Sicilia, entre tabaco y muerte

Andrea Camilleri. AEP
Andrea Camilleri. AEP
En 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, un joven desertor se detuvo junto a un tanque italiano del que colgaba un cadáver. Se le habían vaciado los bolsillos en el suelo y el muchacho recogió sus cosas. Al llegar a casa leyó una de las cartas. La novia del soldado lo había engañado con un amigo. El escritor Andrea Camilleri (Italia, 1925-2019) nunca contó esta historia en sus novelas.

En raras ocasiones el talento de un individuo es capaz de unificar fragmentos de la sociedad y transformar la imagen de un territorio. Tres décadas atrás, Camilleri se encontraba en un punto raro de su trayectoria, estancado dentro de la televisión y lejos de su vertiente intelectual. Asumió el reto personal de crear una novela negra perfecta, o al menos inusual. Preparó los personajes, la trama y el escenario. Recibió varias negativas hasta que una editora confió en él. El resultado unió a Italia y transformó su proyección.

En 1994 publicó La forma del agua, el texto en que presentó al mundo al comisario Salvo Montalbano. Atrajo la atención de miles de lectores gracias a su idioma mestizo, la verdad identitaria que palpitaba y, en especial, por la renovación del género literario a través de lo italiano. Millones de ventas después e incluso logrando subir el 2% del PIB de su isla natal con el turismo, el secreto de Camilleri permanece intacto. Ni él mismo lo conocía. Con el tiempo, la única explicación que encontró fue la honestidad de su memoria, tanto para plasmar Sicilia como a su propio padre.

Por palabras del autor, el primer recuerdo impactante que transformó su vida sucedió en la puerta del hogar familiar. Aunque sus antepasados provenían de Malta, desde hacía generaciones su estirpe se vinculaba a Porto Empedocle, donde vivía como hijo único de un inspector de puerto y una ama de casa. Una tarde de junio de 1935, alguien llamó a la casa Camilleri. El niño abre y encuentra a un visitante vestido con peluca, oro bordado, capa y espada. La abuela paterna esperaba a su primo, Luigi Pirandello, que recientemente había ganado el Nobel de Literatura.

La infancia transcurría sin mayores obstáculos para él. Con 10 años, coincidiendo con la Guerra de Etiopía que peleó la Italia de Mussolini, el niño escribió una carta al dictador solicitándole permiso para unirse a la batalla. Quería engrandecer su país. Recibió una respuesta positiva, pero a futuro. Il Duce le instaba a esperar porque era joven. Su hogar se inclinaba por el bando fascista e incluso su padre había participado en marchas revolucionarias.

Las noches de la niñez terminaron todas del mismo modo. La abuela narraba a Camilleri multitud de historias sin necesidad de un libro ni de lectura. Aquella invención de la ficción desde la memoria lo fascinaba. Tampoco su historia preferida, Alicia en el país de las maravillas, se libró del embrujo de la nonna. Sin embargo y en lo referido a la escuela, el muchacho no conseguía levantar el vuelo académico. Por ese motivo, sus padres decidieron ingresarlo en un colegio interno.

En aquella institución repetía el fracaso. Estimuló, eso sí, una forma de imaginación ligada a la picardía y al ingenio. Para conseguir una expulsión definitiva, Camilleri se hizo con un par de huevos en la cocina y se acercó al enorme crucifijo que presidía la sala principal de la escuela. Los lanzó para blasfemar. Dio de lleno en el blanco. Regresó a casa sin negociación y decidieron ingresarlo en el Liceo Clásico, donde se graduó sin exámenes a los 18 años gracias al bombardeo de los aliados sobre Sicilia. La guerra apremió sus estudios.

Los siguientes meses los pasó entre camiones alemanes e italianos, tirado al suelo comiendo polvo para evitar las balas, palpando sangre seca y atemorizado. Desertó sin remedio. Había perdido su inclinación al fascismo después de leer La condición humana, de André Malraux, y militó desde entonces hasta el final de su vida en el Partido Comunista de Italia. En el periplo de regreso a casa conoció a personajes inverosímiles e incluso viajó de polizón en un camión congelador de pescado.

Su vuelta terminó por dejarlo en Enna, un municipio de Sicilia pequeño y literario. Allí vivó durante un par de años en una habitación sin calefacción, visitando la biblioteca municipal y leyendo a escritores del sur de Italia. Obtuvo un pequeño reconocimiento por sus poemas, el suficiente para animarlo a seguir. Camilleri sentenció que con rotundidad su oficio nació ahí, por lo que siempre estaría en deuda con Enna.

En 1942 consiguió abrirse camino en el teatro como director de algunas obras. Pasó por la Universidad de Palermo, aunque no se graduó. A cambio, se afilió al Partido Comunista y sus relatos y poemas le ganaron hueco en el mundillo. Fue admitido como el único director de teatro estudiante de su promoción en la Academia Nacional de Arte Dramático, de la cual se graduó en 1952. Se abrió así una época con más de 100 representaciones de títulos de Pirandello, Ionesco, Mayakovski, Adamov, T.S. Eliot o Beckett, que se estrenó en Italia por primera vez bajo su mando.

Camilleri se movía por el ambiente cultural como una célula durmiente, tan capaz de leer el talento y la corriente europea como inmóvil por la censura. Pese a ser uno de los candidatos más exitosos en el examen de acceso a la RAI, su filiación comunista le dejó fuera de la cadena pública italiana. Venció el pulso institucional en 1957, mismo año en el que se casó con Rosetto Dello Siesto, su esposa durante seis décadas hasta la muerte de él. La definió como "la espina dorsal de su vida". Terminó la década escribiendo una tesis sobre los teatros permanentes en Italia durante el siglo anterior.

Se convirtió en profesor del Centro Experimental de Cinematografía de Roma, del cual habían salido Antonioni o Néstor Almendros, e inició su carrera como guionista y productor en la RAI. Aunque sus historias más destacadas son las del teniente Sheridan, su mayor hito es la adaptación del Maigret de Simenon al medio televisivo. Con esta práctica se convierte en un gran escritor técnico y adaptó el método que le había contado un colega del oficio. Consistía en comprar varios ejemplares de una novela de Simenon, arrancar las hojas una a una y reordenar la novela no según la lógica narrativa, sino el suspense audiovisual.

El final de los años sesenta es un estado de gracia profesional para Camilleri, convertido ya en una pieza clave para la RAI, un docente notable que se había trasladado como catedrático a la Academia Nacional de Arte Dramático, un director de teatro arriesgado y autosufragado. Alguien ocupado, como escribió una de sus hijas: "Cuando mi padre regresa a casa se encierra en su estudio y lee guiones. Sale en la tarde y ya no vuelve a regresar. Cuando me despierto, a veces no está, este es mi padre. Algunas veces pone a funcionar la lavadora".

La agitación se pausó de golpe. El padre de Camilleri ingresa en una clínica con pronóstico fatal. La edad llegaba a su fin. El escritor renuncia a todo compromiso formal para volcarse en los cuidados de su padre, la figura total. Una noche de insomnio mutuo, Camilleri comienza a narrarle una idea que le ronda y no logra escribir como corresponde. Se lo cuenta como hablan ellos dos, en su italiano medio siciliano, su lenguaje familiar. Al terminar su relato, el padre le responde que es una gran idea y le entrega su último consejo: "Escríbela como me la has contado".

La muerte del padre sepulta a Camilleri con la realidad. Sus dos matrimonios lo sustentaron, el del amor y el del tabaco, los 80 cigarros diarios que consumía religiosamente. Su vida proseguía estática hasta que recibió una oferta chantajista. Le publicarían su novela El curso de las cosas, que había escrito diez años atrás, a cambio de incluir al editor en los títulos de crédito de una serie. Apenas recibió atención, como las novelas históricas posteriores, Un hilo de humo y La masacre olvidada.

Su tránsito en los años 90 sucede desigual hasta que su novela La temporada de caza consigue éxito de crítica y público. A partir de entonces sus textos concentran miles de lectores. La consagración llega en 1994 con la publicación de La forma del agua, primera historia protagonizada por el comisario Salvo Montalbano, cuyo nombre toma de un gran amigo e inspirador, Manuel Vázquez Montalbán.

La saga Montalbano es uno de los fenómenos literarios más extraños del contexto europeo, quizá mundial. Textos escritos en un italiano sucio con referencia a un mundo cuasi de-saparecido, reinventando el sur del país sin recaer en mafia y el conflicto común, plasmando gastronomía y misterio, explicando una sociedad de difícil existencia, aunque real. 

Camilleri revitalizó el sector de la novela de misterio arrastrando el misterio fuera del cuadro y poniendo el foco en los personajes, en las cuestiones vitales comunes y en los adornos de la vida, desde el baile a las copas de medianoche. En realidad, todo se resume en la palabra Vigàta, el municipio escenario de todas las tramas, un Macondo siciliano.

Quizá el grado de profundidad en las 33 novelas que componen la saga Montalbano se debe a que su autor, por entonces muy de vuelta de las altas esferas culturales y experimentales, peinaba canas de 70 años. Solo asumía su propio reto: escribir novelas de misterio perfectas según su esquema y no matar al protagonista todavía, ya que lo detestaba y se veía tentado.

En paralelo, Camilleri jamás abandonó otro tipo de escritura, desde la política a la histórica, y con especial profusión en el texto ensayístico. Su vertiente intelectual no logró traspasar la frontera del mismo modo que su Montalbano, primero como novela, después como fenómeno televisivo. A los 35 millones de ejemplares vendidos se le deben añadir los millones de espectadores que disfrutaban los guiones que él mismo escribía o adaptaba. Pese a ello, el pensamiento y la participación social o filosófica le preocupaba. Se posicionó contra Berlusconi y, en los últimos tiempos, contra Salvini.

"Si el intelectual tiene alguna fuerza como persona que piensa y pronuncia una opinión, no puede hablar sólo de su ombligo, en mi opinión. Debe hablar de la sociedad que le rodea. Pienso que, para un intelectual, existen dos tipos de compromiso. El primero, con la propia escritura. Escribir bien. Escribir todo aquello que uno siente que tiene que decir. El otro es escribir artículos en los diarios", explicó en su discurso al recibir el premio RBA de novela negra. 

Se atrevió como actor en varias piezas ajenas y en una propia, Conversación sobre Tiresias, un texto de inspiración clásica. Sintió un claro reflejo entre él y la figura mitológica del adivino ciego de Tebas. Primero, por su misma condición visual, ya que Camilleri perdió la visión en sus últimos años. Segundo, porque la repetición de los tiempos y el fascismo le resultaba una pesadilla. Pese a todo, la invidencia le permitió "desterrar a la fealdad y ver lo que queda, la belleza".

Camilleri trabajó incansable hasta el final de su vida. Legó 104 libros traducidos a 120 idiomas y millones de lectores devotos. Los achaques de salud le obligaron a bajar a 60 los cigarrillos al día, incluso a cambiar de marca. El mundo todavía lo desafiaba a medida que los críticos señalaban su método como efectista, sin fondo. Él mantenía su ritmo de producción, tanto que murió con textos en la recámara. En 2006 puso fin a la saga Montalbano con una novela que todavía permanece sin publicar, ya que dejó escrito que el comisario le sobreviviese e inmediatamente después, muriese.

Sobre sus últimos días, dijo: "Si pudiera me gustaría acabar mi carrera sentado en una plaza contando historias y, al final de mi cuento, pasar entre el público con la boina en la mano".

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