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Otra vuelta, solo una

Este verano, en la vida real, una señora, una amiga, nos contó en su cafetería cómo había muerto su marido en el mar

NO SÉ de qué escritor norteamericano era un relato que leí hace años, en el que alguien contaba cómo, a la vuelta del parque de atracciones, de uno de esos parques de atracciones de barrio tan corrientes y que para mí son un ejemplo más de que Estados Unidos es otro mundo, su hermano pequeño se había muerto. Y que, dentro de esa tragedia, lo más triste, no lo más doloroso pero sí lo más triste, era que el niño, cuando se iban, había pedido montar una vez más en el tiovivo o la noria y la madre, por lo que fuera, porque ya era tarde o porque sí, le había dicho que no, a pesar de que él había insistido un poco. Y contaba que la madre, después, años después, decía que lo que más sentía, de lo que más se arrepentía de todo cuanto había hecho nunca, era de no haberle dejado montar una vez más.

Este verano, en la vida real, una señora, una amiga, nos contó en su cafetería cómo había muerto su marido en el mar. Habían pasado ya diez años pero aún se le llenaban los ojos de lágrimas. Y nos dijo que lo que más le pesaba en la vida eran todas las veces que él había llevado a casa algún pulpo recién cogido y le había pedido si se lo hacía, porque le encantaba, y ella, por prisa o por pereza —explicaba con una sinceridad desarmante—, le había dicho que no. Casi siempre se lo había hecho, claro, cómo no iba a hacerlo, pero de vez en cuando le había dicho que no. Normal. Y cada una de esas veces le pesaba ahora más que nada en el mundo. Eso nos dijo exactamente.

Me sorprendió, aquella mañana, oír contar una historia tan literaria y dramática en la barra de un bar. Lo comentamos cuando nos fuimos, mientras volvíamos paseando. Pero es al revés: la buena literatura debe copiar a la vida en lo que merece la pena escribirse.

Yo tengo un miedo terrible a la muerte, a las despedidas definitivas que significa. Y poco puedo hacer al respecto, me temo. Pero tal vez toda esa ansiedad esté haciéndome pasar por alto algo que, por el contrario, sí está en mi mano cambiar. Es difícil decir esto sin parecer el eslogan de una taza, pero lo cierto es que seguro que sería mucho mejor que parte de esa preocupación la usase para intentar que no sean muchas las cosas de las que me arrepentiré cuando sea demasiado tarde. Sería mucho más provechoso para todos, y lo sería ya, mientras estamos aquí. Tratar de no tener demasiado que lamentar. A veces tonterías y, otras, cosas importantes como quedarse un rato, esperar un poco, llamar, atender, hacer pulpo o dejarles montar una vez más.

Otra vuelta, solo una
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