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El éxito

"La felicidad se puede ir mucho por las ramas"

PREGUNTARSE por la felicidad, a mí me parece pertinente y lógico. Desde que somos intelectualmente capaces lo hemos hecho siempre; lo hicieron nuestros padres griegos y, desde entonces, casi cualquier filósofo y cualquier hijo de vecino que tuviera un momento libre y se pudiera permitir divagar un rato. Era una pregunta digna, que buscaba una digna y necesaria respuesta, hasta que fue banalizada e infantilizada por los libros de autoayuda primero y las tazas de Mr. Wonderful después.

Por eso me pareció muy apropiado que el otro día un amigo me comentase que llevaba un rato pensando en qué consistía el éxito. El éxito y no la felicidad. La felicidad se puede ir mucho por las ramas. Mis hijos, cuando me preguntan qué pediría si me concedieran un deseo, me aclaran que me deje de paces en el mundo y de su salud y bienestar futuros; que concrete: algo mío bien delimitado. Y hablar de éxito es un poco más concreto y delimitado. Digamos que, con él, nos centramos en uno de los ingredientes.

Mi amigo, que lleva en la música toda la vida como aficionado pero apenas dos años como intérprete, acababa de vivir una situación que le parecía prácticamente perfecta: había tocado con su grupo delante de la gente que quiere, todo había salido bien y no había recibido más que abrazos, besos y felicitaciones. Y me decía luego, todavía descendiendo de las nubes, que aquello, aquel momento, si no lo era, se parecía mucho a alcanzar el éxito en la vida. Y a mí no me cabe duda de que tenía razón.

Parece lógico pensar que el éxito, esa empresa finalizada, tiene que ver con un objetivo y unas expectativas

Como siempre, para saber si hemos llegado a nuestro destino debemos saber a dónde íbamos. Ya lo dijeron Séneca y Lewis Carroll. Y parece lógico pensar que el éxito, esa empresa finalizada, tiene que ver con un objetivo y unas expectativas. Por eso no hay dos respuestas iguales. Una casa, un título, dinero, acabar una maratón o escribir en un suplemento. Por eso, porque es tan íntimo y personal, nadie puede convencernos de que lo hemos logrado si nosotros no lo vemos. Y por eso es un error garrafal perseguir las metas de otros.

A veces esas expectativas son asequibles y otras no. A veces, si uno es muy rallante, resultan imposibles de cumplir. Yo creo que me contentaría con saber en qué consisten las mías, y superar así esta sensación crónica de desorientación, de estar dando palos de ciego, de buscar sin tener claro el qué. Quién sabe, tal vez un día, después de hacer algo, después de que algo que parecía normal pase, de repente me pare, como Fran, y le diga a quien camina a mi lado: coño, ya está, era esto.

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