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Byung-Chul y mi abuela

Desde pequeño, siempre he atribuido vida a los objetos. O, como mínimo, sentimientos.
Byung-Chul

CUANDO, después de hacer la cama, veía la colcha arrugada, no la alisaba porque quedase mal, o no solo por eso, o no principalmente, sino por la colcha, por ella, por que estuviese bien. Lo mismo al colgar mi ropa de noche en la silla: la doblo y la coloco por consideración a la ropa, para que pase una buena noche. Por eso tampoco dejo la que es para lavar tirada en el suelo; me parece una falta de cariño. Si abro el cajón de los cubiertos para coger un cuchillo, me fijo en cómo están puestos, porque siempre hay uno que te está diciendo que lo elijas; pero, a veces, al agarrarlo los demás se mueven y aparece otro que claramente se hace notar: ahí, dudo. Al cerrar una habitación, o al irme del salón para acostarme, miro que las cosas, los cojines, las mantas, una caja, una foto, estén en su sitio, y lo hago sobre todo por ellos. Dejar un bote de champú con el tapón mal cerrado, de medio lado, es pasar totalmente del champú, que tiene su corazoncito.

Supongo que todo esto es una locura como otra cualquiera, y seguro que figura en el cuadro de exclusiones de varias oposiciones. Pero no creo que le haga daño a nadie, y a mí me hace sentir cierto equilibrio. Es una especie de búsqueda de la armonía con lo que me rodea, aunque imagino que un psiquiatra le podría poner otros nombres.

Pero es que, además de humanizar las cosas en general, en algunas tiendo a poner una gran carga sentimental. Y esto ya no es por ellas, sino por mí. Hay cosas que me traen recuerdos, que me trasladan a sitios o me llevan a otros momentos de mi vida. Como a todo el mundo, supongo. Lo que no sé es si es común tenerlo tan presente. Voy a beber agua y en la alacena cojo un vaso que fue de mi abuela, y me acuerdo de ella. Por las mañanas, a cada uno le pongo la cuchara que prefiere, porque nos recuerdan épocas o casas. El azucarero que usamos es el azul, de aluminio, de mi otra abuela, y al verlo veo su cocina. Esa misma abuela tuvo una tienda-bar cuando mi madre era pequeña, y servía el aguardiente, la caña, en unos vasitos minúsculos, con mucho culo y una raya roja para marcar la cantidad: tengo en casa tres. Cuando arropo a Paula con la manta que le regaló mi madre, es como si también ella estuviera allí y yo asistiese al cierre del círculo entre las dos. Imagínense lo que me parecerá dormir en la cama que hizo mi abuelo, la que fue su cama de matrimonio y en la que, al final, agonizó.

Hace un diagnóstico nuestro, de la vida en nuestra sociedad, pero no se para lo suficiente a explicar los porqués

Este fin de semana he leído La sociedad del cansancio (Herder), de Byung-Chul Han, el filósofo coreano que casi casi se puede decir que está de moda. Y, para ser su obra más famosa, me ha decepcionado. Por una parte, hay ideas que me parecen lugares comunes ya, un poco obvias, incluso –aunque, claro, uno debe tener cuidado con esos juicios, porque a lo mejor es que ha dado, precisamente, con el origen de las ideas, con quien las enunció por primera vez cuando aún no eran ni comunes ni obvias–. Por otro, hace un diagnóstico nuestro, de la vida en nuestra sociedad, pero no se para lo suficiente a explicar los porqués. Y, por último, porque, a pesar de que el libro es muy cortito –no mucho más, en extensión, que unos cuantos artículos enlazados–, se repite muchísimo, no para de reiterar una y otra vez un par de afirmaciones clave. De hecho, yo creo que podría ser más corto todavía, a poco que el señor Han confiase en la capacidad de comprensión de sus lectores.

No obstante, es interesante. En resumen, dice que, de una sociedad disciplinaria basada en reglas imperativas y coerciones, donde los problemas e incluso las patologías eran resultado de una dinámica de conflicto entre nosotros y agentes externos, hemos pasado a una sociedad distinta, que llama del rendimiento, en la que somos nosotros mismos quienes, en pos de una mayor eficiencia, de ser más activos, de sentirnos realizados y de convertirnos en nuestra mejor versión, nos explotamos y, tranquilizados por nuestra teórica libertad de decisión, nos exigimos hasta la extenuación. Los problemas de cada individuo, así, en lugar de tenerlos con el otro los tiene consigo mismo. Y sus enfermedades –depresión, hiperactividad, adicción al trabajo, etc.– surgen de ese exceso de pretensiones que, por definición, no pueden obtener jamás un resultado satisfactorio.

A partir de ahí hace ese diagnóstico, en mi opinión algo incompleto, pero en el que sin duda es fácil reconocerse: la inconsistencia y fugacidad de nuestras referencias, la vacuidad de los planteamientos y propósitos, las limitaciones de las interrelaciones virtuales, el narcisismo desesperado que caracteriza nuestra forma de estar en el mundo y, en fin, el sinsentido de participar en una carrera donde la meta no se puede alcanzar, porque se mueve más rápido que nosotros.
Y, ya que yo tampoco me libro de la falta de fe ni de un ego ansioso y desorientado, pienso si acudir, en mi día a día, en mi casa, a las cosas que me hablan de lo que vengo siendo y de quienes me quisieron, no podrá servirme de anclaje ante el proceloso mar de la vida. Si no podrá salvarme un poco. Al fin y al cabo, como le dice Sor María al gran Jep Gambardella en la maravillosa La gran belleza, las raíces son importantes.

Byung-Chul y mi abuela
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