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El espíritu del tiempo

Estoy viendo The Crown, la impresionante serie sobre Isabel II, por la Gracia de Dios reina del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, y de sus otros Reinos y Territorios, jefa de la Mancomunidad de Naciones y defensora de la Fe.
Fotograma de 'The Crown'
Fotograma de 'The Crown'

Un compañero me dice que no debería, que les estoy comprando su relato. Que cuando los ingleses promocionan la cultura inglesa en Inglaterra, es bueno para Inglaterra, pero que, cuando la promocionan aquí, también. Y estoy seguro de que tiene razón, pero confieso que los argumentos nacionalistas me hacen poca mella, en general. Y, además, qué más da comprarles un nuevo capítulo de la Historia, cuando toda la de la Edad Moderna, como mínimo, la han escrito ellos, y suyas son las versiones que se dan por buenas: América, la Inquisición, la Armada Invencible, Egipto, China, Grecia, los árabes, Oriente Medio, las colonias, las dos grandes guerras, etc. Ellos le han explicado al mundo quién hacía las cosas bien y quién las hacía mal, y el mundo -al menos Occidente- lo ha creído. En cualquier caso, no puede negárseles el mérito de haberse preocupado por contarlo antes y, probablemente, mejor que nadie.


Además, qué carallo, yo soy anglófilo. También anglófobo, claro, aunque solo sea por los sándwiches de pepino, la moqueta en los baños y la arrogancia, pero, culturalmente, bastante anglófilo. Considerando tan solo la literatura y la música pop, sobran motivos. En particular, el papel británico en la música pop me parece absolutamente asombroso: es asombroso que un país de su tamaño, que además cultiva una prudencia y una moderación seculares -no por casualidad se considera el régimen político más estable de Europa y probablemente del mundo-, haya sido y continúe siendo capaz de dar tal cantidad de grupos antológicos. Recuerdo que mi primera vez allí, pasando el típico curso de verano alojado con una familia, me preguntaba cómo una sociedad como la de mis anfitriones y sus amigos, insulsos a más no poder, podía, en alguna etapa de su vida, mostrar una creatividad artística casi sin parangón -la verdad es que también me preguntaba cómo podían haber conquistado una cuarta parte del mundo-. Pero lo hacen. Ni siquiera los todopoderosos Estados Unidos, cuna del rock, del soul, del blues, del jazz, etc., creo que puedan compararse con las islas; por diferencia de población y porque, seguramente, de los mejores diez grupos de la segunda mitad del siglo pasado, siete u ocho sean británicos.


El caso es que estoy viendo The Crown, que, en mi opinión, más que el resultado de un plan conjunto del MI5 y el MI6 por promocionar la imagen pública de la familia real británica, debe de ser obra de un club de fans del Duque de Edimburgo; porque resulta ser, sin duda, el personaje más interesante, más complejo y con más personalidad, de las tres temporadas disponibles.


Y, en el último capítulo que he visto, H.R.H. Philip se atormentaba, a raíz de una crisis personal, con la oposición entre acción y pensamiento, entre lo palpable y lo intangible, lo material y lo espiritual. Con ocasión de la llegada del Apolo XI a la Luna, y la posterior entrevista con Armstrong, Aldrin y Collins, el consorte real se lleva una monumental decepción al descubrir que, a pesar de su épica gesta y su indudable mérito, ninguno de los tres astronautas guarda una sola enseñanza, una sola idea, un solo sentimiento digno de mención; que lo técnico y lo procedimental ocuparon todo su horizonte -como debía ser, por otra parte- y no dejaron espacio alguno para la reflexión, para la consciencia, para que aquellos muchachos apreciasen la trascendencia del momento.

Un amigo me escribe y me habla del zeitgeist, del espíritu de la época


¿Y qué comprende el duque en esa entrevista, tras poder comparar a aquellos tres héroes con algunas de las personas que lo rodean, discretas, dubitativas, modestas y, sin embargo, rebosantes de preguntas y no pocas respuestas? ¿Hacia dónde se vuelve? A él mismo, a su interior y a su propia conciencia. A dónde si no. Ahí es donde reside toda la intensidad vital que busca.


Un amigo, con el que hace tiempo daba paseos que eran como el empujón que, de pequeño, cuando el columpio estaba a punto de parársete del todo, te volvía a poner en movimiento, me escribe y me habla del zeitgeist, del espíritu de la época. Y me explica que la propia individualidad reside, en gran parte, en nuestro peculiar y personal modo de no adaptarnos a nuestro tiempo y a nuestro lugar. Que es esa inadaptación, ese manera de no encajar, difícil de explicitar pero a la vez, en ocasiones, tan evidente, la que nos hace extraordinarios.


Y su alteza real, ese hombre que estamos acostumbrados a ver un paso por detrás, con las manos a la espalda y una sonrisa ausente, que parecía no encontrar su lugar, acaba siendo, en su desasosiego, una persona extraordinaria. Remarkable, como diría él.
Ya me la han vuelto a colar, estos ingleses.

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