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sábado. 13.08.2022
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Me acuerdo de Charlton Heston en Cuando ruge la marabunta, secándose con su pañuelo.

OJALÁ TUVIESE yo un pañuelo así, anudado al cuello.


Vengo de fuera, de cruzar una explanada al sol, a las tres de la tarde. Vengo con los pies hirviendo dentro de los zapatos, con un pantalón que pica, que me hace caminar despacio a ver si no se mueve y me roza un poco menos, y con la camisa fina blanca, ya transparente, pegada al cuerpo. De vez en cuando cojo la tela a la altura de un hombro y trato de separarla un poco, pero es parecido a levantar una toalla empapada del suelo y volver a dejarla caer. El sudor me gotea frente abajo, metiéndoseme en los ojos, desde las sienes, por la nuca, y desciende por la espalda y el pecho, hasta perderse en las profundidades, donde sobra todo.


Por fin, entro en un edificio. Es un edificio antiguo, de piedra, y el zaguán, de techos altos y suelo de mármol, está fresco. Voy subiendo las escaleras despacito, respirando. El pasamanos, de latón, está casi frío. Pero, arriba, el pasillo ya no es lo mismo. A pesar de la sombra, la temperatura es más alta. Y alguien ha obviado por completo las leyes de la termodinámica y ha dejado algunas ventanas abiertas para que corriese el aire, con lo que ha conseguido, por supuesto, que haga más calor. Las cierro y busco el cuarto más sombrío en la fachada menos soleada. Me aseguro de que no entra ni un soplo de aire del exterior y me siento a escribir.


Cruzo las piernas, como siempre, y el pantalón me pica todavía más, y la temperatura de la de abajo comienza a subir tanto que tengo que separarlas. Intento despegarme la camisa de la espalda, pero es como quitarle el forro a un libro de texto. Abro el portátil y coloco las manos sobre el teclado, pero, si las apoyo, se me pegan. Me quedo quieto y entonces, durante no menos de cinco minutos, es como si tuviese que descargar todo el calor acumulado: el sudor se redobla y empieza a caerme como si lloviera; ya no son gotas, sino una cortina de agua, como si alguien me estuviese vaciando una botella, poco a poco, en la cabeza. Sigue empapándome la camisa y empieza a gotear en la mesa. No me muevo, porque sé que es peor. Me quedo quieto, buscando ahorrar energía, bajar mi gasto calórico al mínimo, imitar a los mojes tibetanos capaces de reducir la velocidad de su metabolismo hasta en un sesenta y cuatro por ciento. Espero. También los había que, con una técnica de yoga llamada G Tum-mo, podían hacer que la temperatura de sus pies y sus manos descendiese casi diecisiete grados. No estaría mal, aunque resulta todo un poco extraño: esa cifra tan caprichosa, de diecisiete grados, y el hecho de que fuese solo en pies y manos; entre otras cosas, porque no sabemos si se compensaba con un aumento, desde luego nada deseable, en otras zonas.

Pienso en Charlton Heston en la película, en su mansión con el piano de cola, transportado río arriba, desafinado


Pienso en un sofá en una habitación en penumbra, donde una brisa suave mueve los visillos blancos y el tic-tac de un reloj de pared nos acompaña mientras la lectura se va ralentizando, dejamos el libro abierto sobre el pecho y cerramos los ojos. Pienso en un jardín trasero umbrío, con una parra tupida y una fuente de agua fresca, y una tumbona cómoda en la que dejarse mecer por el aire que agita las hojas de los árboles, a un ritmo cansino de vaivén, como el de las olas del mar. Pienso en Sir Ernest Shackleton y en su tripulación, atrapados en el hielo durante diez meses a bordo del Endurance, tan ricamente.


Parece que mi cuerpo, dentro de lo que cabe, va recuperando cierto equilibrio.


Pienso en Charlton Heston en la película, en su mansión con el piano de cola, transportado río arriba, desafinado. Tendría que probar yo lo del pañuelo al cuello, en días como hoy. Elisabeth Taylor, que todavía aguarda a demostrar todo su valor, y que no sé muy bien qué interés tiene en continuar allí y ganarse su respeto, mira para él, que, mientras valora la magnitud de la amenaza y el sacrificio que le va a exigir, se seca la frente con ese gesto de crispación tan suyo. Y empiezo a escribir: "Me acuerdo de Charlton Heston…".

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