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viernes. 12.08.2022
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El Alemán de Marín

La semana pasada, por fin, después de un año yendo yo solo, llevé a Marta al Alemán de Marín

LLAMAR, se llama Wunderbar, pero no sé si mucha gente lo sabe, porque no tiene colocado el cartel. Si no me equivoco, antes tenía otro nombre y otra ubicación, pero yo ya lo he conocido allí, en la placita de la iglesia vieja. El Alemán es algo a medio camino entre un bar, un restaurante y, para mí, sobre todo, una cafetería, porque es allí donde una vez por semana suelo ir a tomarme el café de última hora del día. 

El servicio cuidadoso, detallista, el mimo con el que te ponen dos pastas en un cuenquito de cristal, el posavasos de piedra, la taza rayada, las velas encendidas, el silencio y la música, lo convierten en mi local preferido. Eso, más la delicada y deliciosa tosta de ratatouille con mozzarella, que me ha hecho comprender por qué, al implacable crítico de la película de animación del mismo nombre, probar el plato de su niñez le hizo llorar de emoción. Y eso que yo no recuerdo el pisto como algo demasiado querido.

Fuimos, Marta y yo, y pude decirle y demostrarle a Amaya que soy algo más que un solitario; que tengo más vida, y hasta hay gente en ella; incluso una mujer. Yo creo que, aunque no lo dijese, en el fondo se alegró por mí. Yo lo haría. Y cenamos, con una copa de vino portugués que no recuerdo, y un strudel casero con helado igual de casero, que también me habría hecho retrotraer a mi infancia, de haber transcurrido esta en las calles de una ciudad austrohúngara cualquiera. Amaya me  comentó, cuando nos íbamos, que ese día no había llevado el libro.

Una música que acompañaba, una vela, el retrato oscuro de un desconocido observándome desde la pared, un plato casi perfecto en su sencillez, un trato discreto pero cariñoso y, por fin, Marta. No por casualidad, Wunderbar significa maravilloso.

Hay diferencia entre quien presume de las cosas que su dinero le ha permitido comprar y quien compra cosas para presumir de su dinero

Sería indecente creer que el dinero no influía en todo aquello. Sería inmoral sugerir que todo aquello no dependía de tenerlo. No solo para pagar, aunque fuese relativamente barato, sino para poder estar allí y no necesitar estar en otro lado, por la tranquilidad necesaria para parar el ritmo y sentarnos dos horas a no preocuparnos, por la seguridad de que no iba a pasar nada que nos hiciera lamentar aquel gasto. No solo por tenerlo, sino por atrevernos a no guardarlo.

Pero, a la vez, es más que dinero. El dinero no es nada más —y nada menos— que un posibilitador, que te llevará a donde tú quieras pero no te indicará qué camino seguir, como dijo la controvertida e individualista Ayn Rand. O, como diría mi matemática de cabecera, es condición casi siempre necesaria pero nunca suficiente para llegar a algunos sitios; como, por ejemplo, al buen gusto.

Porque, frente a la calidad de un momento agradable, qué torpes, qué excesivos otros intentos. Esos en los que se pretende, no gustar, sino impresionar, no agradar, sino asombrar. En los que la puesta en escena, y los medios, y el escenario y la actitud remiten siempre y únicamente al precio. En los que nuestro anfitrión se comporta básicamente como un contable, al que solo le falta darnos una relación detallada de lo que ha costado cada plato, cada botella y cada copa. En los que los adornos, los muebles, los cuadros y los langostinos de Sanlúcar no se aprecian ni mucho menos se disfrutan: se tasan y se exhiben, cuanto más en público, mejor.

Porque, siendo presumir tan estúpido como es, hay diferencia entre quien presume de las cosas que su dinero le ha permitido comprar y quien compra cosas para presumir de su dinero. Son dos niveles distintos de cutrez.

Al ratatouille se le nota la pimienta. No demasiado, pero se le nota un poco. El vino, tinto, estaba riquísimo, y fuera, en la plaza dominada por el campanario iluminado, la fuente se había apagado y no se oía nada. A pocos metros en línea recta, solo unas calles más abajo, sabíamos que estaba la ría de Pontevedra, el mar oscuro, la isla de Tambo y, mirando a poniente, el inmenso océano. Lo cual no nos resultaba, no nos podía resultar, indiferente. Ni lo podríamos pagar.

El Alemán de Marín
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