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El espejo

Me aventuro a sentarme en una terraza del Paseo de Recoletos. Como voy a venir bastante por la zona, quiero saber si el precio es prohibitivo o no es para tanto.

NO ES PARA tanto, no pasaría nada por venir aquí dos o tres tardes por semana; pero resulta que el café no es bueno. Por suerte, para compensar, además de las vistas a la Biblioteca Nacional tengo la conversación de la mesa de al lado. Son mujeres mayores, con dinero, y están de sobremesa. Llega un momento en que hablan del covid y empiezan a presumir de palmarés, como suele ocurrir con las historias de enfermedades y hospitales: hay una especie de competencia morbosa por ver quién ha vivido la peor situación. Un amigo del trabajo que tuvo un infarto contaba que su compañero de habitación presumía delante de las visitas de que le habían colocado tres stents, y que era un récord; y que, cuando él, harto, le dijo que le habían puesto seis, el hombre se vino abajo. En esta ocasión hay una escalada ingresos, ucis y gente sin resuello —nada grave, en realidad—, cada vez más atropellada. Me recuerda a ese número de los Monty Python en el que una pandilla de hombres maduros y adinerados cuenta lo pobres que eran de pequeños y lo penosas que eran sus vidas: el último acaba asegurando que sus padres los alimentaban con veneno y cada noche los cortaban por la mitad con un cuchillo poco afilado, mientras los demás se encogen de hombros y asienten, como si fuera lo más normal del mundo.

Y qué fáciles de identificar son, y qué aborrecibles me resultan, esas personas que a toda costa tienen que llevar la voz cantante en las conversaciones de grupo, que cuentan lo suyo como si fuera lo único que merece la pena oírse. Suelen empezar sus intervenciones interrumpiendo a alguien con un "No, no", como diciendo "Menuda tontería, comparado con lo que voy a decir yo", y entonces, cuando ya han despreciado la historia ajena, hablan. En este caso se trata de una hembra alfa de pelo blanco cardado, que, cuando alguna de las otras logra meter baza, mira a lo lejos sin atender, luego, poco a poco, comienza a negar con la cabeza y, finalmente, suelta el "Nah" de rigor y toma la palabra, haciéndoles el favor de arrojar luz sobre sus vulgares vidas.

Pero las demás se lo merecen, porque, menos una que parece que pasa bastante, todas adoptan ese tono ansioso de quien te quiere convencer de que lo que está diciendo es la leche, y ni él mismo se lo cree; y en realidad hablan para ganarse su favor y, como saben muy bien en el fondo de sus corazones, para destronarla y ocupar su lugar y ejercer su tiranía del mismo modo.

Llevo una temporada con 'El cuaderno dorado', y más o menos me está gustando, pero estoy asombrado por la capacidad deductiva de la protagonista


Y si les parece, tal vez, que saco demasiadas conclusiones de unos minutos de observación, es que no han leído a Doris Lessing. Yo llevo una temporada con El cuaderno dorado, y más o menos me está gustando, pero estoy asombrado por la capacidad deductiva de la protagonista. No es un narrador omnisciente, ni falta que le hace, porque es Sherlock Holmes reencarnado: sabe todo lo que piensan los demás, cómo se sienten, sus afanes, sus metas vitales y sus más hondas frustraciones y temores, únicamente por su tono de voz, su manera de apartarse los cabellos de los ojos o la forma de llevarse la copa a los labios. Al abrir el libro al azar me encuentro esto: "…una sonrisa anhelante, nerviosa y crítica que al hablar para presentarse adquiría matices de una dulzura un tanto involuntaria o ignorada". Todo eso, la sonrisa. Y ayer mismo leía: "Patricia le hizo una señal con la cabeza, como si le dijera: No te preocupes, no te criticábamos". Carallo. ¿No es mucho decir, con la cabeza? Roza la telepatía.

Lo cierto es que para mí hay un exceso de adjetivos y adverbios. Sobre todo tratándose de una novela escrita en primera persona. Todo se hace ávidamente, o vacilando, o con suspicacia, o con resentimiento, o con afable tolerancia o en un tono deliberadamente quejoso; nada se hace y ya está. Y me parece forzar un poco las dotes de observación de la protagonista.

Pero bueno, como las mías con las señoras. Me levanto, pago y me voy. Al salir, veo que el sitio se llama El Espejo. Muy alegórico.

El espejo
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