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Twitter está lleno de gente que, cuanto menos sabe, más discute. Es un horror, parece el mundo real
Telecomunicaciones. EP
Telecomunicaciones. EP

HACE YA bastantes años, como mínimo siete u ocho, abrí una cuenta de Twitter y me metí. Creo que no duré un mes. Me pareció que apenas había cosas que me interesasen, que me sobraba casi todo lo que encontraba y que, dentro del gran sumidero de tiempo que son las redes sociales, su formato de mensaje, donde abundaban los enlaces que uno a priori no sabía a dónde conducían, lo hacía especialmente peligroso: tiempo, tiempo y tiempo absorbido sin casi nada a cambio que lo compensase. Y la cerré.

Hace menos de un mes, no recuerdo bien por qué, volví a abrirla y me asomé a mirar. Esta vez aguanté dos días. No era solo que me diese igual, sino que, tal y como no deja de oírse, aquello estaba a la altura de la lucha en el barro. O en el fango: mala leche, una crispación inaudita y -dado que en su inmensa mayoría es entre perfectos desconocidos- especialmente absurda, y mucho hablar por hablar, como de barra de bar, pero de una barra con dos mil personas acodadas en ella, todos opinando a gritos y llamándose niputas.

Sin embargo, la guerra en Ucrania y mi segundo covid -un gran interés por el tema, por un lado, y mucho tiempo en casa, por otro- se combinaron hace un par de semanas e hicieron que volviera. Y me he pasado los últimos siete días enganchado, leyendo artículos, reportajes, informes y columnas de opinión sin parar. Y no solo me ha convencido, sino que he comprobado que, una vez te acostumbras a su velocidad de actualización de la información, resulta difícil volver al ritmo de un par de telediarios al día.

Hay posturas que, solo por las formas, solo por su línea argumental, se descalifican solas

Naturalmente, para que la experiencia sea buena me parecen absolutamente imprescindibles dos cosas: seleccionar con muchísimo cuidado a quién sigues y, sobre todo, evitar, casi sin excepciones, las discusiones en los comentarios a los tweets más vistos. Lo segundo es fácil, y además, si se te olvida y te asomas, lo que te encuentras te lo recuerda al instante y te pone en fuga: exceso de opiniones, opiniones infundadas, opiniones sesgadas y una mezcla explosiva de desinformación y mucha mala idea. Lo primero, la selección de fuentes, lleva más tiempo, pero tampoco es difícil elegir medios de comunicación tradicionales de cierto prestigio, periodistas que dominen la materia, periodistas sobre el terreno, centros de investigación o publicaciones especializadas, cuentas de organismos internacionales o de gobiernos, incluso gente de la calle, etc. La verdad es que el número de expertos solventes que me he encontrado –expertos de verdad, no vendehúmos- es más que aceptable. Con lo que el resultado final es una gran cantidad de información actualizada constantemente y apoyada por análisis que por lo general merecen ser leídos. Solo hace falta tiempo; mucho tiempo. Y, aun así, no das abasto: creo que ahora mismo tengo una docena de artículos guardados, más bien largos, pendientes.

No obstante, a pesar de que la experiencia me está convenciendo, hay un aspecto que ninguna tecnología resuelve por ti. Y es que esa selección de fuentes de la que hablaba no se arregla con criterios estrictamente técnicos. Al final, hay un factor ideológico, político, que determina en enorme medida lo que vamos a leer, y sobre el que tenemos que decidir. Decidir por qué camino vamos y hasta dónde estamos dispuestos a meternos: si buscamos la confirmación de nuestras opiniones y la tranquilidad que eso nos proporciona siempre, si nos atrevemos a contrastarlas con otras diferentes, pero dentro de un límite, sin pasarnos, o si somos tan osados como para irnos al otro extremo y poner nuestras convicciones a prueba de arriba a abajo. Es verdad que a veces hay posturas que, solo por las formas, solo por su línea argumental, se descalifican solas, pero no es cierto que siempre ocurra eso, no es cierto que los de enfrente sean siempre unos tarados. Así que más de una vez acabas de leer algo y lo poco que creías tener claro ha dejado de estarlo.

Y después de tres o cuatro días inmerso en ese ambiente, siguiendo los enfrentamientos armados, viendo mapas, escuchando a los protagonistas, contemplando el horror en fotos y vídeos, y comparando reflexiones sobre el conflicto, sus causas, sus posibles evoluciones y sus preocupantes consecuencias, una tarde volví a Facebook. Todo me parecía de coña: gente felicitándose los cumpleaños, haciendo chistes, enseñando a sus gatos, anunciando una churrascada de la asociación de vecinos o bailando. O sea, la vida normal en su versión más desenfadada, y que ahora me parece tan fuera de lugar.

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