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Enseñar

El viernes por la tarde fui a llevar a mi hijo al conservatorio. La profesora de cello tenía en ese momento clase de conjunto, y estaba con cuatro alumnas en el césped de al lado del edificio. Las cinco en cinco sillas, con sus cinco violonchelos y sus mascarillas, tocando.

Este virus que nos está trayendo más que dolor y miedo, al menos me ha dejado una imagen de película. De esas películas en las que salen sitios donde te gustaría estar.

El mero hecho de que haya una enseñanza pública, prácticamente gratuita, de música, me parece algo de lo que estar orgulloso. Que una sociedad decida ofrecer educación musical como servicio público, y que contrate a profesores, y que los niños acudan llevados por sus familias, y le dediquen tiempo a algo como aprender música, y todo eso se vea normal, me parece extraordinario. Que algo tan alejado de la rentabilidad, del pragmatismo material, algo como tocar un instrumento, que para algunos entrará de lleno en la categoría de lo superfluo, merezca esa atención y ese esfuerzo, me anima a pensar que, pese a todo, hemos alcanzado cierto grado de civilización.

Antes se decía que todo español —hombre, aclaro— llevaba un seleccionador nacional de fútbol dentro; ahora lo que llevamos es un epidemiólogo, un virólogo y varios médicos especialistas. Pero no solo eso: también somos profesores, pedagogos, inspectores de educación e incluso ministros del ramo. Y, como tales, no dejamos de opinar. Vean, si no.

Una enseñanza pública de calidad, que proporcione a su alumnado unos conocimientos que valgan la pena, es a menudo la única oportunidad de los que no tienen oportunidades

Para elegir el camino —ya lo dijo el gato de Cheshire—, primero hay que saber a dónde se quiere llegar. Y con la enseñanza pasa lo mismo: hay que empezar aclarando qué le pedimos, para qué queremos que sirva; y ya luego discutir cómo lograrlo. No es tema baladí, ni que se resuelva en esta columnita, pero casi se podrían resumir, las posturas, en tres: los que la consideran exclusivamente una preparación para el mercado laboral, que parecen ser mayoría; los idealistas que consideramos que aprender te hace mejor ciudadano, puede que mejor persona, y te ayuda a vivir; y los más escépticos –entre los que no faltan los docentes, y que cada uno extraiga de ese dato la conclusión que quiera-, que ven la enseñanza obligatoria como un subterfugio para maquillar las cifras del paro. Creo que lo siguiente puede valerle a los dos primeros grupos.

Esta semana leí un artículo de Soto Ivars, un periodista controvertido con el que a veces coincido y otras no, pero interesante, porque se atreve a escribir sobre temas sensibles, y además lo hace evitando alinearse sin más con uno de los dos bandos que indefectiblemente hay en todos los temas sensibles. Y en él tocaba, entre otras, una idea que ya hace unos meses oí no recuerdo dónde: una enseñanza pública -y gratuita, para ser claros- de calidad, que proporcione a su alumnado unos conocimientos que valgan la pena, es a menudo la única oportunidad de los que no tienen oportunidades. Que, lejos de suponer una discriminación hacia los que no cuentan con una familia culta y con tiempo para ayudarles, o no tienen el dinero para pagar esa ayuda, en realidad es, o debería ser, una de las pocas escaleras por las que van a poder subir.

Porque en los últimos años se ha oído lo contrario, o eso he entendido yo. Surgió con los deberes, pero no quedó ahí: que la exigencia escolar evidencia las diferencias de partida y favorece a los ya favorecidos. Como demuestran los innumerables estudios que relacionan resultados académicos y nivel socioeconómico. Y, sin embargo, yo creo que es un error, porque evidenciar las diferencias no es crearlas, sino señalarlas; del mismo modo que disimularlas no es, ni mucho menos, eliminarlas: es solo ocultarlas. Es un regalo envenenado. Lo que habrá que hacer es trabajar en la raíz del problema —entre otros, formación y motivación del profesorado, y medios, medios y medios—, y no intentar que no se note.

Si creemos que la educación proporciona herramientas para la vida, para entender algo mejor el mundo, para saber hacer la compra, para leer la prensa, para votar con algo más de idea, para ser un poco menos vulnerable a la manipulación, para comprender al diferente o, simplemente, para despertar ciertas sensibilidades, cuanto mejor sea, mejor. Para todos. Pero incluso si, tristemente, uno considera que el colegio y el instituto son meras etapas en la búsqueda de un buen puesto de trabajo, me temo que rebajar el nivel seguirá sin ayudar a nadie; por la sencilla razón de que, en cuanto el mercado laboral constate que esa enseñanza no proporciona nada, le hará caso omiso y pasará al siguiente nivel. Y, cuando el siguiente nivel sea también irrelevante, lo mismo. ¿O no lo ven ya? ¿Cuánto importa acabar un grado, hoy en día? ¿Mucho, poco o más bien nada, y en realidad los currículos tienen que incluir uno o varios másteres, experiencia, idiomas, viajes y cursos de coaching, liderazgo y mindfulness? Y adivinen quiénes van a poder ofrecer siempre ese último título que sí cuenta, esa formación último modelo que sí se valora, porque en su casa han tenido el ambiente y las condiciones óptimas, o el dinero para pagarlos.

Claro que hay diferencias de oportunidades, ventajas y discriminación, por infinidad de motivos. Nuestra sociedad es todavía así. Y en ningún caso la enseñanza pública puede plantearse como una carrera en la que el débil, el desafortunado, el que lo tiene todo cuesta arriba desde el principio, se queda atrás. Pero la solución no es dejar de exigir, porque sin exigencia no se enseña. Y si llega un momento en que la escuela no aporta nada y se convierte en otro enorme paripé, y los niños salen de ella como entran, entonces dejará de ser esa única baza de los que no tienen más. Será como tirar la toalla por ellos.

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