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Que estoy más guapo

Esta mañana me senté en el coche a las seis y diez. Me llovió varias veces por el camino. A las ocho menos veinte estaba en Pontevedra.
Roberto Bolaño. AEP
Roberto Bolaño. AEP

La tarde del sábado como si fuésemos otra gente y viviésemos en otra ciudad, estuve más de una hora en la única librería de viejo —y mejor lo dejo ahí, que me repito— de Ferrol, hablando con el dueño, Felipe. Fuera, si no llovía, lo parecía. Yo estaba sentado en un banquito de capitoné, junto a un leopardo de peluche. A Felipe y a mí nos separaba una bicicleta. Hay veces que la vida va siendo amable, e incluso se va sosteniendo, gracias a ciertas conversaciones.

Continúo con Wiesenthal y sus golondrinas, y ayer tuve un momento de clara reconciliación con el libro, cuando de los detalles de la Viena imperial saltó, en un párrafo, y siguiendo a la valguesa Bella Otero, hasta Cádiz. De la ciudad dice que no cree que haya ninguna otra tan bella edificada con piedra marinera, con conchas, vidrios fenicios, caoba de América, mármol de Carrara y restos de tesoros de náufragos. En cuanto a Agustina Carolina, debe de ser un ejemplo como pocos de hasta qué punto la realidad a menudo supera a la ficción: la pobre aldeana gallega, violada y repudiada de niña, llegó a ser amante de dos emperadores —el último káiser y el último zar, ni más ni menos—, de un primer ministro y tres reyes, entre los que se encontraba el abominable propietario del Congo; y, aun así, acabó sus años mantenida por el Casino de Montecarlo, que le pagaba una pensión en un gesto de agradecimiento por la fortuna que había dilapidado en sus salones. Murió sola y pobre como había nacido, y a su entierro, al entierro de aquella mujer con una vida sin parangón, solo asistieron algunos crupieres. 

La lectura, para algunos, es, entre otras cosas, la sustituta de esas conversaciones que no siempre podemos tener. Y sin duda es una gran suerte poder contar con ella. Pero no es lo mismo. En mis tres años en Madrid, estoy seguro de que todo fue mucho más soportable gracias a que siempre tuve a alguien con quien, al menos una vez por semana, podía charlar de verdad. Y eso lo cambia todo. Yo estoy convencido de que una de las cosas que más influyen en la felicidad diaria es que tu pareja sea una persona con la que puedes conversar así. Que te guste hablar con ella. Hace ya muchos años me habían mandado el típico powerpoint larguísimo con frases cursis sobre fondos de puestas de sol y parejas de cisnes surcando lagos. Pero, entre todas, había una que decía: "Cásate con alguien con quien te encante hablar". Todavía me acuerdo.

Comoquiera que, por el momento, en Pontevedra estoy solo, he ido a por más lecturas. Me habían recomendado la librería Cronopios, y allí fui, justo cuando Domingo Villar, ya solo, se despedía tras una presentación y firma de libros. Me disculpé por haber entrado por casualidad, sin tener ni idea, y fue muy amable. Como las chicas que trabajan allí, a las que seguro que veré con frecuencia. Resultó ser una librería de verdad —y vuelvo al primer párrafo para repetir que mejor lo dejo ahí—, y no una mera tienda de últimos éxitos decididos por las distribuidoras. Y ya me he hecho ficha. Salí con dos libros: Los detectives salvajes, que no tenía, para ver si es tan bueno como todo lo de Bolaño que he leído, y como se dice; y el famoso La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han, en este caso para comprobar si es oro todo lo que reluce.

Y habrá unos cuantos días, en Pontevedra, en cuanto alguien me recomiende a qué cafetería ir a leer, o cuando reabran el Carabela, que pasaré la tarde con ellos, con el filósofo superventas, o con el chileno con cara de tan buen tío que pese a su prematura muerte tuvo tiempo de ser un genio. Y volveré solo a dormir y echaré de menos tener con quien comentarlo, supongo.

O puede que no, porque miraré por la ventana, y veré titilar las luces de la otra banda de la ría, y pensaré que bajo cada una de ellas hay alguien metido de lleno en su vida, y me parecerá todo tan extraño que optaré por callarme un poco.

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