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La vida atrás

Un gran golpe en la vida es comprobar lo que sabías: que tu amor por tus hijos nunca será correspondido en la misma medida. Exactamente igual que les pasó a tus padres contigo

 

EL OTRO día tuvimos una conversación con unos amigos sobre la vejez de los padres y qué hacer al respecto. Una conversación sobre residencias, cuidados, duchas y comidas. Marta y yo lo tenemos claro: sabemos que no será fácil, pero sabemos lo que queremos hacer. Aunque nuestros padres nos digan que vivamos nuestra vida.

Imagino que el hecho de que todos queramos más a nuestros hijos que a nuestros padres está relacionado con nuestro instinto de conservación como especie, e incluso de supervivencia del individuo: la preocupación ha de tenerse por las crías, pues son ellas las que garantizan la pervivencia del grupo y de mis genes. No se sabe muy bien por qué tienen que pervivir mis genes, sobre todo cuando los hay que dejan bastante que desear y nos harían un favor desapareciendo, pero así es, quieren dejar huella y nos manipulan como a marionetas para salirse con la suya. Por ejemplo, así, haciendo que nos centremos en nuestra prole y no en nuestros mayores. Hay cosas peores: los osos en ocasiones devoran a las crías de una hembra, si no la reconocen —es decir, si no les consta haber tenido un affaire con esa osa—, para tener más posibilidades de aparearse con ella. Nosotros solo ponemos música y encendemos velas.
Pero es duro. Lógico, supongo. Natural, ley de vida, sin duda. Pero duro. Y además, también injusto. Esa asimetría afectiva, por útil que resulte, me parece injusta; e incluso tiene un matiz animal, bárbaro, atávico, que precisamente la hace poco humana, primitiva. Y la convierte, a veces, en algo cruel.

Los padres generosos se lo dicen a los hijos: vivid vuestra vida, por nosotros no os preocupéis. Y esa es exactamente la cuestión, ahí radica la injusticia fundamental: en la idea de que, al contrario de tus hijos, tus padres no son tu vida.

Y es el esquema con el que chocas, que descubres en toda su implacabilidad, cuando el padre eres tú. O tal vez cuando no eres un padre tan generoso, lo admito. Y te preguntas cómo es posible que llegue el día en que tus hijos, que han sido, son y serán siempre todo para ti; por los que cruzarías altas montañas y hondos valles, océanos, desiertos y el infierno sin pestañear; en quienes has centrado los mejores años de tu vida, poniendo una ilusión que no tiene parangón —no en mi caso, al menos—; por quienes no hay nada que no harías, incluido perdonar lo imperdonable; que esos hijos, llegue el día en que te dejen atrás y se acuerden de ti solo de vez en cuando. Como hiciste tú.

Los hijos se sitúan permanentemente como víctimas, hagan lo que hagan, y los padres vomitan, en cada sermón, en cada bronca, sus propias miseria

Cómo será seguir viéndolos igual que ahora, los mismos de siempre, tus niños, y sin embargo no tener respuesta, o tenerla solo cuando les sobra tiempo. Cómo será eso. Tal vez me falten datos y, llegado el momento, algo se revele y arroje luz sobre mí, y ya lo comprenda y lo acepte. Ojalá. Lo mismo quiero pensar de la muerte: que a lo mejor me faltan datos y que, cuando llegue el momento, la voy a aceptar también con calma, y no con la desesperación que ahora mismo imagino. Ojalá.

Creo que era en Apegos feroces, de Vivian Gornick —aunque a lo mejor no—, donde una mujer le recomendaba a su madre una lectura sobre una relación tumultuosa entre otra mujer y su hija; y lo hacía como una indirecta, con la esperanza de que comprendiese cómo se sentía ella. Pero la madre, al devolvérselo, le agradecía efusivamente haberle permitido leer un libro que reflejaba tan bien cómo había sido su propia niñez, con la abuela. 

Nos ponemos en el centro. Los hijos se sitúan permanentemente como víctimas, hagan lo que hagan, y los padres vomitan, en cada sermón, en cada bronca, sus propias miserias, sus miedos, sus angustias. Los hijos somos poco comprensivos, pero los padres somos tan egocéntricos o más, incluso en nuestro sacrificio. Y la mayoría de las veces que tratamos de enderezarlos en realidad les estamos pidiendo ayuda. Terrible.

Pero es la vida. Como pocas cosas, la vida. Y uno no debería extrañarse de que, al mirar a nuestros hijos, al hablarles, al aconsejarles y reñirles, nos metamos a nosotros mismos, pongamos lo nuestro entero, lo bueno y lo malo, lo que deseamos para ellos junto con lo que queríamos para nosotros, lo que nos preocupa y lo que nos frustró. Es entendible. Al fin y al cabo, yo no puedo concebir un proyecto comparable a criarlos, a educarlos, a colocarlos en el mundo como personas buenas y felices: cómo voy a afrontarlo sin identificarme por completo.

Es complejo y confuso. La vida lo es. El amor lo es, aunque quizá no debiera. Con frecuencia somos desagradecidos, y casi siempre egoístas. Y, sin embargo, nuestra racionalidad debería servirnos de algo, de ayuda.

Por ejemplo, para decidir devolver todo el cariño. Por ejemplo, cuidándolos, precisamente porque vivimos nuestra vida.

La vida atrás
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