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Libros para escritores

Es raro, esto de leer. A veces no entendemos por qué lo hacemos, y mucho menos por qué elegimos lo que elegimos
Roberto Bolaño. AEP

AL FIN HE acabado Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, ese chileno que se murió con apenas cincuenta años convertido ya en un clásico y, al mismo tiempo, truncando una carrera que sin duda habría llegado a ser todavía más impresionante y dejado un recuerdo aún mayor.

Después de las 745 páginas de mi edición (DeBolsillo), puedo decir con conocimiento de causa que no me ha interesado absolutamente nada de lo que cuenta. Bueno, exagero, quizá me haya interesado una pequeña fracción, digamos que un cinco por ciento, pero no más –y creo que me paso–: el resto me dio igual, con el agravante de que algunas partes, en lugar de dejarme indiferente, me desagradaron. En conclusión, pues, no me ha importado nada su historia.

Pero –estaba claro que habría un pero–, a pesar de eso, me alegro de haber aguantado el tirón inicial, de no menos de doscientas o trescientas páginas, y haber seguido. Porque es un libro impresionante. Y lo es por cómo está escrito, por lo maravillosamente que escribe, o escribía, Bolaño.

Yo creo que hay libros para lectores y libros para escritores. Pueden coincidir, y de hecho con frecuencia coinciden, pero lo que unos y otros buscamos en ellos es algo diferente; o, mejor dicho, lo que unos y otros encontramos al leerlos lo es. Y cuando digo escritores me refiero a cualquiera que desee serlo, o crea que lo será, o esté tratando de escribir, o le haría ilusión. Me refiero, por ejemplo, a mí, que, aunque no sé si alguna vez llegaré a intentarlo de verdad, sigo diciéndome a mí mismo que me gustaría. Y, en mi opinión, Los detectives salvajes es un libro para escritores. Y lo es, un libro para escritores, o para escritores en ciernes, o para futuros escritores, o para escritores frustrados, por una razón: da ganas de escribir. Y es que los libros de esta categoría se distinguen por eso, porque nos dan ganas de escribir.

Yo no querría escribir, en cambio, Los detectives salvajes. No me siento en absoluto identificado, en este caso, ni con la temática, ni con la perspectiva ni con el tono

Naturalmente, esa sensación la he tenido bastante veces. Pero hay títulos que recuerdo especialmente, porque en ellos era muy clara la distinción entre lo que me hacían disfrutar como lector, por una parte, y lo que le daban a mi –tímida, perezosa o ilusoria– vocación de escritor. Y el que sin duda destaca entre todos es Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, del que pensé, al terminarlo, que, si yo supiera escribir, esos serían mi forma de escribir, mis temas, mi punto de vista y mi estilo. Que, si yo supiera escribir, escribiría Winesburg, Ohio, aunque se llamaría Ferrol, Galicia, o La Reborica, Aranga, o simplemente Calle Real. Fue un libro que me encantó, para mí, una joya de la literatura universal; y lo fue para el lector, pero también, y muy claramente, para el que quería escribir.

Yo no querría escribir, en cambio, Los detectives salvajes. No me siento en absoluto identificado, en este caso, ni con la temática, ni con la perspectiva ni con el tono. Ya digo que no me ha interesado nada. Y, sin embargo, eso no impide que me fascine lo bien escrito que está. Que me maraville cómo el autor logra hacer algo tan real. Que me den envidia su capacidad y su talento. Que me haya dado ganas de escribir.

Bolaño nos cuenta que unos chavales se emborrachan y se drogan en una casa de una colonia bien en DF, o que un padrote persigue a su puta, o que un chileno trabaja en un camping en Cataluña y luego se va a Israel, o que un grupo de jóvenes recorren medio México buscando a una poeta que apenas lo fue, y que en medio de todo eso todos discuten de literatura y poesía, escriben en bares y leen en chozas. Y lo hace tan bien, lo cuenta tan bien, de un modo no solo creíble sino inteligente y lúcido, de una manera que hace interesante lo que no lo era, y tan, tan bonito, que uno, que, como digo, tiene esa supongo que infantil y poco consistente ilusión, no puede evitar pensar, una vez más, que la buena literatura es la leche, que escribir bien es algo casi milagroso, y que ya le gustaría.

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