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No se creen nada

Cuando Descartes expuso su teoría de la duda metódica, poco se podía imaginar que su idea se nos podía ir de las manos.
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FUE EN 1641 cuando René desarrolló, en sus Meditaciones metafísicas, el famoso método de la duda como sistema para llegar a un conocimiento incuestionable. Mucho antes que él, autores como San Agustín,  Avicena o un médico de Medina del Campo llamado Gómez Pereira adelantaron a veces casi literalmente su "cogito ergo sum". En 1581, otro médico y filósofo de aquí cerca, de Tui, Francisco Sánchez, no por casualidad apodado el Escéptico, se propuso llegar al saber por sí mismo, "poniendo todo en duda como si nadie hubiera dicho nada jamás".

La ciencia, por su parte, con el paso de los siglos y la adopción de sucesivos métodos ha ido buscando el modo de ganar objetividad y fiabilidad. A base, entre otras cosas, de poner a prueba sus propias conclusiones. El científico, a diferencia del charlatán, del vendedor de tónicos crecepelo, busca refutar su propias hipótesis, primero, y sus teorías o las de sus colegas, después: solo eso permite avanzar con un mínimo grado de seguridad a la ciencia y mejorar poco a poco nuestro conocimiento de la realidad. 

Y todo eso es genial. Lo de Francisco Sánchez el Escéptico es genial. Pero no sé yo si podemos permitirnos empezar de cero una y otra vez, como si nadie hubiera hecho nada jamás.

Y mi impresión, y la de gente con opiniones más autorizadas que yo, es que vamos acercándonos peligrosamente a eso, a una situación de escepticismo generalizado que ya venía fraguándose desde hace tiempo, pero que, con la pandemia y la guerra en Ucrania, se ha hecho mucho más evidente. No hace falta entrar en la locura de las redes para comprobar hasta qué punto las noticias son, cada vez más, cuestionadas y puestas en tela de juicio, metidas todas en el mismo saco, sin discriminar entre unas fuentes y otras, y rechazadas.

El otro día escuchaba, volviendo a Pontevedra, un podcast de  Global Strategy, el magnífico programa de la Universidad de Granada sobre geopolítica, estrategia, relaciones internaciones y seguridad. Se titulaba Desinformación en la política internacional, y era de un interés evidente, dadas las circunstancias. Los profesores Javier Jordán y Manuel Torres explicaban que la desinformación, que por definición es intencionada, no pretende convencer de nada, sino todo lo contrario. Busca precisamente desacreditar a la autoridad en cualquier ámbito, sembrar la duda, confundir, confirmar los prejuicios de cada uno —en especial de los más extremistas—, acrecentar las brechas de opinión y utilizar los fallos que inevitablemente nos rodean para, al final, provocar una falta de fe en la información compartida y, por lo tanto, en el propio sistema, visto a partir de ese momento con recelo. Lo cual es terrible, claro, es un torpedo bajo nuestra línea de flotación, pues la pérdida de confianza en nosotros como comunidad nos aboca, en el mejor de los casos, a un estado de parálisis.

Pero, con lo influyente que puede llegar a ser, no creo que la desinformación explique por sí sola este fenómeno, que parece más amplio, un fuego que no necesita ni ser alimentado para seguir extendiéndose. El simple exceso de información, esa avalancha diaria a la que es tan difícil enfrentarse, hace comprensible esa sensación de desorientación, de perder pie, que tenemos.

Hay gente que se cree que vivimos en una novela de John le Carré, con manos negras moviendo los hilos y poniendo ante nuestros ojos una ficción, un decorado para tenernos entretenidos. Y entonces las teorías conspirativas florecen; más, cuanto más pretendamos simplificar una realidad que es siempre compleja y en la que convergen, simultáneamente, causas, intereses, actores y mecanismos de todo tipo. Se abre la veda a cualquier explicación alternativa, por peregrina que sea. Y no hay que demostrar nada, basta con ofrecer un relato que aparente cierta coherencia a primera vista y dé respuestas. Respuestas fáciles, como en política. Y,  si vienen rodeadas de un halo de crítica, mejor aún. Hasta que la procedencia de fuentes desconocidas acaba considerándose un aval, una garantía de veracidad.

Pero también hay gente inteligente y nada paranoica, con intención de comprender, que no sabe a dónde mirar. Y ya no se cree nada.

Nuestra política, nuestra prensa, nuestra ciencia y nuestra economía tienen defectos, y las decisiones que toman reflejan esas limitaciones. Pero dentro de la imperfección hay distintos grados, admisibles unos y aberrantes otros. Equiparar la falta de objetividad de ciertos periodistas a la propaganda de un régimen no democrático, o el clientelismo económico de algunos medios a la manipulación premeditada de un servicio secreto, es, además de injusto, absurdo. Poner las recomendaciones de la OMS al mismo nivel que las opiniones en YouTube de un médico desconocido es de ignorantes. Hacer el mismo caso a corresponsales con veinte años de experiencia que a una cuenta anónima de Twitter es una locura. Y darle más credibilidad a cualquier postura contestataria y discrepante, sobre el tema que sea, por el simple hecho de serlo, es infantil y ridículo. Y todo junto es demoledor.

Nuestra respuesta en esta cuestión ha evolucionado hacia una confusión e incluso una desmoralización que no se justifican. Nuestros avances en el conocimiento, en el desarrollo de nuestros derechos y libertades o en el de nuestras mejorables instituciones no son un espejismo, no son un gran montaje obra de manipuladores, ni una gran estafa. Aunque de todo eso haya, aunque quede todavía mucho por andar, son reales.

Un espíritu crítico, un pensamiento libre y unas opiniones independientes son imprescindibles. Y más en democracia. Pero no somos más listos por no creer en nada, sino por saber en qué creer. Y necesitamos hacerlo, necesitamos una base de confianza compartida para construir una sociedad aceptable. Y, aunque nadie les va a dar un listado, a mí no me parece un mal comienzo aceptar que lo de poner todo en duda tuvo sentido cuando lo hizo aquel escéptico de Tui, pero que ahora no nos lo podemos permitir.

No se creen nada
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