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Silencios abrumadores en guiones vacíos

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AHORA QUE se cumplen más de tres décadas desde el debut cinematográfico de Wong Kar-Wai (Shanghái, 1968), un catálogo sobre su universo ha traído de vuelta al ya clásico director asiático gracias a la restauración de sus siete primeras películas, que él mismo ha realizado a conciencia, y disponibles ahora en Filmin. Además de esto, él mismo ha confirmado que pronto estrenará una serie de televisión y una nueva cinta.


Este cineasta chino es uno de esos talentos generacionales que si no destacan en un primer momento, la Historia luego ha de reivindicarlos. Aunque no es prolífico ni multidisciplinar, Kar-Wai es el autor de la ampliamente considerada como mejor película del siglo XXI, ‘Deseando Amar’ (2000), y exponente en todos sus trabajos de una perspectiva reducida capaz de superar los códigos culturales. De su vida nace su obra, como él mismo defiende.


La infancia del director es uno de esos recitales donde el arte salva un alma perdida que no tiene culpa de su situación, pero en este caso no se trata de una familia desestructurada ni de alguna forma de adicción. Aunque Wong Kar-Wai nació en Shanghái, la coyuntura de su familia los obliga a mudarse a Hong Kong cuando esta ciudad aún es británica y él solo cuenta cinco años. Aunque China hoy se muestre como una gran masa, en los flecos de la unidad se esconden los matices.


La soledad que sufrió Kar-Wai a tan temprana edad lo ha marcado hasta el día de hoy de manera indisoluble, un aislamiento provocado por la incomunicación del idioma, del código que él no manejaba. Como hablante de mandarín y con dialecto de su área, su adaptación a un entorno puramente cantonés fue un proceso complicado, lento y frustrante que delimitó su vida social y desarrollo con otros niños.

Su madre decidió entonces que las salas de cine serían su refugio y para mostrar que de la incomunicación pueden surgir grandes momentos de complicidad


Su madre, que en esa época ya poseía un nivel cultural inusual y sin fronteras, decidió entonces que las salas de cine serían su refugio y que ante ellos también se hablaría francés, inglés o español para mostrar que de la incomunicación pueden surgir grandes momentos de complicidad y entendimiento. Desarrollar, finalmente, la empatía sin comprenderse.


Una constante que ha marcado todo el cine de Kar-Wai es el silencio, la ausencia de verbo para provocar un lenguaje que supera lo perceptible y evoca a lo sentido, lo emotivo. La ya mencionada ‘Deseando amar’ es una muestra máxima de ello, con las miradas perdidas a un lugar que desconocemos o las cabezas inclinadas pidiendo compañía, pero también en Happy Together (1997) o Chungking Express (1994), en donde las atmósferas de ruido solo dan lugar a la intuición.


En los silencios del director chino hay diques de contención, embalses de emociones y palabras que no pueden ni quieren ser aireados pero que, de algún modo místico, deben ser percibidos por el otro. Es en lo no dicho donde existe lo puro, en esos gestos simples pero de un abrumador contenido que hacen del tacto un sentido más útil que la vista. Pero esta incomunicación es problemática, dificulta la felicidad y es partícipe del miedo y el amor.


Hasta sumar 13 años no fue capaz de hablar con fluidez el cantonés dominante en Hong Kong y para entonces en su vida ya se habían cruzado las influencias que marcaron a persona y artista. La televisión, la publicidad y los videoclips forjaron un sentido de la estética que Kar-Wai sumaba a su amor, gestado en el tiempo hasta su edad adulta, hacia Hitchcock, Cassavetes, Antonioni, Proust, Cortázar, el jazz y Latinoamérica.

Antes de entregarse al cine como oficio Wong Kar-Wai se graduó en diseño gráfico y comenzó a trabajar en televisión


Nombra él mismo al escritor Manuel Puig como alguien fundamental para comprender su gusto por las narrativas no lineales, que distorsionan el tiempo hasta casi anularlo y romper con la causa-efecto tradicional. Tras leer The Buenos Aires Affaire de Puig, Kar-Wai supo que no todo tiene un final o al menos uno que nosotros vayamos a conocer, que los hechos no tienen que transmitirse tal y como ocurren, sino que puede haber poesía en el relato.


Pero es su gusto por la ciudad, siempre un trasunto de Hong Kong y en ocasiones también de Shanghái, como un protagonista más, inaccesible pero determinante en el comportamiento de sus habitantes y de sus emociones, el eje principal en el cual cimenta sus obsesiones y frustraciones. Kar-Wai es cronista de un tiempo aleatorio en un espacio indefinido pero que lo abarca todo.


Antes de entregarse al cine como oficio y encadenar muchos fracasos de taquilla en su país pero ganar una relevancia internacional inusitada para un director chino, Wong Kar-Wai se graduó en diseño gráfico y comenzó a trabajar en televisión, hasta que llegó a convertirse en guionista a tiempo completo. Por esta exposición constante a las palabras también se refuerza la aversión del director a la expresión explícita.


Una de sus señas de identidad es su peculiar forma de trabajar, que altera las grabaciones y lleva a nuevos lugares a los intérpretes, pues sus guiones carecen casi de letras y en ocasiones se escribe como registro de lo filmado y no al revés, como base para grabar. Kar-Wai cree como Unamuno que los personajes tienen una entidad propia que debe explorarse rompiendo los marcos que los atrapan.

La expresión a través de la expresión ajena. Al contraste auditivo se le suma la emotividad que tanto la luz como las tonalidades buscan de manera artificial


Wong Kar-Wai sabe quiénes son sus personajes y a dónde han de llegar, pero no escoge caminos y las pocas veces que escribe algún renglón lo hace con anterioridad inmediata a grabarlo. No solo es el texto o lo no verbal lo que conforma una historia, es, para él, todo el contenido y no contenido en una imagen lo que genera una escena absoluta. Es instintivo, primario, y así lo quiere para su arte.


Aunque su relevancia hoy día es más que justificada, tras estrenar su primera película no gozó del favor de nadie en su país. La industria hongkonesa se decantaba por lo comercial y demandaba acción, velocidad y ritmo. Resistiendo bien estas limitaciones, Kar-Wai supo trasladar su visión poética y lenta de la ciudad, del amor y la soledad con la misma intensidad que la Nouvelle Vague. De hecho, Francia sí lo aceptó rápidamente.


Esta revisión desde la óptica colorista y oriental, estilizada hasta el límite, se hibrida con un uso de la música que rompe con lo habitual, introduciendo canciones en otros idiomas y escenas donde quien canta habla en lugar de quien aparece en pantalla. La expresión a través de la expresión ajena. Al contraste auditivo se le suma la emotividad que tanto la luz como las tonalidades buscan de manera artificial.

Es la conexión de encontrarse dos ojos que te miran desde el otro lado de la habitación y corresponderles


A sus retratos de amor y soledad en Hong Kong deben sumársele los matices, lo sutil que genera la diferencia. Para Kar-Wai el tiempo se compone de momentos efímeros en sucesión, unos interesantes y otros desechables, y de los recuerdos que guardamos de ellos. Es el presente lo único que existe pero es difícil agarrarse a él.


Sus personajes son individuos y no representantes, no son ídolos de un colectivo. Viven aislados en un contexto diluido entre lo chino y lo europeo con rutinas que buscan romperse mediante el amor. Kar-Wai cree en la fortuna y posibilidad que encierra un encuentro cualquiera, el furtivismo emocional que existe en las miradas de deseo entre extraños y las emociones en medio. Es la conexión de encontrarse dos ojos que te miran desde el otro lado de la habitación y corresponderles.


En su particular visión del romanticismo también cabe la tradición y el espíritu cultural de un tiempo, cabe la lujuria y la infidelidad pero también el miedo y el fracaso. El deseo adquiere una dimensión física con forma de cuerpo humano que se insinúa a cámara lenta y que se resiste a la compañía, que se regodea en su soledad y habla solo consigo mismo.


Aunque hace casi una década que no estrena película, su influencia es tan masiva que cineastas como Isabel Coixet comparten su admiración con Tarantino o Barry Jenkins, quien reconoce que Kar-Wai es fundamental para su galardonado film Moonlight. El director chino durante estos años se ha dedicado a restaurar su legado y confeccionar nuevas historias, pero no debemos esperar ahora un estruendo que rompa con su silencio.

Silencios abrumadores en guiones vacíos
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