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Libros olvidados

"Esos desgraciados libros infantiles que nadie lee, exiliados en una casa de aldea a la que nadie va" (Pennac)

HE VUELTO a leer Como una novela, el ya casi clásico de Daniel Pennac. Lo encontré de casualidad en la estantería, lo hojeé y vi que estaba bastante subrayado. No recordaba de qué hablaba exactamente, así que me lo llevé a Pontevedra y lo releí en un par de noches, en la cama. Aunque debería decir Como unha novela, porque mi edición es de Xerais, regalada por mi hermano hará estos Reyes veinte años. Está traducida por Emma Lázare y Moncha Fuentes Arias, que no solo consiguen un texto que a mí me parece de gran calidad y me suena muy natural —no siempre pasa—, sino que en las notas a pie de página hacen comentarios muy interesantes y a veces simpáticos.

Pennac, no sé si saben, habla en este libro de la lectura. De leer. Sobre la afición y lo que la rodea, sobre su pérdida y, durante gran parte del texto, sobre la batalla por que los hijos lean. Entre otras cosas, se pregunta qué les sucede a los adolescentes, qué cambia en ellos, por qué aquellos antiguos escuchadores diarios de cuentos en la cama, que bebían nuestras palabras y no se cansaban nunca, se alejan luego de los libros. Y, en resumen, nos echa casi toda la culpa. Pero, curiosamente, es un libro que, aunque nos desazona un poco, a la vez resulta agradable, porque es capaz de señalar, más o menos, una salida.

Muy esquemáticamente, Pennac se lamenta de que un placer como el leer, algo cuyo propósito principal es, con mayor o menor demanda, usando unas vías u otras, profundizando más o menos, darnos placer, acabe siendo, tan a menudo, otra cosa mucho menos amable. Y dice algo brillante: "Las preocupaciones heredadas del placer, hay que vigilarlas de cerca". Creo que eso nos pasa con frecuencia. Alerta, por tanto, sobre el peligro de convertir en un lastre algo que nos debería elevar. "Qué buenos pedagogos éramos cuando no nos preocupaba la pedagogía", nos sentencia a los padres que, de leer un cuento sentados en el borde de la cama, sin más, todo generosidad, pasamos a preguntar conclusiones.

Por su parte, en el ámbito educativo yo creo que hay un debate recurrente: si la asignatura de Literatura debe enseñar literatura, como la de Matemáticas enseña matemáticas y la de Historia, historia, o no, y en cambio su principal y casi único objetivo tendría que ser fomentar la afición por ella, la afición a la lectura. Hace tiempo leí una columna muy convincente de un profesor que se defendía de las críticas que piden lo segundo, las que descalifican a los docentes por obligar a leer cosas y a seguir un programa, por provocar entre los alumnos, en lugar de ganas, rechazo. Decía que ellos tenían que enseñar una materia, igual que los demás, y eso exigía dar explicaciones, definir estilos, describir épocas, proporcionar listas de características y mandar leer, sí, los principales ejemplos; exactamente igual, y por las mismas razones, seguía, que los profesores de Historia o de Filosofía, e igual que los docentes de Biología, Física o Economía dan el programa, y nadie se queja de que no permitan que los niños decidan por dónde quieren ir, ni de si a ellos lo que les va y les motiva es la mitosis, pero la meiosis les aburre y es contraproducente explicarla. Es decir, que, como cualquier docente, debían enseñar lo que alguien había decidido que era importante aprender.

Y que el lector novel, a medida que lea, las reconocerá y se alejará de la comercial y buscará aquella donde está el autor, y donde el autor le habla

Pennac le da vueltas al papel de la literatura en la escuela y a cómo abordarla. Y lo hace, y aconseja hacerlo, precisamente, dando vueltas también, acercándonos poco a poco al punto final, comenzando por el placer, siempre por el placer, para ir enseñando, para ir dejando que aprendan. Confiando en que ese placer irá convenciendo; y no solo eso, no solo hará lectores, sino buenos lectores, pues irá llevando hacia la literatura de calidad. Porque, eso sí, aunque rechaza los dogmatismos e imposiciones, en todo momento deja claro que por supuesto que hay buena y mala literatura. Y que el lector novel, a medida que lea, las reconocerá y se alejará de la comercial y buscará aquella donde está el autor, y donde el autor le habla. Y que el paso desde ese punto a interesarse por ese autor, por su época y sus circunstancias, es muy fácil de dar con la guía adecuada.

En los colegios, en los institutos, yo me pregunto si a menudo el fallo no será -y los porqués serán muchos y variados- precisamente ese: si, antes que el cargante aprender a aprender, en las clases no habría que enseñar a ‘querer’ aprender. O sea, a disfrutar del conocimiento y hasta del estudio -¡y hasta del esfuerzo!-, a aficionarse a las materias, a ver el lado maravilloso de saber. Si cada curso no habría que dedicarle, en las burocratizadas programaciones didácticas, su buen 10 o 15% a despertar el amor por la asignatura.

En fin, como ya he dicho alguna vez, además de un seleccionador nacional de fútbol y un epidemiólogo, ahora todos llevamos dentro un inspector de educación. Así que, antes de pontificar demasiado, les aconsejo leer este libro. Ya solo la frase de los cuentos olvidados en una casa cerrada vale por sí sola, no me digan que no, la pena.

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