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El sofá de Emilio

La semana pasada estuve en Zaragoza. Y no solo estuve, sino que fui hasta allí.

ME DESPLACÉ, recorrí un extenso territorio. ¿No es asombroso? Crucé la Meseta norte de oeste a este. Me moví cruzando provincias, cruzando valles y llanuras. Por el camino encontramos y atravesamos ríos, y contemplamos montañas a derecha y a izquierda. Y pasamos junto a ciudades conocidas y por pueblos donde nunca había estado, muchos de cuyos nombres no había oído en mi vida. E incluso vimos gente: en todos esos sitios había alguien, y no parecían figurantes contratados para la ocasión, sino habitantes, personas que llevan una vida comparable a la mía, y que incluso la viven simultáneamente, solo que en un lugar distinto. Y mientras ustedes y yo charlamos, hay un pueblo en Castilla León en el que un señor sale a la puerta de su casa y se queda mirando la calle de brazos cruzados, por si pasa algún vecino, y luego al cielo, y al cabo de un rato vuelve adentro y se sienta en un sofá viejo, medio desfondado ya, pero que a él le gusta. Está un poco aburrido. Poco sospecha que estamos hablando de él, aquí, tan lejos, separados por valles, llanuras, ríos y montañas que no sé si habrá visto alguna vez.

Ese hombre se llama Emilio y vive solo, desde que enviudó hace ya casi diez años. Él tiene ochenta y seis. Y vive solo, sí, aunque sus dos hijos le dicen que no debería. Uno le ha invitado a mudarse con él a su piso, con su mujer y sus dos hijos; el otro le ha sacado alguna vez el tema de una residencia. En ambos casos, supondría irse a la ciudad, dejar el pueblo, claro, y su casa. Y todo lo que conoce y, en realidad, le importa. Menos sus hijos y sus nietos: sus hijos y sus nietos –un niño de doce y una niña de nueve, tan cariñosa– le importan, pero aun así no se ve viviendo con ellos, o, mejor dicho, no los ve viviendo con él. Con lo que, total, que no se va ni piensa irse. Va a quedarse allí, en el pueblo, en su casa, en su sofá, asomándose a la puerta y hablando con los tres vecinos que quedan, los años que le queden. Hasta que se muera. A lo mejor en el sofá. Y no le parece mal.

Emilio, aunque sabe que hay guerra en Europa, y le asusta –¡guerra en Europa otra vez!, piensa desconcertado–, no tiene claro quién lucha con quién. Oye hablar de Putin, pero no presta mucha atención. Tampoco sabe gran cosa del resto de noticias. Ni desde luego tiene idea de ninguno de los temas de los que discutimos en el móvil. Curiosamente, él no parece sentir esta pulsión por opinar, por corregir a los demás, por dejarles todo claro y convencerlos, por tener razón. Como el bar que había ya cerró hace tiempo, ni se va a enterar de lo de los Oscar. Llevaba horas durmiendo, cuando un tipo abofeteó a otro a nueve mil kilómetros de su habitación.

Cruzando la Meseta de derecha a izquierda. Por otro camino, ya no por el pueblo de Emilio. Ya no lo vamos a ver nunca. Pero sigue allí

 Oye pasar algún coche, no por su calle, sino por la carretera general, un poco más abajo. Pero no sé si ese martes estaría fuera y nos vería. Tampoco le iba a importar: dos hombres metidos en un todoterreno blanco camino de Zaragoza, que en medio de una conversación sobre Rusia y Ucrania y Estados Unidos y Europa, o mientras escuchan música de Jason Falkner o de los Waterboys, echan un fugaz vistazo, se preguntan qué será aquello y si vivirá alguien en aquellas casas, y continúan a toda velocidad. Dos hombres que cruzan rápidamente su pueblo sin dejar rastro.

Luego esos hombres, nosotros, llegamos a Zaragoza y pasamos varios días trabajando. Y seguimos hablando, allí tan lejos, nada más y nada menos que en Aragón, tan grande, y salimos de tapas, y comemos huevos con patatas y longaniza, y bebemos Bordaos. Y yo veo también la ciudad, y el río Ebro de los libros de Geografía, tan caudaloso él, y lo cruzo por un puente. Y me siento en la plaza de San Felipe, bajo unos árboles sin hojas. Y todos los zaragozanos con los que tengo la oportunidad de hablar me parecen amables, muy amables. Y compro frutas de Aragón, que no me gustan, para Marta.

Hasta que volvemos. Cruzando la Meseta de derecha a izquierda. Por otro camino, ya no por el pueblo de Emilio. Ya no lo vamos a ver nunca. Pero sigue allí y, mientras nosotros hacemos todo eso, y viajamos, hablamos y trabajamos, él viene y va de su casa a la huerta, de la huerta a la cocina y de la cocina al sofá, ajeno a nuestros asuntos, ajeno a los temas que nos quitan el sueño, ajeno al ritmo de este mundo. Atento al suyo, a sus tres vecinos y al cielo.

El sofá de Emilio
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