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Solo en casa

"Al principio hizo lo normal que cualquier gato, que es adivinar cuál es el papel que estás leyendo y tumbarse en él"

CONOZCO GENTE que trabaja desde casa. No de vez en cuando, sino habitualmente. Casi todos relacionados con la edición, la traducción o directamente la escritura. Y la mayoría niega que sea la maravilla que los demás enseguida suponemos. Echan de menos el encuentro diario con los demás, con unos compañeros, aunque les caigan mal. Dicen que acaban por sentirse aislados, demasiado al margen. Por no hablar de la disciplina que les exige tener todo el día por delante. Es duro, dicen.

Este martes me quedé por la mañana en casa. El lunes había cometido la temeridad de agacharme a coger unas monedas de encima de una silla y, al doblarme, fue como si me clavasen un puñal en la espalda. La consecuencia fue un día sin ir a trabajar. Pero me levanté temprano igual, porque en la cama estaba peor, y desayuné a la hora normal. Solo que al acabar me fui en pijama al salón y me senté —con mucho cuidado— delante del ordenador, a terminar mi trabajo de fin de máster y a renovar mi juramento de que, una vez lo acabe, no vuelvo a estudiar en mi vida. O en muchos años. O en algunos.

Y eso que estuve bien. Tuve puesta Radio Clásica toda la mañana, esa torre de marfil que a veces necesito. Un placer todo, excepto un programa que, con motivo del San Isidro, se detuvo en la zarzuela más de lo que me habría gustado —o sea, se detuvo—. Además Bartlet, mi gato, no se separó de mí. Al principio hizo lo normal en cualquier gato, que es adivinar cuál es el papel que estás leyendo y tumbarse en él. Luego se sintió estola de visón de señora de antes y se acostó en mi cuello; y allí estuvo más de media hora, hasta que mi espalda me preguntó si era tonto o qué. Entonces se puso a dormir sobre mis piernas, y me las calentaba tanto que en dos ocasiones lo levanté para mirar, porque estaba convencido de que se había meado. Pero no, es muy bueno y solo hace pis en nuestro nórdico y en mis jerséis.

El problema es el móvil. E internet. Y en especial Facebook, que puede echarte por tierra cualquier plan de trabajo. Facebook es el diablo. Sobre todo si entras y ves una discusión sobre Cataluña, otra sobre el machismo en general y la sentencia en particular, y otra sobre un bautizo chipriota, y en todas quieres convencer a todo el mundo y dejar claro que tienes razón, ¡que tienes razón tú! Terrible.

Pero al final trabajé bastante. Y a gusto. Fue una mañana agradable y, aunque no dudo de la necesidad de socializar, no me importaría probar durante una temporada a pasar sin tanto prójimo. Total, un poco más de misantropía, qué daño me puede hacer.

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