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No me lo creo

"No me lo creo", le explico yo. "¿Pero qué es lo que no te crees? Lo que hace es genial, y ojalá más gente lo hiciera", responde ella.

CONOZCO A UN hombre que está entregado en cuerpo y alma al trabajo comunitario, que desde que tiene uso de razón ha sido un ejemplo de compromiso y activismo social. Y, sin embargo, no me convence. Pasan los años y me dicen que por qué sigo con esas dudas, que ya se ha visto que no hay trampa ni cartón, que nada indica que su intención no sea buena y busque alguna clase de beneficio personal. Y es cierto. Todo el trigo parece limpio. Pero mi mosca sigue ahí, haciendo ruido tras mi oreja. 

La otra tarde vimos Mary Shelley, y no me gustó. Pero hay una escena en que su padre le advierte, a la futura autora de Frankenstein o el moderno Prometeo, sobre Percy, su exaltado, atractivo y romántico amante, con estas palabras: "Dice amar a la humanidad, pero abandona a su propia hija". Y esa frase resume perfectamente mis recelos.

Hay personas que en los asuntos públicos se muestran comprometidas, concienciadas y activas, que se mueven por grandes ideales y se guían por rectos principios, y en consecuencia participan constructivamente en su comunidad –en el Ampa del colegio de sus niños, formando parte de la directiva de un club social, trabajando en una asociación de vecinos o metiéndose en política–, y además lo hacen bien. Individuos con ideas bien formadas, con una ideología sólidamente armada que los empuja a la acción. Individuos que se involucran, que trabajan lo que no trabajamos los demás. No aprovechados que solo busquen medrar, y que vayan de pesebre en pesebre o de trampolín en trampolín, sino miembros realmente útiles de su comunidad. A veces, incluso destacados. Que lo hacen bien. Pero.

Pero, en ocasiones, algunos no resisten una mirada desde cerca. Es como si, en su caso, todas esas virtudes no vinieran acompañadas de otras, precisamente de las que uno espera encontrar en una buena persona. Es gente encomiable en su faceta pública, pero, curiosamente, no tanto en la privada. Gente implicada y entregada socialmente, que, sin embargo, en sus relaciones personales muestran falta de generosidad, de preocupación, de cercanía y, desde luego, de cariño o simpatía. Gente que puede erigirse en adalid de la causa más elevada o redactar un alegato encendido en defensa de los derechos humanos, pero en carne y hueso, cuando la tocas, tiene algo que no cuadra, que rechina.

No puedo evitar pensar que, detrás de ese compromiso, lo mismo que hay alguien ejemplar, no costaría nada que hubiese un fanático

Porque no les veo las cualidades personales que deberían explicar su forma de actuar, que deberían fundamentar sus nobles iniciativas. No veo la bondad que debería servir, no solo de base sobre la que levantar unas convicciones, sino de seguro para garantizar que la teoría no se desvía y acaba llegando a cualquier conclusión retorcida. Y es que, de hecho, no puedo evitar pensar que, si su ideología no fuese la que es sino otra, si su razonamiento se desviase un poco y los llevase a defender, en lugar de las posturas que defienden, las contrarias, por aberrantes que fuesen, lo harían igual, con la misma dedicación y las mismas ganas. No puedo evitar pensar que, detrás de ese compromiso, lo mismo que hay alguien ejemplar, no costaría nada que hubiese un fanático.

Y, por loables que sean su actitud y su labor –y sin duda lo son, me doy cuenta de que, antes que ellos, tiene mi confianza el que, entre dudas, falta de tiempo, algo de vagancia y pocas ganas de presencia pública, aprovecha las mínimas fuerzas que consigue reunir para preocuparse por quien tiene al lado. Aunque luego no haga nada digno de reconocimiento público. Que, aunque organizar a la hostelería para luchar por sus derechos es justo y necesario, me fío más de quien es sinceramente amable con el camarero. Más de quien juega con sus hijos que del que escribe un tratado sobre pedagogía. Que quiero que el representante sindical sea, en primer lugar, buen compañero de trabajo y, ya que estamos, un buen trabajador. Que me convence más la generosidad del que se para a escuchar al señor del 3º que no tiene con quien hablar, o le da un euro a la señora que vende pañuelos por la calle, que la del que es socio de tres oenegés pero hace tiempo en la acera para no coincidir con él en el ascensor o se aparta unos pasos para que no se le acerque ella. Que me escama quien lucha por erradicar el hambre en el mundo pero en las comidas se sirve el mejor trozo, el que quiere limpiar la sociedad de la lacra de la corrupción y se dedica a ello en sus horas de trabajo. Y que me inspira mucho más cariño el que se acuerda de llamar a su madre y la saca de vez en cuando a pasear, aunque nunca se le haya pasado por la cabeza hacer voluntariado.

Necesitamos personas que asuman su parte de responsabilidad para con la sociedad. Quién lo duda. Necesitamos buenos ciudadanos. Pero qué poco me creo a los buenos ciudadanos que no son, primero, buenas personas.

No me lo creo
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