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Molestias en el bazo

Portorosa describe el desasosiego vital que le provocan los like de Facebook.

YA DECÍA Al Pacino en El abogado del diablo que la vanidad era su pecado favorito, porque nadie está libre de caer en él, y hasta la personalidad más fuerte, la que resiste impertérrita cualquier crítica, se doblega ante el elogio.

Una forma prosaica de explicarlo es que la dopamina nos encanta y la recibimos con alegría, como bien sabían los creadores de Facebook cuando decidieron incluir algo que cambiaría por completo la experiencia de sus usuarios y los encadenaría para siempre: el ‘like’. Sea por eso, sea por una más trascendental necesidad de reconocimiento, basta echar un vistazo a las esquelas de ABC para comprobar cuánto nos importa tener méritos. O a los perfiles de Linkedin, donde nadie parece tener un trabajo corriente ni, desde luego, modesto.

Estamos desnortados. Yo al menos lo estoy, sobre todo algunas épocas en las que de repente parezco un pollo sin cabeza, con la diferencia de que en lugar de correr me paro con las manos en los bolsillos y miro alrededor, entre embobado y cansado. Y peor es cuando, en lugar de observar lo que me rodea, me veo moviendo el pulgar pasando pantallas del móvil en busca de no sé qué. De un vídeo de caídas o un artículo sobre el número de comidas diarias recomendable.

Quiero y no puedo. O no quiero. Y ardo en deseos de arder en deseos, de una vez, por algo

Esa astenia, hay quien se la achaca a la primavera, como otros a la lluvia. Yo, si tuviese que pronunciarme, diría que a mí lo que me desasosiega es la llegada del calor, pero lo cierto es que soy reacio a relacionar mi humor con la meteorología. Demasiado superficial. Yo soy más de la frustración, el irremisible paso del tiempo, el miedo a la muerte y cosas así. Pero, sea como sea, ese mal de los que no sufrimos grandes males, de los que no tenemos graves problemas, esa angustia vital de causa difusa o directamente imposible de explicar, llega y me ataca de vez en cuando, cargada de consecuencias reales. Y me entra una apatía, a medias entre el hastío de la rutina y la desorientación existencial, que me quita las ganas de casi todo. Quiero y no puedo. O no quiero. Y ardo en deseos de arder en deseos, de una vez, por algo.

Me ataca el spleen de los románticos, el spl​een de Baudelaire, pero sin la vertiente artística, sin que surja la poesía. Puedo ponerme un batín de seda, tumbarme en una otomana, acariciar desmayadamente a mi gato y, mirando a la ventana, suspirar, pero nada: creatividad cero. No paso de los lamentos por lo que yo habría podido ser… si hubiese sido otro.

Molestias en el bazo
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