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Ruido de fondo

Estoy sentado en un jardín en Madrid. Estamos ya a mediados de julio, pero aún no es verano.
táboa 5

TAL VEZ sea el ruido de la M-30, a cincuenta metros en línea recta de mi mesa. Pero no, no es verano. Y, dado que todavía estoy aquí y no he empezado las vacaciones, no sería nada raro sentirse así, si no fuese porque tampoco me parece estar trabajando. Estoy esperando, solo esperando y, como tantas otras veces, los días pasan un poco por pasar, entregados de antemano a un futuro incierto. Es como si renunciase a estas semanas, al presente, porque ahora mismo solo parece importar esa posibilidad. Lo hacemos a menudo, y supongo que es inevitable, pero un error en todo caso.

Estoy leyendo Un árbol crece en Brooklyn, de Betty Smith. Acabo de empezar y, aunque no puedo evitar sospechar que la traducción no le hace un gran favor, me está gustando, y sé que me va a gustar. Tiene esa manera, frecuente en escritores norteamericanos, tan natural de hablar de los sentimientos, de las sensaciones, de las cosas más sencillas e importantes de la vida.
El otro día un amigo me comentó que, leyendo mis artículos de estos años, le daba la impresión de que había llegado a Madrid con la intención de hacer muchas cosas; que incluso había renovado varias veces esos votos; y que, sin embargo, no había acabado de hacer casi nada. No supe bien qué contestarle, de lo que deduzco que tenía razón. Es cierto que en su día me marqué dos objetivos claros, concretos: escribir ficción y publicar algún artículo relacionado con mi tesis doctoral. El primero no lo he conseguido y el segundo ni lo he intentado. Así que nada.

Me temo que lo que ha habido tras eso ha sido sobre todo un no saber estar solo, y, por lo tanto, no querer dedicarme a las cosas que se hacen en soledad. Pero también es cierto que, a veces, y con independencia de oportunidades, perezas, ánimos y desánimos, sucede que, conforme te vas acercando al lugar al que te diriges, te vas dando cuenta de que no es como pensabas y que, en realidad, ya te da un poco igual llegar. A veces se trata de algo tangible, fácil de explicar: sencillamente, las cosas no son como te las imaginabas, porque las idealizabas o porque, simplemente, de lejos brillaban más y engañaban, porque las miserias se ven de cerca. Otras, la decepción es más existencial: vas buscando la felicidad y te das cuenta de que ahí tampoco estaba. No sé en qué medida esto me excusa, si es que lo hace. Tampoco estoy seguro de si me debo una excusa. 

Otra amiga, otro día, fue tan amable como para preguntarme por qué, o para qué, escribo.


En cualquier caso, lo que sí creo haber aprovechado es Madrid. Y no me refiero tanto a la oferta más evidente —museos, teatro, exposiciones, librerías y bares—, que he disfrutado lo que he podido, como al ambiente de la ciudad: he paseado mucho por el centro, lo suficiente para tener una idea propia de lo que es la capital, o al menos una parte de ella. Y me ha encantado, por cierto. Y he visto gente, muchísima gente, gente muy distinta, a veces mezclada y otras separada por una frontera infranqueable del ancho de una calle. Y he visto a muchos amigos.

Otra amiga, otro día, fue tan amable como para preguntarme por qué, o para qué, escribo. Tras divagar un poco, llegué a la recurrente pero certera idea de que lo hago para darme cuenta. Para darme cuenta de lo que siento, de lo que me importa y lo que no, para darme cuenta del tiempo, de cómo pasa y de lo que hago con él. Para darme cuenta de los demás. Para darme cuenta de la vida.

Para darme cuenta de que en este jardín, en el que hoy a la sombra se está bien y un viento suave mueve las ramas de los árboles, el murmullo de fondo, en vez del mar, es el tráfico.

Ruido de fondo