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Flaubert y el cambio de año

Casi cualquier cosa vale como referencia, si te empeñas. La cuestión es no empeñarse en muchas tonterías.
Gustave Flaubert
Gustave Flaubert

LLEVO TRES meses yendo y viniendo entre Ferrol y Pontevedra, y creo que desde la segunda semana he hecho todos esos viajes escuchando conferencias. Casi todas de la Fundación Juan March y, más de la mitad, de Historia. La hora y media se me pasa volando, sin enterarme y sin cansarme, y aun encima enciendo alguna vela en medio de las vastas y tenebrosas catacumbas de mi niputez.

La semana pasada fui con una charla sobre Flaubert y volví con su segunda parte. Ambas corrían a cargo de Antonio Álvarez de la Rosa, catedrático de Filología Francesa, traductor con una extensa obra (Premio Rafael Cansinos Assens en 2010) y autor, él mismo, de varios libros. La primera se titulaba Flaubert: el hombre-pluma, y en ella habló más o menos de la primera parte de la vida del escritor, y sobre todo de Madame Bovary, de lo que supuso para la sociedad de la época y lo que significó en la evolución de la literatura europea. En la segunda, Flaubert: de la desilusión a la estupidez humana, repasó sus últimos años y, con la ayuda del actor Miguel Rellán, la ilustró con la lectura de tres cartas del escritor. Precisamente, Álvarez de la Rosa ha traducido y seleccionado una antología de la ingente correspondencia de don Gustave: El hilo del collar (Alianza Editorial).

La voz de Álvarez de la Rosa recuerda a la del gran Rafael Taibo —ferrolano, con cuya hermana y sobrinas me cruzo casi cada día—, aunque con cierto deje canario, y, a diferencia de otros expertos y profesores, habla muy bien. Las conferencias me gustaron mucho, aunque, tras escucharlas, uno acaba pensando que Flaubert debió de ser un tipo difícil y en general no excesivamente feliz.

Pero también acaba convencido de que tuvo que ser una persona con una mente privilegiada, y no solo para la literatura, sino —como es lógico, añadiría yo— para el análisis de la naturaleza humana. Presentar al mundo a Emma Bovary fue como descorrer las cortinas de muchas alcobas y salones silenciosos, en tardes de invierno, de la sociedad burguesa de la época, y desvelar sus deseos y sus sueños, y mostrar lo lejos que estaban de aquel aburrimiento bajo la luz mortecina. Usó el propio amor como detonante, probando que era algo tan revolucionario, a su modo, como las ideas.

En sus cartas hace críticas casi revolucionarias, como que el sueño de toda democracia es elevar al proletariado al mismo nivel de estupidez que el burgués

A lo largo de su correspondencia, Flaubert deja claro su escepticismo sobre las posibilidades de la sociedad, y su poca fe en que alguna vez vaya a mejorar. Cuando oímos frases suyas como que la masa nunca va a educarse, sino que se limitará a ir de fe en fe, y que por tanto lo que uno debe hacer es refugiarse en su torre de marfil y así evitar acabar siendo un charlatán más; o cuando nos cuentan hasta qué punto consideraba un axioma la estupidez humana, que lo obsesionó y de la que dijo, precediendo famosas citas posteriores, que, a diferencia de la Tierra, no tenía límites; cuando sabemos eso, es difícil no etiquetarlo de elitista. Sobre todo sabiendo que era de familia pudiente, lo que le permitió vivir escribiendo en su casita de Croisset, a las orillas del Sena, donde residió toda su vida, alejado de casi todo lo que no era la literatura: aturdiéndose con la literatura.

Sin embargo, es también Flaubert quien, en sus cartas, hace críticas casi revolucionarias, como que el sueño de toda democracia es elevar al proletariado al mismo nivel de estupidez que el burgués. Quien afirma que "pensar es decir no", en lo que sería —me recuerda, en esto, a la prevención ante el sentido común del médico rural que protagoniza Un hombre afortunado, de John Berger— un rechazo a las idées reçues, al lugar común, que aborrecía, que consideraba la antítesis de la inteligencia, y que satirizó en su Bouvard y Pécuchet —libro, por cierto, que no pude acabar, cuando lo leí—. O quien, descreído, se burla del intento de llegar a ningún tipo de conclusión, en nada.

Hablaba de referencias, al principio, y de que todo era cuestión de empeñarse. Como si pretendo relacionar al padre de Madame Bovary con la Navidad y el nuevo año que empieza esta semana.

Pero si apelo al amor, con toda la fuerza que él le reconoció; o si me quedo con su idea de que, para que el presente no se nos escape, hemos de lograr que el futuro no nos atormente y el pasado deje de retenernos; o si vuelvo al concepto del hilo del collar, que Flaubert usó para explicar que, al escribir, iba labrando y trabajando las sucesivas perlas de su obra, pero se daba cuenta de que le faltaba el hilo que las debía sostener y dar unidad; si tomamos esas ideas y tratamos de llevarlas a nuestra vida, a nuestra forma de encararla, tal vez podamos establecer una relación no demasiado peregrina con estas fechas y con nuestras intenciones para el año que viene.
Felices navidades y feliz 2022.

Flaubert y el cambio de año
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