese lícito hablar en nombre de sus abuelos y fallar en su relato, ser inexacta o utilizar palabras que ellos jamás dirían.

Entonces para suplir esta falta de testimonio, comenzó a escribir en pequeñas notas pensamientos que le surgían de manera paralela a la restauración de las imágenes. Uniendo esas citas, surgió el diario de una supuesta mujer, pero nunca su abuela. Decidió romper el molde y escribir un guión con personajes, con referencias, y añadir una acción. No se trata por tanto de un simple documental, sino de algo así como una película de no ficción, pero no estrictamente fiel.

Así nace el matrimonio formado por León y Vivian Barret, una pareja acomodada dedicada a la industria farmacéutica que viaja por una Europa decadente mientras se confiesan mutuamente yuxtaponiendo las imágenes de él junto a los diarios de ella. Para dotar de verosimilitud al proyecto, Giménez Lorang prescindió del sonido salvo en momentos puntuales y calculados para generar una determinada sensación. Es un ejercicio de observación total leyendo subtítulos mudos sobre colores llamativos y fuerte luz.

Son muchas las reflexiones que aparecen a lo largo de My Mexican Bretzel que te hacen olvidar en todo momento que asistes a la proyección de una mentira


En esta falsa realidad que la directora crea sobre la auténtica vida de sus abuelos —a los que siempre vemos en acción—, contemplamos lo que nos inducen a creer como la ruptura del amor, la desazón en el silencio de una mujer que se derrumba en el interior. pero no deja de sonreír.

Junto a imágenes analógicas de Nueva York, Venecia, Nueva Orleans o Mallorca también recibimos reflexiones de un tal Paravadin Kanvar Kharjappali, pensador que inspira a Vivian Barret mientras escribe sus diarios, pero que, como la mujer, tampoco existió. Giménez Lorang comprendió que era necesario esta figura para justificar los profundos divagares de la que, hasta entonces, había sido una señora de pensamiento liviano.

"Sitios en medio de la nada. Sitios sin entrañas. Sitios que los has olvidado cuando todavía estás allí. Sitios que no respiran. Sitios que no se mueven, que no huelen, ni sangran, ni muerden, ni hablan. Sitios capaces de atravesarte sin tocarte", confiesa la protagonista en cierto momento cansada de tanto viaje sin rumbo.

Son muchas las reflexiones que aparecen a lo largo de My Mexican Bretzel que te hacen olvidar en todo momento que asistes a la proyección de una mentira. "Para qué mover montañas si no tienes a dónde llevarlas", se pregunta Vivian Barret pensando en otro amor. La atención exhaustiva que Giménez Lorang exige al público se recompensa con una retahíla de de siluetas etéreas que versan sobre el amor en sí y la vida sin objetivos.

Estas vidas mejoradas por la mentira constituyen una ficción real, son como anécdotas exageradas que siguen provocando risa aún sabiéndolas de memoria. Se trata de un engaño agradable al que dejas arrastrarte y del que formas parte como cómplice. Ante el tremendo silencio, dos mentiras se confiesan y elegimos creerlas.

La huella inventada
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