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Ensayos, crónicas y golondrinas

Estoy leyendo varias cosas a la vez. Es algo bastante habitual, que tengo la impresión de hacer solo cuando ninguna de ellas me gusta demasiado.

LEVABA UNA temporada, por unas cosas u otras, sin leer demasiada ficción; buscando otras lecturas, aunque en absoluto comparta la aseveración de Pla sobre las novelas tras los treinta y cinco años. Y, además, aprovechando los viajes en coche para escuchar algunas conferencias. Y de repente recordé que hace muchos años dejé a medias los Ensayos de Montaigne: de los tres tomos de la edición de Cátedra, solo había leído el primero. Así que he decidido retomarlos. Por otra parte, en el apartado de lecturas desenfadadas, he empezado las Crónicas de los Cazalet (Siruela), de Elizabeth Jane Howard, que le compré a Marta hace menos de un año en Madrid con gran éxito. El primer título es Los años ligeros, y me dice ella que es una especie de Downton Abbey, pero en libro. De hecho, existen la serie tanto de televisión como de radio. Por ahora llevo muy poco para opinar; todavía sigue presentando a la retahíla interminable de personajes. Y, por último, estoy leyendo un regalo de mi padre de hace trece años, El esnobismo de las golondrinas, de Mauricio Wiesenthal (Edhasa), y que, sucesivamente, al hojearlo, me daba miedo por si se pasaba de pedante, o me apetecía mucho al ver los temas.

Leer cierto tipo de ensayos y no leer los Ensayos, buscar lecturas lentas y amplias, a veces sin rumbo fijo, fruto aparentemente de la curiosidad caprichosa del autor y de una capacidad de observación singular, y disfrutarlas, y no leer las de Montaigne, supongo que es como aficionarse a la música barroca pero no escuchar a Bach, o al realismo mágico y saltarse Cien años de soledad.

En cuanto al libro de Wiesenthal, creo que mis dos sospechas eran fundadas: solo llevo ciento y pico páginas, de las más de mil que tiene, pero me parece que su estilo raya, a veces, -abraza, otras- la cursilería. Para mi gusto, fuerza muchísimo el lirismo, todo lo satura de imágenes nostálgicas y evocadoras que con demasiada frecuencia no vienen a cuento; pero, al mismo tiempo, habla de cosas maravillosas, y da una imagen de Europa, de cierta Europa y de ciertos europeos, que, a pesar o a causa de su condición de rareza anacrónica, me atrae.

No puede ser que pasar las páginas de un libro viejo suene siempre como las hojas caídas bajo nuestros pasos,


Pero, si ya en una simple columna corta, el recurso a las imágenes sugerentes, yuxtapuestas sin más, sin un hilo conductor de fondo, sin un mensaje mínimo que dar, me cansa, imagínense un libro entero, y un libro, además, largo: me parece que no basta con ir pintando escenas delicadas, describiendo personajes excepcionales, recordando paseos por alguna strasse o rememorando escaparates de pastelerías en Viena. O que basta durante un rato, pero poco. Hay que llegar a algún sitio, creo yo, aunque desde luego no sea ni una tesis ni una tabla estadística; pero hay que ir tejiendo todas esas imágenes de manera que nos digan algo. Y algo, preferiblemente, que no se haya dicho ya, o se haya dicho, pero peor. Y, por lo leído hasta ahora, creo que le falta eso. Y que le sobran romanticismo y melancolía. No puede ser que pasar las páginas de un libro viejo suene siempre como las hojas caídas bajo nuestros pasos, en una caminata otoñal por una alameda. 

No obstante, sigo. Por si mejora, y porque, aunque no lo haga, al final mucho de lo que cuenta me gusta. Reconozco que disfruto de esa visión del europeo rara avis, de alguien que, para empezar, y extrañamente, lo que se siente es ante todo eso, europeo. Del viajero de otra época, cuya forma de estar resulta ya un vestigio del pasado, que habla de lugares, de hechos, de formas de ser y, por tanto, de pensar, y de personas y personajes, que son reliquias. Todo inevitablemente elitista y, por descontado, clasista; pero, como algunas películas de Bergman, como algunas novelas de Evelyn Waugh, o como el Museo Calouste Gulbenkian de Lisboa, un mundo que vale la pena conocer, también.

La palabra diletante se usa a veces con cierto tono peyorativo, para marcar las distancias entre el experto y el simple aficionado. Algo así como un quiero y no puedo. Y tiene sentido, es comprensible que así sea en ciertos contextos. La especialización, al fin y al cabo, para bien o para mal nos ha traído aquí. Pero, sin embargo, desde un punto de vista individual, cuánto más interesante resulta, cuánto más completo y personalmente satisfactorio me parece, en lugar de saberlo todo sobre algo, saber de todo un poco, ir probando aquí y allá, dejándose llevar por las apetencias o por el viento.

Bien mirado, lo de leer así, varias cosas a la vez, escogiendo cuál de los tres libros te llevas de paseo o a la cama, se parece un poco a decidir por qué calle pasear, en qué banco sentarse o qué pedir en un café; se parece un poco más a vivir. Pero a vivir con calma, bien.

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