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lunes. 04.07.2022
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Esta guerra

De qué se puede escribir ahora mismo, sino de la guerra. Cómo me gustaría tener que romperme la cabeza, como cada semana, buscando tema para esta columna. No tener más que mis preocupaciones de andar por casa, de esas del primer mundo, y que las de fuera, las de la opinión pública, me interesaran poco o nada, como de costumbre. Pero no es así, porque hay guerra. Y eso lo cambia todo. Como ninguna otra cosa lo hace.

Se me dirá, con razón, que guerras hay siempre. Que no deja de haberlas. Y algunas, la mayoría, muchísimo más cruentas de lo que lo está siendo esta. Que vivimos con ellas: Myanmar, Afganistán, Irak, Siria, Yemen, Etiopía, Eritrea, Sudán, Sudán del Sur, Colombia, Venezuela, Somalia, Kenia, República Democrática del Congo, República Centroafricana, Nigeria, Mali, Mozambique, México, India, Pakistán, Líbano, Israel y Palestina, por ejemplo. Me detengo ahí, pero podría continuar. Así que sí: hay más guerras. Y no escribo de ellas.

Pero creer que la guerra en Ucrania, que la invasión rusa, significa –para mí, para nosotros– lo mismo que las demás, es ignorar al menos dos o tres cosas fundamentales.

La primera es subjetiva, pero me temo que universal: las cosas –tanto las desgracias como las alegrías, que en este caso no hay– nos importan más cuanto más cercanas son. Físicamente cercanas, o mental y sentimentalmente cercanas. Y no creo que nadie se sustraiga a eso. Lo cual no quiere decir que no debamos preocuparnos también por lo lejano, por supuesto. Sin importar el lugar, ni la religión, ni el color de la piel. De hecho, creo que el radio del círculo que abarca lo que nos interesa es proporcional, no solo a nuestra amplitud de miras y a lo informados que estamos, sino a nuestra calidad humana. Por eso admiro a mi hermano pequeño, que no se preocupa por lo que ocurre en el otro extremo del mundo de un modo teórico y abstracto, como yo, sino que lo sufre. No se trata del egoísta ocuparnos solo de lo nuestro. Pero, en cualquier caso, lo cercano nos afecta más –de ahí que resulte tan poco creíble el que se lamenta por la pobreza en la India y esquiva al mendigo en su acera– y es normal que así sea. También lo subjetivamente cercano, lo que sentimos nuestro o nos recuerda a nosotros, aquello con lo que nos identificamos: es comprensible que te impresione más la muerte de un joven si ves en la televisión su habitación y descubres que podría ser la de tu hijo. Puede que no esté bien, pero es comprensible. Aunque solo sea porque de lo que estamos hablando, en gran parte, es del miedo. Detrás de casi todas esas preocupaciones está el temor de que nos suceda lo mismo. Y la cercanía lo hace mayor. Y nadie debería ser tan osado como para reprocharlo. Como a nadie se le ocurre –leía ayer en un tweet– ir a un entierro a explicarle a una familia que todos los días muere gente y no lloran por ellos.

Esta invasión de un país por otro, sin agresión previa, sin otras causas que sus intereses –complejos o no, históricos o recientes, absurdos o comprensibles– geopolíticos, es en Europa

Pero esta guerra es diferente por más razones. La segunda es que quien está invadiendo es Rusia. Y Rusia, esta Rusia, asusta. Como si, en una pelea en el patio del colegio, descubres que uno de los chavales es el que le saca una cabeza al resto y además suele llevar navaja: de repente esa pelea se convierte en otra cosa.

Se me dirá, de nuevo, que cuando el invasor es Estados Unidos no me pongo tan nervioso. Y le saca, no una, sino dos cabezas a los demás, y no lleva navaja a clase, lleva pistola. Y es verdad. A pesar de ser consciente de sus abusos y crímenes pasados y presentes, no me causa el mismo temor. Para justificarme, podría ponerme pedante y hablar de los tres planos que algunas teorías de relaciones internacionales usan para tratar de entender qué sucede, el estructural, el estatal y el individual, y explicar que, aunque sé que en el primero los EE. UU. son capaces de lo peor, como ya han demostrado muchas veces, en los otros dos –el personal y el estatal– me fío, ahora, mucho menos de Rusia. O puedo decir, simplemente, que es la misma razón por la que me intranquiliza mucho más que tenga armamento nuclear Corea del Norte que Francia.

El tercer motivo es que esta invasión de un país por otro, sin agresión previa, sin otras causas que sus intereses –complejos o no, históricos o recientes, absurdos o comprensibles– geopolíticos, es en Europa. Y esta vez no lo digo por la cercanía.

Las relaciones internacionales se pueden explicar y teorizar de muchas formas, como casi todo. Hay escuelas más pesimistas y otras que encuentran razones para cierto optimismo; unas creen, muy simplificadamente, que la concordia y la búsqueda desinteresada del bien común son posibles, y otras, básicamente, dicen que esto es la selva y siempre lo será, y sálvese el que pueda. Pero tanto unos como otros admiten que la política internacional se caracteriza por la anarquía. Es decir, a diferencia de lo que ocurre en el interior de nuestros países, el mundo no tiene una autoridad superior, reconocida, que haga que todos estemos sometidos al imperio de la ley –sea la ley del pueblo o la de un tirano–. A muchos nos gustaría, pero no existe. Lo que hay son actores, cuya voz y voto en el (des)concierto internacional son proporcionales a su poder. Un poder complejo, que depende de más cosas que de su fuerza bruta, pero poder. Sería algo así como el régimen feudal antes de que las monarquías hicieran entrar en vereda a los nobles, pero a nivel global.

Por eso, en política internacional es habitual hablar de hipocresía, de doble rasero y de incongruencias inaceptables. Es habitual, porque de todo eso hay. Y es que, imperfectos como son nuestros Estados, están a años luz del mundo en cuanto a reglas, orden y justicia. El mundo es, eso, la selva, y en política internacional elegimos entre sistemas imperfectos. Elegimos entre distintas injusticias, ni más ni menos.

Y Putin nos ha llevado cincuenta, sesenta, setenta años atrás, y ha acabado con eso y nos ha devuelto al horror

Pero, dentro de ese pobre panorama, si hay una sola región donde, a pesar de lo que aún falta, de las desigualdades y las injusticias –de la violencia estructural, que a diario mata más que la otra–, e incluso a pesar de que algunos de sus miembros sigan protagonizando desmanes lejos de sus fronteras; a pesar de nuestras incoherencias; a pesar de todo eso, digo, si hay una sola región en el mundo donde parecía que, con todo el lastre de nuestra hipocresía, avanzábamos en la dirección correcta y habíamos alcanzado un nivel de convivencia tal que podíamos estar tranquilos, porque ya, sí, por fin, habíamos comprendido que no podíamos recurrir a la guerra, que cualquier cosa menos una guerra; si había un sitio así, era Europa.

Y Putin nos ha llevado cincuenta, sesenta, setenta años atrás, y ha acabado con eso y nos ha devuelto al horror. Europa, aunque solo se dispare en Ucrania, ya está en guerra. Lo impensable. No porque nuestras vidas importen más, sino porque parecíamos haber aprendido algo de nuestros millones de muertos.

La última y más importante razón: ninguno de los conflictos de las últimas décadas tenía los ingredientes de este ni entrañaba tanto riesgo. Por primera vez en mucho tiempo tiene sentido preocuparse por lo peor, porque una mala combinación de hechos y decisiones equivocadas podría desencadenarlo.

El no a la guerra, así, sin más, como deseo universal, ahora mismo solo tiene sentido si lo gritas en Moscú

No a la guerra, dicen muchos, desde la mejor intención. Quién puede ser tan estúpido como para no preferir la paz. Para no trabajar por la paz cada día del año. Pero se puede –y se debe– ser idealista, pero no ingenuo: el no a la guerra solo tiene sentido cuando se lo gritas al que la decide. El no a la guerra, así, sin más, como deseo universal, ahora mismo solo tiene sentido si lo gritas en Moscú.

Si lo gritas aquí, si te limitas a gritar tu sincero deseo, es, volviendo al ejemplo del patio del colegio, como cuando el matón te pegaba en el recreo y os llevaban a los dos al despacho de la directora, y os decía, también con la mejor intención, mirándole a él, que sonreía, y mirándote a ti, que hipabas y sangrabas por la nariz, que no había que pelearse.

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