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Sexo

El sexo no puede ser el resultado de irse animando, de ir cogiendo carrerilla. No puede caer tan bajo como el comer y rascar
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AL SEXO hay que llegar con ganas. No puede surgir de un, ya que estamos, por qué no. El sexo hay que empezarlo con el deseo todo ya allí. Los prolegómenos, maravillosos, prometedores, golosos como son, hay que pasarlos conteniéndose, aguantándose las ganas, reteniendo el impulso de lanzarse, de devorar. Y lo que no deberían ser nunca es un tanteo mecánico, un dar cuerda a ver si algo se pone en marcha. Porque, si es así, aunque acabe por encenderse una luz, es un encendido a pilas, una vela eléctrica de las de echar cinco pesetas, en lugar de una explosión.

Que tampoco hace fala que sea siempre una explosión nuclear ni un 4 de julio, es verdad. Algunas veces más bien recuerda —y es fantástico, delicado y delicioso— a meterse poco a poco en el mar, un día de calor, e ir nadando, disfrutando del roce del agua en la piel de todo el cuerpo, y de vez en cuando bucear, e ir sintiendo cómo el placer va a más, hasta que casi nos desborda; o a escuchar música e ir llegando, anticipando el momento, disfrutando de la aproximación, a la parte que nos encanta, que nos entusiasma, en la que nos dan ganas de ponernos a cantar a voz en grito. Pero eso, como mínimo. O eso, o la explosión, a la que se llega después de ir recorriendo la mecha, cada vez más rápido, una mecha hecha de visiones, de suavidad, de roces, de relieves, de olores, encajes, besos y mordiscos.

Cuando, en cambio, no se llega con ganas, cuando te pones a pulsar interruptores, probando, a buscar la combinación de la cerradura, a girar la manivela a ver si aquello coge inercia para luego dejarte llevar por ese pequeño empujón, entonces, sale mal. Y es una verdadera pena que salga mal, con lo bien que puede salir.

Para mí, especialmente, el sexo no puede ser una cuestión de ir calentando, de girar tres vueltas a la izquierda y dos a la derecha, de ponerse a intentarlo —nunca, nunca de ponerse a intentarlo— a ver si sale, porque para mí el sexo es sobre todo algo mental. No, no caigan en la broma obvia, no he dicho que sea una cuestión de imaginación, ni siquiera —por mucho que hayamos recurrido a ella— de fantasía, sino mental. Podría resumirme así: qué buena está esta tía, y qué suerte tengo de poder hacer todo esto con ella. Ah, ¿que no les parece mental? Pues lo es, porque el placer, en mi caso, viene en muchísima menor medida del goce puramente físico, sensorial —para eso, uno duda incluso que haga falta alguien más—, que de esa consciencia, de ese darme cuenta de que tengo acceso a un cuerpo que me encanta. Hasta tal punto es así, que nunca he entendido bien esa figura casi mítica de mujer que encadena, que subyuga a los hombres —y supongo que lo mismo sería al contrario, pero ahí ya pierdo pie en mis suposiciones— gracias a sus artes amatorias, ya que para mí no hay nada tan subyugante como que alguien me guste. Repito mi proceso mental: qué pedazo de mujer, y yo aquí.

Por esa razón, porque funciono así, el orgasmo, en mi caso, no es el objetivo, sino la consecuencia. Al final lo quiero, claro, cómo no voy a quererlo, cómo me va a dar igual, pero no es lo que iba buscando; lo que busco es todo lo anterior, es ese acceso, es ese empacho de carne, es el disfrute de satisfacer tanto deseo, de poder hacer lo que me apetece tanto. Y el orgasmo simplemente llega después, como el desenlace natural.

Y de hecho, llega y casi siempre me deja una sensación de vacío. Me quedo pensando que todo eso para qué. Creo que eso se llama disforia postcoital, y a mí me suele dar ganas de leer; de leer algo, además, cuanto más sesudo, mejor. Una vez me puse a leer Así hablaba Zaratustra: la depresión empeoró, lógicamente.

Y eso que estoy hablando, todo el rato, que conste, de sexo con amor. Tal vez les sorprenda, porque hasta ahora no he hablado de sentimientos, pero no, nada de lo dicho los deja al margen, ni mucho menos. Para mí, el amor, aun no siendo el motor sexual, es sin duda el fondo, el decorado, la base que hace del acto sexual algo no solo placentero, no solo un banquete, no solo una fiesta de la autoestima, sino, en la vorágine, un momento de paz, en el frenesí, un diálogo con confianza, en el éxtasis, una expresión de cariño. Es el amor lo que consigue que, además de hacernos gozar, acostarnos nos una como pocas cosas unen.

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