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Las nubes de Castilla

Para un gallego, excepto desde la costa, el horizonte está siempre cerca

LAS NUBES de Castilla son preciosas. Están en una sola capa, todas a la misma altura, como alisadas por debajo. Se parecen a las que hay sobre el mar. Y, como ellas, llegan hasta la línea del horizonte y se pierden en él. No tengo ni idea de si hay alguna base física para ese parecido o es solo una cuestión, literalmente, de perspectiva. Para un gallego, excepto desde la costa, el horizonte siempre está cerca, siempre hay montes o árboles, o llueve, nunca se ve allá a lo lejos.

Cruzamos Castilla sin mirar —cruzamos todo sin mirar—, leyendo, viendo tonterías en el móvil o echando la siesta, sin enterarnos de nada. Con lo que fue cruzar Castilla, lo que debió de ser caminar estas llanuras interminables que pasan tan rápido por la ventana, lo que sería pasar la vida en ellas, ahora reducidas a una línea borrosa amarillenta y algunas encinas fugaces. Padecemos de fugacidad. El paisaje es precioso. Parece mentira que hace años, leyendo a Delibes, me sorprendiera que le gustase tanto. Si es precioso.

A Delibes, como a otros, a lo mejor lo leí demasiado pronto. Sin el reposo que pide y que ahora me saldría solo. Se insiste poco en la importancia de la edad de las lecturas: leemos muchas cosas cuando todavía no las entendemos ni las sabemos disfrutar del todo y otras, en cambio, si no las lees en su momento ya pierden casi todo el sentido. Imagino que lo primero se corrige releyendo, pero yo aún no estoy ahí. Lo segundo se lo repito a mis hijos con poco o ningún éxito.

Un paisaje llano como el mar o como mucho suavemente ondulado, en el que en lugar de los palos de los barcos se ven las torres de los campanarios de las iglesias. Y que además ofrece algo excepcional: soledad. Una soledad sin duda seria y callada pero, desde el tren, atractiva, que consiste en andar por un camino, en mirar la tierra alrededor y luego levantar la cabeza y quedarse contemplando unos pájaros y las nubes. Una soledad meditabunda. Poco pensamiento y pocos sentimientos han salido nunca de la fugacidad. Una soledad de paseos al atardecer fuera del pueblo. Es otra cosa que no tenemos aquí: las aldeas no acaban. En Galicia no podría escribirse, como en las novelas del Oeste, que alguien vive en la última casa del pueblo. En Castilla sí. Uno anda, llega al final y de repente no hay nada más. Y sale y regresa y, mientras, está solo en medio de una verdad de otro tiempo. Parece difícil vivir aquí y no acabar siendo filósofo o poeta. Desde el tren, claro.

Las nubes de Castilla
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