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Solo rozándolos

Parece que me voy consolidando como articulista: ya escribo columnas refunfuñando.

SIGO ASOMBRADO por el paisaje desde el tren. Van a dar las nueve de la tarde de un día de mediados de junio, y en estas dos últimas semanas el amarillo ya ha sustituido en gran parte al verde en los campos, que ahora mismo se funden, allá al fondo, muy lejos, con la luz que se filtra por entre las nubes, en rayos perfectamente definidos, como en una estampa de los Testigos de Jehová sobre la revelación y una nueva vida. Sé que me repito, pero lo mismo hace esta parte de Castilla: repetirse, desconocida. 

Aunque qué no es desconocido ahora mismo. Creemos que lo hemos visto todo, que hemos estado en todos los sitios que importan, y no sabemos nada, porque apenas rozamos las cosas.

En quince minutos llego a Madrid. Madrid me gusta. Estoy deseando marcharme, pero no es culpa suya: me gusta, y la voy a echar de menos cuando me vaya. Recordaba esta mañana mis primeros textos sobre ella, cuando venía solo un par de días y lo que me impactaba me hacía sentir excluido. Mi visión de la ciudad ha cambiado tanto que, si tuviera que destacar una sola de sus características, diría que es sobre todo acogedora: es madrileño todo el que quiere, y eso es muy difícil de ofrecer.

Escucho en bucle Angie y Wild Horses, de los Rolling. Hay músicas arrebatadoras. The only living boy in New York, de Simon & Garfunkel, también vale: muy de pasear uno solo, precisamente por una gran ciudad, con las manos en los bolsillos y el cuello de la gabardina subido, dejándose llevar por la autocomplaciente idea de ser alguien excepcionalmente vivo. Y, si esas canciones te las pones como banda sonora, te romantizan cualquier día, te dan ganas de poner mirada intensa por la calle, esperando que, naturalmente, todo el mundo te comprenda y se una a ti en ese momento de tantísimo sentimiento. Y que digan que sí, que tienes razón, coño, que la vida es eso, ¡y que la aprovechemos, joder! Hasta que te quitas un auricular y ves que el del asiento de delante ronca, que la de tu lado está mirando el Instagram de Ana Rosa, que no hay música de fondo y nadie está compartiendo tu éxtasis, ni ningún éxtasis. De hecho, todos los que están despiertos están mirando el móvil.

Mis hijos me desesperan con los móviles. Parecen físicamente incapaces de afrontar un solo segundo de inactividad sin cogerlos y enchufarse a un surtidor infinito de entretenimiento

Mis hijos me desesperan con los móviles. Parecen físicamente incapaces de afrontar un solo segundo de inactividad sin cogerlos y enchufarse a un surtidor infinito de entretenimiento un cien por cien prescindible y un noventa por ciento directamente estúpido. Puedo evitarlo prohibiéndoselo, claro, pero eso solo reduce el impacto, sin solucionar en absoluto el fondo del asunto. 

Supongo que sueno catastrofista, apocalíptico o sencillamente tonto. Me veo a mí mismo como los que decían que el tren cegaría a los viajeros por la rapidez de la sucesión de imágenes, o como las familias de la aldea de mi padre que no quisieron poner luz eléctrica cuando fueron a ofrecérsela por primera vez. A lo mejor. Pero no puedo evitar pensar que de esto vamos a salir tontos perdidos. O van, van a salir tontos perdidos ellos, mejor dicho. Son ellos los que corren el riesgo cierto de creerse que el sentido de la vida es hacerse viral en Tik Tok moviendo el culo o poniendo morritos. A lo mejor soy mis abuelos despotricando de los guateques de mis padres, o nuestros padres preocupados por lo mucho que veíamos la tele, pero me parece que hay un problema real. Además, nuestros padres tenían razón: con la tele empezó todo.

No se trata de lo mucho que juegan. No se trata de estar permanentemente comunicado. Ni del acceso a internet en cualquier momento y situación. Todo eso son consecuencias lógicas de utilizar una herramienta nueva y potente. La cuestión, la gran diferencia, para mí, es la ocupación total del tiempo de ocio. Hay un problema real de no saber qué hacer, ya, fuera de la realidad online. Nada. Literalmente. Como demuestran cuando les dices que paren y te responden que qué van a hacer si no. Y lo preguntan con asombro sincero, porque realmente no pueden ni imaginar alternativas. 

En gran parte, no es tanto lo que se hace con el móvil como lo que se deja de hacer por él. Esa dispersión, ese no estar nunca aquí ni ahora, sino en todo a la vez; es decir, en nada. Los móviles son los hombres de gris de ‘Momo’: se quedan con nuestro tiempo. Aunque esto, desde luego, sucede a cualquier edad, como comprueba cualquiera que pase por una terraza de un bar. O cualquiera que viaje en tren. O en metro, donde el tradicional libro de las siete de la mañana y las siete de la tarde apenas resiste, heroicamente, el empuje del Candy Crush.

Ojalá sea solo mi falta de perspectiva. Pero me cuesta pensar que todo esto vaya a dar igual. Las consecuencias no las sé, ni me aventuro a elucubrar, pero en algún momento se concluirá que a nuestro intelecto le ha pasado algo. Y no bueno. Algo que tendrá que ver con nuestra manera de conocer las cosas, los sitios o a los demás. Acabaremos rozándolos solamente y no sabremos nada.

Solo rozándolos