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Unas fiestas para recordar

Hacer cosas para que pase el tiempo solo es admisible cuando necesitamos apartar como sea el sufrimiento. Deberíamos no contentarnos con entretenernos.

MI ÚLTIMA noche en Madrid antes de las vacaciones cené con mi hermano pequeño y su novia. Fuimos a un chino y la dueña, que ya sabía lo que iban a tomar ellos, habló con nosotros durante casi media hora. Nos contó cosas de su familia en Shanghái, y de cómo ha cambiado su país en los últimos quince años. Es llamativo lo bien que parecen llevarse ellos dos con todo el mundo. Se les nota la consideración y el respeto por cualquiera que se cruzan por la calle. Y los demás lo notan también, claro. Hablo bien con mi hermano. Aunque me doy cuenta de que, mientras charlamos, cada vez que opino, una parte de mí se siente juzgada, evaluada; como si tuviera que responder a unas expectativas. Algo parecido a lo que sucede con los hijos cuando van creciendo, que te juegas un respeto que te vino dado y ahora tienes que demostrar.

Al día siguiente viajamos a Galicia, a casa. Con mi amigo Gonzalo y sus dos hijos, ya adultos. El mayor, chico, desde hace poco en su primer trabajo, habla más. Da gusto verlo tan maduro y centrado. Y al mismo tiempo se nota, en su manera de reflexionar, y aunque ya esté por encima de la media, todavía su inexperiencia. Pero es reconfortante y envidiable pensar en las posibilidades que se abren ante él y lo lejos que podrá llegar, si ya lo hace tan bien.

Nos detuvimos en Villalpando, por fin. Con lo que a partir de ahora ya es, para mí, algo más que una estación de servicio a las tres y cuarto de la madrugada. Compramos un queso de oveja en la misma fábrica. Recorrimos las calles vacías buscando un café, con un frío atroz. Al final, llegamos a la Playa Mayor —todas las plazas mayores de Castilla valen la pena— y lo pudimos tomar, en una cafetería de piedra que, como resultado de algún tipo de razonamiento que se me escapa por completo, estaba presidida por sendas fotografías enormes de Manhattan y el puente de Brooklyn. El café estaba rico, y detenerse allí y cruzar dos frases con el dueño, igual que con el hombre de los quesos, me pareció extraordinario. Querría vivir un par de meses en un pueblo así, con calles desiertas, frío y tiempo. Y volver habiendo comprobado, más allá de todo subterfugio, si tengo o no algo que escribir.

Hace una semana a ella se le murió el marido de covid, con menos de cincuenta años

Estos días de fiestas, charlando con amigos, no es raro hablar de otras épocas. Será que somos mayores. Y, mientras conversamos, pienso una y otra vez en la necesidad de darnos cuenta. Y luego mirar atrás y sentir que hemos aprovechado el tiempo. Aunque no fuese corriendo grandes aventuras, sino tomando café cada tarde con dos amigos, con los que empezamos a descubrir qué era vivir, en charlas en las que nos asomábamos a las posibilidades de ser mayores. Unas posibilidades que, en mi caso, no consistían tanto en ir por uno u otro camino, en elegir qué cosas hacer, como en pensar, en cómo quería pensar, sobre qué y para qué. Me recuerdo, con veinticinco años, explicándole a una amiga a la que veía poco que yo mismo me notaba cambiado, que me parecía que de repente entendía mucho más, que me daba la sensación de que, si lo hacía bien, podía aprender mucho y crecer. Así de espiritual: crecer.

El día 24 por la mañana, volviendo a casa con las últimas compras para la cena, me encuentro con una amiga y sus padres, que conozco desde que era un niño. Hace una semana a ella se le murió el marido de covid, con menos de cincuenta años. No la había visto todavía. Casi no hablamos. Con dudas, la abracé. Los dos lloramos. Le dije que lo sentía. Con las mascarillas tapándonos los gestos de tristeza.

En Nochebuena, la noche más entrañable y familiar del año, no estamos todos, ni mucho menos, pero estamos los niños y nosotros, y mi ex, la madre de mis hijos. Me siento muy afortunado. De hecho, no sé cómo sonará desde fuera, pero de nada estoy tan orgulloso en la vida como del modo en que he llevado mi separación. Y, sin embargo, siempre, en casi cualquier situación, por agradable que sea, hay en mí eso que me impide relajarme, que me mantiene en tensión. Una especie de preocupación, de frustración sin sentido que puede que surja de una tendencia coñazo a compararlo todo con la imagen ideal que previamente me he formado. Tal vez la felicidad tenga que ver con saber distinguir cuándo las cosas están lo suficientemente bien.
Vivir sin dar demasiado por sentado. Desde luego, sin dar por sentada la vida, como si fuese a durar para siempre o tuviésemos más. Y tratar de vivir dejando huella. O, al menos, tratando de que nos deje huella vivir.

Unas fiestas para recordar
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