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Página 101: lo dejo

Cuando uno lee literatura, debería leer por placer. Por eso, hay que dejar los libros que no nos lo dan.

SUPONGO QUE hay hitos que es comprensible que un lector quiera alcanzar, aun exigiéndole un esfuerzo. Entiendo que alguien se proponga leer y se empeñe en acabar, por ejemplo, el Ulises, o En busca del tiempo perdido o La Divina Comedia —tres títulos que, casualmente, no he leído—, aunque solo sea para tener una opinión propia. Como entiendo que alguien, por compromiso, lea algo de un amigo, aunque le duela. Pero poco más: para el resto, creo que la madurez lectora consiste en tener un criterio propio, confiar en él y ser capaz de cerrar el libro que no gusta y pasar al siguiente.

Que es lo que me ha pasado con Ordesa, de Manuel Vilas (Alfaguara). Me lo habían recomendado dos amigos de los que me fío bastante, y me lo compré hace ya un par de años, aunque no lo empecé hasta la semana pasada. Con ese condicionante y con el de saber que ha sido todo un éxito de crítica y público, incluyendo la concesión de varios premios y su nombramiento como mejor libro del año por algún suplemento literario, todo parecía estar a su favor. Y, sin embargo, he durado ciento una páginas.

El libro es una reflexión en primera persona en la que el autor hace un recorrido, sin un orden visible —ni falta que hace—, por su relación con su padre y su madre, ambos fallecidos ya. Ese recorrido sentimental, íntimo, se va salpicando además, de una forma más o menos original y, en principio, interesante, de episodios vitales propios de toda índole, relacionados, unas veces más claramente que otras, con ese mundo afectivo que Vilas pretende mostrar y, casi, desnudar en público. Se habla de anécdotas, se habla –hasta donde yo leí- de sus propios hijos y de su divorcio, se comienza a hablar de su alcoholismo y de detalles de su carrera profesional, etc., pero siempre sobre el fondo de esas dos relaciones. Un fondo con un tono general de desasosiego y no poco dolor. Buena pinta, ¿no?

La cuestión es que hay algo en el tono, en el estilo, en la forma de dar ese mensaje que ha sido descrito como desgarrado, desconsolado y crudo, que para mí lo hacía, literalmente, increíble

El problema es que no me lo he creído. Que conforme leía me parecía todo falso, fingido. Ojo, yo no sé nada, o casi nada, de la vida de Manuel Vilas; no sé, por tanto, si eso que dice es una adaptación libre de ella o un reflejo fidedigno de hechos y sentimientos reales. No sé si es sincero, en suma. Ni importa demasiado, porque no es esa la cuestión: los cuentos de Ray Bradbury transcurren en Marte y me los creo.  La cuestión es que hay algo en el tono, en el estilo, en la forma de dar ese mensaje que ha sido descrito como desgarrado, desconsolado y crudo, que para mí lo hacía, literalmente, increíble. Algo, difícil de identificar, que me ha sonado a impostura y lo alejaba de mí. Y así, claro, el edificio se me ha derrumbado. Porque lo fundamental no funcionaba. Y el resto, sus observaciones ingeniosas y sus conexiones originales, que quizá habrían bastado para salir airoso de una columna como esta, por sí solas, sin un fondo consistente, sin un fondo que llegue y convenza y vaya dejando el poso que se busca, no sostienen un libro entero. Libro que ha vuelto a la estantería, donde permanecerá, me temo, condenado a cadena perpetua a ese estado tan desazonador de leído a medias.

De todos modos, por suerte para el resto de los ejemplares vendidos y, sobre todo, para el propio Vilas, parezco ser el único que opina esto, pues no he encontrado más que críticas entusiastas. Así que todos contentos.

En Historia personal del Boom, José Donoso cuenta que García Márquez, viviendo en Barcelona mientras trabajaba, creo recordar, en Cien años de soledad, llamaba a alguien por teléfono y se quejaba: "Escribo que hace calor y no hace". Y yo no conozco otro ejemplo más claro de qué es escribir bien: conseguir que, para el lector, lo que lee, suceda.

Todo lo que se cuenta se debe contar de modo que resulte creíble, sea cierto o no. También los sentimientos. Sobre todo los sentimientos.

Página 101: lo dejo
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