El tiempo
sábado. 13.08.2022
El tiempo

El llanto de los ratones negros

Durante el curso escolar de 1974, una niña afroamericana de 9 años salía de clase cada día diez minutos antes que sus compañeros y esperaba en la puerta principal a que sonase la campana. Cuando el timbre emitía el primer sonido, escapaba corriendo del colegio y no paraba hasta llegar a su casa.
taboa1

LA NIÑA HUÍA todos los días de un grupo de ocho o nueve chicos que querían matarla, que le gritaban "¡Negra de mierda!" mientras arrojaban ladrillos, piedras o palos con intención de dañarla. Y cuando llegaba a su casa, se giraba haciendo el corte de manga, burlándose por haber sobrevivido. Con esta anécdota arranca Finding me, la autobiografía de Viola Davis (1965, Carolina del Sur, Estados Unidos), la intérprete afroamericana más importante desde Sidney Poitier.

La niña llevó al año siguiente una aguja de calcetar consigo a la escuela y, llegado el momento, la utilizó para amenazar a sus agresores. Se defendió. Esta solo era otra prueba, mucho más liviana que la mayoría, en el camino de Davis, uno plagado de premios y reconocimientos que la convierten en la única persona negra en tener un Oscar, un Tony y un Emmy, habitualmente conocido como la Triple Corona de la interpretación.

Pero antes de ser laureada en cine, televisión y teatro, Davis fue una niña, joven y mujer adulta que pagó el precio de su infancia, su color de piel, su clase social, su cuerpo fuera del cánon, del trauma de la extrema pobreza y el abuso sexual. Su historia es la de tantas personas anónimas que por eso ahora ha decidido contarla, como parte de su proceso de perdón. "No podemos vivir con la esperanza de que nuestro pasado tome otro camino", explica en sus memorias.

Davis nació en una granja que pertenecía a su abuela materna, antiguamente conocida como una dura plantación de algodón que figura en historias de esclavos y reconvertida en una casa con una sola habitación, sin agua ni luz, por la familia de Viola. La casa estaba llena de gente aquella noche, a rebosar, y tras parir, su madre comió un sandwich de sardinas con tomate, cebolla y mostaza. Esta era la quinta de seis hijos y debía aprovechar para alimentarse ahora que aún podía.

Cuando la familia llegó a la localidad, les permitieron vivir en un edificio que iba a ser derruido

Su estancia en la plantación, sin embargo, duró poco. El padre de Davis, un mozo de caballerizas al que prohibieron asistir a la escuela, había escapado de su casa con quince años por los sucesivos maltratos físicos y cuando se casó, se asentó en la granja contra su voluntad. A los pocos meses de nacer Viola, la familia se mudó casi al completo a un pueblo de Rhode Island.

Allí, en Central Falls, todavía sigue cierta parte de la actriz, la parte de su memoria que se enlaza con el trauma y la supervivencia. Cuando la familia llegó a la localidad, les permitieron vivir en un edificio que iba a ser derruido, pero que para desgracia de las hijas duró demasiado en pie. Estaba en la calle Washington, el número 128, cifra que Viola todavía utiliza con una de sus hermanas como sinónimo de pesadilla.

En su autobiografía, la actriz explica dos lecciones que no tuvo necesidad de aprender. La primera es que su familia era la única negra de un pueblo de 20.000 habitantes. Había otra gente que no era blanca y similar a ella en tonalidad, pero se identificaban como caboverdianos o portugueses. Si los llamabas negros, te matarían. Ellos eran otra cosa.

La segunda lección es que siempre supo que era pobre, no del modo en que con el paso de los años y el crecimiento pone en perspectiva situaciones que les tocó vivir y lo entendió. Davis asegura que siempre supo su clase social y, de hecho, matiza que eran tan pobres que ni la palabra entera poseían. "Éramos po...". La actriz asegura que sus condiciones eran tales que la supervivencia no dejaba lugar al orgullo.

El piso en el que se habían instalado carecía de agua caliente, electricidad, teléfono y con el tiempo incluso de paredes. Era una casa pero lo opuesto a un hogar. La madre de Davis trabajaba como criada y empleada de fábrica, además de ser una activista comprometida con el movimiento por los derechos civiles. Esta lucha llevó a Viola a la cárcel en brazos de su madre, detenida en una manifestación junto a su hija cuando esta tenía solo dos años. Su presencia era lo mismo que su ausencia.

El edificio sufrió varios incendios con el paso de los años y las niñas rezaban en conjunto para que el fuego se llevase a los roedores

En el 128 de la calle Washington había también una plaga de ratas imposible de eliminar, en caso de que alguien siquiera lo hubiera intentado. Vivían junto a la familia Davis, de noche tomaban la cocina con la esperanza de comer las sobras aunque ni eso había en la casa. La actriz asegura que la comida duraba una semana como mucho, el resto procedía de cupones, beneficencia o cubos de basura. Ella pasaba hambre mientras las ratas cazaban palomas en el tejado o roían, como relata en sus memorias, la cara de su única muñeca mientras se tapaba con telas el cuello para evitar ser mordida.

El edificio sufrió varios incendios con el paso de los años y las niñas rezaban en conjunto para que el fuego se llevase a los roedores, pero al igual que ellas, siempre volvían. No eran las únicas que lo hacían.

El padre de Viola no paraba mucho en casa. Era alcohólico y tenía varias amantes en el pueblo de sobra conocidas por la familia. Incluso llevó a sus hijas en alguna ocasión a la casa de alguna. Pero cuando volvía al hogar familiar lo hacía para apalizar a su mujer  con lo que tuviese a mano, desde un palo a un cinturón. Después solía tocarle a algún hijo.

Davis no tiene dudas al describir la situación de abuso y relata cómo el cuerpo de su madre a día de hoy presenta las cicatrices de entonces, cuando eran heridas y dejaban un rastro de sangre por todo el barrio al huir la mujer de su casa, pero también cómo su mente y las de sus hermanas conviven con el recuerdo de aquello.

Durante las palizas, jugaban a tener otras vidas y elegían siempre ser ricas amas de casa blancas de Beverly Hills


Según relata en su libro, las niñas llegaron a aislarse de los gritos y peleas y ser sordas selectivas. Durante las palizas, jugaban a tener otras vidas y elegían siempre ser "ricas amas de casa blancas de Beverly Hills, con grandes joyas y pequeños chihuahuas".

Todas deseaban que su madre lo abandonase, que las sacase de aquel lugar, pero en vistas de que no ocurriría Viola se interpuso una vez. Su padre estaba pegando a su madre, había agarrado un vaso y se lo había roto en la cara. La mujer tenía un tajo profundo que sangraba a borbotones. Antes de que le diese el segundo corte, Davis se interpuso. Era una niña ya crecida y gritó "¡Basta ya!". Algo en ella cambió entonces al mirar a los ojos a su abusador.

Hasta entonces Viola había sido una niña que vivía sin destacar entre las ratas y la vergüenza. La vergüenza de ser pobre, la vergüenza de ser negra, la vergüenza de tener hambre… Pero la actriz reconoce que hubo un tipo concreto de vergüenza que la marcó especialmente.


Davis y sus hermanas se orinaban en la cama prácticamente cada noche y sucedió hasta los 14 años. Hoy en día sabemos que este es un síntoma de persona que padece un trauma, pero en los años 70 fue algo inevitable. A Viola le asignaron una enfermera en el instituto después de la queja de alumnos, familias y profesores por su olor y estado de salubridad. La sanitaria debía enseñarle a la niña nociones de higiene básica, las cuales desconocía.

Nadie la había enseñado a ser humana, niña, mujer, negra o alumna, como ella misma reconoce, pero tampoco la veían en la dimensión que correspondía. Recibió clases de higiene sin que las autoridades entendiesen que en su casa no había agua caliente ni jabón, ni siquiera agua corriente todos los días, y por mucho que lavase la ropa orinada no había calefacción en la casa, por tanto la ropa debía secarse en el interior y apestaría a humedad. En Rhode Island la temperatura media en invierno es de -5 grados.

La situación de Davis y otras muchas como ella las llevaba a vivir situaciones de abuso sexual en muchos grados

El olor existía y ella lo sabía, aunque se había acostumbrado por la fuerza. No era solo olor a orines, era también a mojado, a cerrado, a moho, a pobreza. Y eso cuando podía, porque admite haber estado semanas sin tomar una ducha o lavar una pieza de ropa.

Paralelamente, la situación de Davis y otras muchas como ella las llevaba a vivir situaciones de abuso sexual en muchos grados. Era habitual en su barrio que hombres mayores pagasen veinte centavos a niñas por un beso en los labios, trato que aceptaban por hambre. Luego eran humilladas públicamente con la etiqueta de prostituta.

Sin embargo, en el caso de la actriz la situación fue más allá. Durante una temporada en que sus padres estaban ausentes, las hermanas quedaron al cargo de su hermano, mayor que ellas y mucho más fuerte. Sin caer en detalles, Viola relata en su autobiografía cómo el hombre traspasó muchos límites en aquellas tardes con sus propias hermanas, con todas ellas, y el impacto que tuvo en el modo en que pudo vivir su sexualidad.

Ante una situación como esta, con los hechos presentados, muchas voces preguntan a la intérprete por qué nadie hizo nada si era algo tan evidente. "A nadie le importan las condiciones en las que viven los indeseados", responde a todas ellas en su libro.

El profesor de teatro vio a una bestia interpretativa capaz de canalizar rangos de emociones que los profesionales desconocían

Viola sabía que debía salir de su casa como fuese. Sobrevivía a la escuela pero nada allí le parecía algo similar a una salida. Hasta que un día apareció en su televisión destartalada una mujer negra como ella, sensual, de labios carnosos, corto pelo afro y actitud poderosa. Era la actriz Cicely Tyson en la miniserie La autobiografía de Jane Pittman. Supo que quería ser ella.

Por aquel entonces en el instituto existía un programa llamado Upward Bound que apoyaba y actuaba como una red de seguridad para jóvenes en la situación de Viola. Ella los recuerda como sus ángeles salvadores, quienes le enseñaron todo y le abrieron el mundo ante sus ojos. Por su parte, el profesor del taller de teatro vio inmediatamente a una bestia interpretativa capaz de canalizar rangos de emociones que los profesionales desconocían.

El contexto vital de Davis la había dotado lamentablemente de una capacidad sobrehumana para reproducir gritos, llantos, tristezas y frustraciones, sonrisas tras peleas y la mueca del hambre. Pero también lo opuesto a todo ello, lo cual aprendió observando la vida de los demás y las películas, como reconoce en su autobiografía. Viendo las vidas ajenas supo lo que era ser feliz.

Por ello se graduó posteriormente en Teatro en la universidad de Rhode Island, aunque con vistas a vivir de profesora y no de actriz, porque el panorama era austero. Los únicos papeles que existían para ella eran de madre drogadicta, testigo de juicio o cadáver. Era demasiado negra hasta para los papeles que incluían el adjetivo de afroamericano.

En 1991, a los 26 años, decidió apuntarse a una beca de la escuela Juilliard, la más prestigiosa en Estados Unidos en el campo de las artes, y fue aceptada. Pasó a ser una de los 30 estudiantes negros inscritos en teatro, música y danza de un total de 856. Allí formaban a intérpretes para convertirse en "los mejores actores blancos y europeos, pero totalmente carentes de emoción", explicaría posteriormente Davis.

Rápidamente se convirtió en la actriz secundaria fetiche de Steven Soderbergh para películas como 'Traffic' y 'Solaris'


Tras graduarse y pasar un par de años sin dar señales, la vida de Viola cambiaría en 1996. En el mismo año se estrena en televisión con un papel ínfimo en NYPD Blue, un formato policial, y sería acreditada como la enfermera en la película The Substance of Fire, por lo cual recibió la invitación a unirse al sindicato de actores.

Pero sobre las tablas del teatro no era alguien menor. Estaba actuando en Broadway en la obra Siete guitarras del icono del teatro afromericano August Wilson. La crítica se deshacía en elogios hacia una desconocida que interpretaba con la elegancia del cine clásico pero con la verdad de quien no interpreta y ese mismo año optó a ganar el premio Tony.

Rápidamente se convirtió en la actriz secundaria fetiche de Steven Soderbergh para películas como Traffic y Solaris, aunque el resto de sus apariciones en cine eran desiguales. Aceptaba lo que le ofrecían para poder vivir porque en televisión no lograba despegar más allá de apariciones puntuales. Todo lo contrario ocurría en teatro, ámbito que la reconocía en 2001 con su primer Tony como protagonista en King Hedley II de August Wilson.

En 2008 entra en el reparto de la película La duda, junto a Meryl Streep, Amy Adams y Philip Seymur Hoffman. Poseía solo 8 minutos de aparición en todo el metraje y una fuerte escena de confrontación con Streep a la que Davis añadió una gran cantidad de mocos mientras lloraba, algo absolutamente involuntario. Impresionó a todo el equipo y gracias a ello, logró su primera candidatura al Oscar. Tras esta vendrían la de Criadas y señoras, cinta que admite jamás debió hacer, y Ma Rainey’s Black Bottom, aunque el galardón llegó con Fences, adaptación de la obra de August Wilson que le había granjeado también un Tony.

Es una de los 10 mejores intérpretes del siglo XXI según The New York Times y la actriz que mejor llora

Solo entonces Viola Davis comenzó a vivir un nivel de fama mundial que la sitúa en quien es hoy, una de los 10 mejores intérpretes del siglo XXI según The New York Times y la actriz que mejor llora. Su papel en la serie de televisión Cómo defender a un asesino rompió todos los moldes en la representación negra y femenina y la convirtió en la primera mujer afroamericana en lograr el premio Emmy como protagonista. Sobre el escenario en el momento del discurso, habló claro.

"En mi mente veo una línea, y más allá de esa línea veo verdes campos y bonitas flores. Y veo hermosas mujeres blancas alargando sus brazos hacia mí. Pero no puedo llegar allí, no puedo pasar esa línea. Eso dijo Harriet Tubman en el siglo XVIII. Y os diré una cosa: La única cosa que separa a las mujeres negras de cualquier otra es la oportunidad. No puedes ganar premios por papeles que simplemente no existen", exclamó mientras el auditorio se alzaba en vítores.

El llanto de los ratones negros
Comentarios