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Al otro lado del cristal

Son las nueve de la noche del jueves y estoy sentado en la Plaza de la Verdura, en Pontevedra.

LLEVO CASI una hora paseando, al principio por la que debe de ser la calle más comercial de la ciudad, Benito Corbal, y luego ya por la zona vieja, hasta que me apeteció sentarme. Estoy en Os Maristas. Me tomo una cerveza fuera, leyendo a pesar de la luz escasa. Hay alguna gente, pero poca. Se está muy bien.

Tanto, que cuando entro a pagar les pregunto si se puede cenar, y me quedo. Me pongo en una mesa alta junto a la puerta, y, aunque tengo que quedarme con el abrigo, porque entra frío, la vista de la plaza me compensa. Pido una hamburguesa y otra cerveza. La hamburguesa no es una torre en equilibrio como muchas, sino sencilla –carne, dos quesos distintos y una salsa de beicon–, y trae el pan marcado a fuego con el sello del local, como si fuera una res. Está muy bien. Luego, como no sirven café, pido lo más parecido que tienen. Sin hielo.

Estoy leyendo una novela de Julio Verne, El castillo de los Cárpatos. Con un par. El otro día fui a casa de mis padres a buscar unos libros de acertijos matemáticos de Martin Gardner, para Marta, y al mirar en la estantería de nuestra juventud me topé con varios títulos del señor Jules. Y recordé lo mucho que había disfrutado cuando, hace dieciocho años, con Paula recién nacida y muchas tardes de quedarme en casa, leí, con el atlas abierto por Asia Central sobre las rodillas, Miguel Strogoff. Había sido un reencuentro con cierta literatura, con las lecturas de la infancia, con las novelas que contaban historias sin más, y me había encantado. Me había encantado esa evasión ya casi olvidada, volver a vivir una aventura sentado en una butaca orejera, con una lamparita al lado. El castillo de los Cárpatos no es El correo del Zar, ni mucho menos, pero, aun así, ha sido una gran compañía durante dos tardes de lluvia y una noche en Pontevedra.

 Era mal estudiante, el típico gracioso de la clase, de comentarios en voz alta y chistes malos. Era buen chaval, pero bastante desastre

Me dejo estar en la mesa, consciente de que soy un afortunado. Es tentador quedarse en la torre de marfil de la cena, el casco viejo alrededor, el libro, el abrigo y el fondo de tranquilidad de estos días.
Ayer me dijeron que se había muerto un antiguo compañero de clase, del instituto. Compartimos aula en tercero de BUP, como mínimo. Era mal estudiante, el típico gracioso de la clase, de comentarios en voz alta y chistes malos. Era buen chaval, pero bastante desastre. Luego, por trabajo, seguí tratándolo muy de vez en cuando, e incluso trabajamos cerca un par de años. Seguía siendo un desastre, y seguía siendo una buena persona. Nunca le vi hacer daño a nadie, salvo a sí mismo; y no paró de hacérselo. Y casi todo pareció ir saliéndole mal. Me dio mucha pena, tanto su muerte como la vida que yo, desde fuera, he visto o me he imaginado.

En el instituto, él jugaba al baloncesto, y jugaba muy bien, pero era demasiado bajito para dedicarse en serio. Una vez, en un recreo, me puso un tapón tremendo y, teniendo en cuenta que yo le sacaba una cabeza, tremendamente humillante. Pero de él no salió ni el menor comentario burlón. Otra vez, en una pista cercana organizaron un concurso de mates… en canastas de minibasket: lo ganó, con un par de mates dignos de un All-Star. Cuando me lo volví a encontrar, años después, había engordado mucho y parecía estar acusando todos los excesos acumulados. Siempre fue cariñoso. La última vez, hace dos meses. Pero su tono, al hablar, era de desánimo; ese desánimo que casi parece vergüenza, como si le diera rabia verte, o, mejor dicho, que lo vieras, como si el encuentro, y el intercambio de frases, el ponernos al día, lo dejara en evidencia y le removiera algo dentro. Menos mal que siempre seguí hablándole con aquel cariño, porque ya no volví a verlo, ni lo veré más. Ahora me alegro de que me pusiera aquel tapón.

Es fácil dejarse tentar por la torre de marfil. Quedarnos allí arriba, a la luz de una lamparita, leyendo las aventuras de un pueblo de Transilvania, mientras oímos la lluvia fuera. Es fácil, porque es de marfil. Si fuese de chapa y de cartón, si la lluvia no fuese un murmullo al otro lado del cristal, nada tendría que ver.

Al otro lado del cristal
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