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El prestigio de estar ocupado

Yo siempre he tenido un problema, y es que me sale fácil disfrutar.

SALGO A DAR un paseo, me siento en la terraza de un café, saco el libro, le hago caso o no, miro alrededor, me fijo en los edificios, en la gente y en las conversaciones que pasan. O llego a un parque, me siento en un banco y miro las ramas que me dan sombra y escucho los pájaros. Y se me pone cara de estar bien. Se me nota mucho. Porque lo estoy. Qué culpa tengo.

Hace tiempo leí una cita, que juraría que le atribuían al general De Gaulle pero no soy capaz de encontrar, y que más o menos decía que todas las personas felices caen en el error, casi imposible de evitar, de pensar que las desdichadas lo son porque quieren. Efectivamente, es un error y, además, una gran injusticia.

Pero, aun sabiéndolo, yo sí creo que hay gente que no es capaz de disfrutar incluso cuando todas las circunstancias están a su favor. Que por un motivo u otro se lo niegan a sí mismos. Que parecen sentirse violentos si alguien, al verlos, piensa que qué bien están. Son personas que se sienten incómodas estando bien, que se les da mal.

A veces, supongo que tras esa actitud puede haber una especie de superstición, una reticencia a demostrar la buena fortuna para no tentar a la suerte. Sería algo parecido a no dejar que tu jefe te vea relajado, o a no hacer ostentación pública de tus riquezas, por si acaso. Pero eso no lo explica todo. En muchos otros casos es como si no tener nada que hacer estuviese mal. Como si tuviese mala prensa, y resultase poco meritorio no ser de los que no paran, de los que están siempre liados, de los no te puedes hacer una idea del ritmo que llevo. Como si eso fuese lo admirable y deseable, e incluso una meta a alcanzar. Como si fuese envidiable, cuando, la verdad, yo solo le veo sentido si es un medio para llegar a un fin, un precio que no nos queda más remedio o nos interesa pagar; pero, en cualquier caso, un precio siempre a minimizar.

Y el ocio, en ciertos ambientes, parece algo casi vergonzante: ni que fuésemos calvinistas

Hay cierto prestigio en estar ocupado. Y el ocio, en ciertos ambientes, parece algo casi vergonzante: ni que fuésemos calvinistas. ¿De qué nos valen tantos siglos de catolicismo, si ahora no vamos a poder descansarnos en las buenas intenciones, en la bondad de fondo que compensa nuestras muchas debilidades? Una cosa es tener clara la necesidad de arrimar el hombro, de ser alguien con quien se puede contar dentro y fuera de casa, y otra asumir hasta tal punto –y tan mal- la cultura del esfuerzo que ya no esté bien visto no estar trabajando.

Pero hay un tercer grupo, una tercera razón por la que algunas personas no están bien, por la que, aun pudiendo, no disfrutan en ninguna situación. Y yo me temo que es porque no quieren. Mejor dicho, porque no piensan en ello, porque se olvidan de esa parte de la vida. Porque, dentro de lo que se plantean hacer, lo de disfrutar no cuenta. Y repito, antes de que se me tire nadie al cuello, que estoy hablando de gente que podría, que material y anímicamente no tiene impedimento alguno para disfrutar, y aun así no lo hace. 

Por tonto que suene, estoy convencido de que hay individuos que no colocan, entre sus prioridades, no digo ya vitales, sino diarias, pasarlo bien, tener buenos momentos. Que para ellos no es algo a incluir en su agenda, no es un factor de la ecuación de cada día. Que como mucho lo anotan para las bodas y Fin de Año, o, con suerte, para una noche de sábado sí y otra no. Pero nunca cabe en una jornada normal, porque directamente no se plantea. Individuos que te ven tranquilamente sentado con cara de felicidad, un miércoles a las ocho, y te dicen con envidia que qué bien vives y que ya les gustaría, pero lo cierto es que, aunque al día siguiente tengan tiempo y estén en disposición de hacerlo ellos, dará igual, porque no van a sentarse jamás a no hacer nada y ver la vida pasar. Hay gente, mucha gente, que por algún extraño mecanismo no parece tener claro que disfrutar es importante. Para ellos, no debe de contarse entre las cosas de provecho, imagino.

A menudo Marta me reprocha que solo pienso en salir de paseo, en ir a tomar un café, en leer, en quedar con alguien, en no hacer nada cuando hay tanto que hacer

En cambio, yo lo tengo clarísimo. No solo que sea importante, sino que es esencial e imprescindible. Que hay que disfrutar siempre que se pueda. Y todos los días, si puede ser, aunque sea parando quince minutos. Para lo cual conviene tenerlo en mente, tenerlo presente, sin dejar nunca que se aleje demasiado de la lista de obligaciones que nos ocupan, e incluso sabiendo que de vez en cuando hay que hacerlo pasar por encima de algunas de ellas.

A menudo Marta me reprocha que solo pienso en salir de paseo, en ir a tomar un café, en leer, en quedar con alguien, en no hacer nada cuando hay tanto que hacer. Y muchas veces tiene razón, pero otras no: yo le digo que es verdad que para vivir tenemos que resolver cosas y sacar adelante un montón de tareas inevitables, pero que no es menos cierto que, si vivimos, si vale la pena vivir, es porque disfrutamos. Que si queremos tiempo libre es para eso, que no hay que olvidarlo y que hay que empeñarse e insistir. Para, en cuanto sea posible, hacerlo. Y que está bien y es lo correcto. 
Que no somos vagos, sino que sabemos priorizar: aquí estamos para disfrutar, y si no disfrutamos no sé para qué estamos aquí.

El prestigio de estar ocupado
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