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De viaje

Del turismo se pueden decir muchas cosas, buenas y malas. Y se han dicho ya casi todas, supongo.

DEBERÍAMOS asumir que las condiciones que nos permiten viajar a lugares en otros tiempos inaccesibles o inasequibles han provocado, al mismo tiempo, que gran parte de esos sitios hayan perdido su atractivo y, por tanto, esos viajes ya no valgan la pena. Nosotros, y todos los que coinciden con nosotros en cada plaza, en cada playa, cada rincón recoleto o acantilado con vistas, hacemos que el encanto que tienen, o tendrían, o tuvieron, desaparezca. Es así.

Pero también es verdad que uno va a algunos destinos turísticos y comprende hasta qué punto esa invasión es el balón de oxígeno que les permite respirar el resto del año.

Este verano hemos ido a Andalucía. Nos gusta, sobre todo Cádiz, y nos gusta viajar. Sin duda, gran parte de nuestros mejores recuerdos son de los viajes en familia, los cinco. Seguramente sea la única situación en la que estamos juntos las veinticuatro horas de tantos días, y casi siempre sale bien: volvemos contentos, con más complicidad y yo diría que un poco más unidos. Es curioso, sin embargo, la cantidad de amigos que se sorprenden de que podamos hacerlo, y nos preguntan cómo es posible que nuestros hijos estén dispuestos a ese plan. Es curioso, digo, porque, menos a Paula, que ya tiene 18 y este verano ha tenido bastante autonomía de movimientos, sencillamente no les preguntamos. Tampoco les preguntamos si quieren ayudar en casa, ducharse o estar escolarizados. Y, como digo, sale bien. Mejor que la escolarización, de hecho.

Desayunamos en Villafranca del Bierzo, que resultó ser un pueblo precioso que yo llevaba tres años dejando a un lado. Y comimos en Segovia, para ver lo que hay que ver en Segovia. Como nos pasaría durante la mitad de los días, la parada fue breve y la visita, por tanto, superficial. Lo asumimos también: era lo mejor que podíamos hacer, con los mimbres que teníamos. Y cenamos en Madrid, después de pasear, por fin, con todos, por los sitios por los que llevo tantos paseos solitarios; y me encantó estar allí con ellos y compartirlo.

Un mar de olivos, olivos sin parar, hacia delante, hacia atrás, a derecha e izquierda, olivos, olivos y olivos. Y, por la ventanilla, olor a olivo, que es olor a aceite

Y, camino al sur, cruzamos Jaén. Una cosa es que te cuenten que en Jaén hay muchos olivos, que es un monocultivo, que no te imaginas la de olivos que hay, y otra, muy diferente, verlos: imagínense llanuras, colinas, un terreno ondulado hasta donde se pierde la vista, como el mar, y en él, ocupándolo todo, infinito, precisamente un mar de olivos, olivos sin parar, hacia delante, hacia atrás, a derecha e izquierda, olivos, olivos y olivos. Y, por la ventanilla, olor a olivo, que es olor a aceite. 

La primera gran parada era en el único sitio que yo no conocía: Córdoba. Córdoba es distinta. No es la única joya de la lista -prácticamente todas lo son-, pero ella, además de la impresión cuantitativa del casco histórico más extenso de Europa, una maravilla que no se acaba por mucho que callejees, es distinta. Y la Mezquita, a pesar de que en agosto no pueda evitar verse convertida en otro objeto de consumo, consigue asombrar. Luego, Sevilla, y el barrio de Santa Cruz, que incluso infestado de gente es tan bonito que resulta difícil de creer. Hace veinticinco años, cuando yo iba casi cada fin de semana, ya lo era, ya era perfecta: el olor a azahar y a jazmín, los colores de las casas, las plazoletas, los balcones, las callejas, el río… La hostelería estaba ligeramente menos desbocada; pero ya entonces había americanas como la Nancy de Ramón J. Sénder. También hay extranjeros en Granada. Carlos enfermó y los dos nos perdimos la Alhambra y sus jardines. 

Y, por fin, durante cinco días, Cádiz. Que cada vez que voy se confirma como la ciudad que más me gusta de España, a la que más encanto le veo, la más bonita para vivir: Marta quiere retirarse allí. Paseamos por la Alameda Apodaca y paseamos por el Parque Genovés, y eso ya llegaría para enamorarse; miramos con envidia los edificios de la universidad, frente al mar; nos sentamos en la colonial Plaza Mina, en la Calle Ancha a comer helados, en la Candelaria y en San Antonio; admiramos las placas del Oratorio de San Felipe Neri en homenaje a los diputados constituyentes de toda España, a uno y otro lado del océano; comemos en el barrio de la Viña, más barato que aquí —como casi todo el viaje, por cierto—; vamos a la playa, a una playa de más de diez kilómetros de punta a punta, de un castillo a una catedral; nos quedamos con la boca abierta, como siempre, observando a las familias en La Caleta, y, en fin, anduvimos por las largas y umbrías calles del centro, disfrutando del color verde del agua de la bahía, allá al fondo, de la luz del aire y de la personalidad de la ciudad, orgullosa, pobre, histórica y abierta.

Y este año, además, me sorprendí con San Fernando, al que en mi ignorancia llamaba pueblo, hasta que descubrí que tiene treinta y pico mil habitantes más que Ferrol. Y qué desayunos. Y qué buen anfitrión tuvimos.

De vuelta, cruzamos media Extremadura y paramos en Trujillo, cuya plaza mayor me dejó impresionado. Y, por último, Toledo. Desde nuestra ventana casi se tocaba el Alcázar. Trato de explicarles a los niños que, al margen de lecturas y narrativas, una de las pocas verdades indiscutibles -y la más triste- es que a nuestro alrededor se tuvo que sufrir mucho. Como en casi cualquier sitio. Ahora, en cambio, bajamos plácidamente a perdernos por las callejuelas, imaginándonos qué sería aquello hace seis siglos, si efectivamente bulliría de vida.

Y Castilla otra vez. Como cada semana, por ahora. Pero con ellos. Que, seguramente, a priori habrían preferido otro plan. A lo mejor, quedarse en casa en un bucle constante de playa y ordenador. Probablemente querrían eso un lunes cualquiera del curso, también. Pero, por suerte, tienen padres.

Y por suerte, como casi siempre, salió muy bien. Y volvimos a casa con unos cuantos recuerdos para toda la vida; de los sitios y de nosotros.

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