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Los surcos

Me acuerdo perfectamente de cuando, a la vuelta de las Navidades de 3º de EGB, la profesora puso la fecha en la pizarra y escribió, por primera vez, 1978.
Carlos Gardel
Carlos Gardel

LE DIJE A MI compañero de pupitre algo así como si no era increíble que estuviésemos en otro año, un año distinto, que hubiese acabado 1977 y ahora ya fuese otro. No recuerdo su cara, pero me la imagino; es la misma que he ido cosechando a lo largo de toda mi vida con ciertos comentarios en voz alta.

También me acuerdo de preguntarle a mi padre, calculo que a principios de los ochenta, si yo viviría en el 2000. Me dijo que sí y que él, con un poco de suerte, también. Seguimos ambos aquí.Estoy escuchando, precisamente por sugerencia de mi padre, a Gardel. Hacía ya mucho tiempo. Justamente un par de semanas después de que se haya muerto Armando Manzanero. Aquel vinilo de Los Panchos con canciones de Manzanero estuvo en casa toda mi infancia y ahora está en la mía. Tangos y boleros.

Tangos y boleros. O fados. Músicas que, como el blues y el flamenco, cantan sobre todo al dolor. Incluso cuando el tema es el amor —que lo es tantas veces—, es del desamor de lo que se habla, o del amor que se fue, o del que no llega. El día que me quieras no es otra cosa que ese anhelo; Por una cabeza, un lamento, y Esta tarde vi llover, todo lo que hay tras ese y no estabas tú.

Yo no sé si toda esa música, esas letras, resultan ya anacrónicas, porque lo sean las relaciones que describen. Ahora que somos conscientes de los ingredientes que ya no deberían formar parte del cariño, que sabemos qué dinámicas, que roles y qué esquemas no son admisibles cuando alguien te quiere, me da la impresión de que, por efecto de la inevitable ley del péndulo, nos podemos pasar de frenada y creer que lo ideal, lo deseable, sería algo así como un contrato justo y objetivamente beneficioso para ambas partes, considerado desde un punto de vista estrictamente lógico. Un contrato justo entre individuos maduros, racionales y autónomos. Sin dependencias de ningún tipo, sin obligaciones, sin necesitarse. Fue lo que, poco más o menos, se propuso la avanzada Suecia de Olof Palme en los ochenta: que nadie necesitase a nadie. Parece un objetivo loable, una situación ideal. Cero ataduras, ni económicas, ni sentimentales.

Han transcurrido ya veintiún años de aquel dos mil tan cargado de simbolismo. Y ha transcurrido más de media vida desde mi pregunta. Y no sé qué ha pasado entretanto, la verdad. Hay cosas evidentes: unos estudios, un trabajo, un matrimonio, mis hijos, otro matrimonio, casas, viajes, dos perros y dos gatos. Pero, por dentro, no sé qué ha pasado. Yo me siento el mismo que cuando pregunté aquello, y que cuando en clase me asombró el comienzo del año 78. El mismo desde entonces, desde el momento en que me recuerdo ya pensando y, por lo tanto, esencialmente igual.

El surco que, si se pudiese hacer sonar, nos daría lo que hemos sido, lo que somos: lo que hemos y nos han amado.El surco que, si se pudiese hacer sonar, nos daría lo que hemos sido, lo que somos: lo que hemos y nos han amado.

Pero, como el tiempo se empeña en aumentar mi edad y se supone que mi experiencia, veo que, de todo lo que me ha sucedido, solo una cosa importa. Redoble: el amor. Siento salir con un lugar común, pero así es. El amor, en el más amplio sentido de la palabra: de pareja, filial, paternal, fraternal, la amistad, el compañerismo, el aprecio mutuo, etc. Eso, para bien y para mal, a base de alegrías incomparables y de dolores terribles, es lo que, bajo la capa visible de los acontecimientos, ha ido grabando año a año el surco de mi vida. Como en esos vinilos. El surco que, si se pudiese hacer sonar, nos daría lo que hemos sido, lo que somos: lo que hemos y nos han amado.Pero el amor no es un contrato aséptico y racional. Ninguno. Ni siempre comprensible en términos objetivos. El amor, aunque es cierto que no puede lastrarnos, ni envenenarnos ni mucho menos anularnos, es insensato, tiene luces y sombras, y de él se depende, y se necesita. O no es. Y siempre nos ata un poco. Por eso no se olvida fácilmente. Y se anhela y se lamenta. Y por eso se canta. Y, cuando no se ve así, se acaba como en Suecia, donde más de la mitad de las viviendas del país son unipersonales, y existe una agencia estatal cuya única función es localizar a las familias de las personas que mueren solas sin que nadie cercano se entere. Muy civilizado todo, muy racional e independiente. Sin ataduras. Ni lazos.

Es magnífico buscar el amor que te eleva, que te aligera y te abre puertas y ventanas desde las que poder mirar. De hecho, hay que buscarlo. Pero si es capaz de todo eso es porque es algo más que un buen producto, más que una adquisición recomendable. No es un buen coche ni un plan de pensiones. Y por eso también a veces duele. Rechazar relaciones envenenadas, infiernos de dominación, culpa y sumisión, es absolutamente indispensable. Quién lo duda ya. Pero eso no debería confundirnos y hacernos pensar que lo que va a llenar nuestra vida será una aséptica y conveniente relación. Para eso, mejor comprarse la Thermomix. Sin lazos. Ni surcos.

Los surcos
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