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Truchas de piscifactoría

No hay argumento más incuestionable contra la idea de la reencarnación que lo mal que nos desenvolvemos en la vida. No es estadísticamente creíble que todos estemos aún en la fase siguiente a la de sapo
truchas

ESTOY VIENDO, al fin, la serie danesa Borgen. El título es el nombre popular, a su vez, del Palacio de Christiansborg, sede del parlamento danés, de la oficina del ejecutivo y del supremo órgano judicial del Estado; porque la serie va de eso: de la vida política del envidiado país nórdico y, en concreto, de su supuesta nueva primera ministra. Y la verdad es que está bastante bien, a la altura de su fama; no es mi admirada West Wing, pero está bien.

Y en los últimos capítulos que he visto -todavía estoy en la primera temporada- es muy notorio el conflicto en el que la protagonista se va viendo inmersa, desde casi el principio de su mandato. Un conflicto, básicamente, consistente en definir prioridades: familia o carrera profesional, amistad o razones prácticas, interés personal o bien común, etc. Prioridades en función de las cuales, luego, tomar decisiones y, lógicamente, asumir consecuencias.

Y supongo que la calidad de la serie se nota, entre otras cosas, en lo bien que expone esos dilemas y lo cercanos que, a pesar de tratarse de lo que se trata, a pesar de que estamos ante las decisiones de un jefe de gobierno, hace que parezcan. Hasta el punto de que nos podemos sentir, si no identificados, sí al menos reflejados en sus problemas. También nosotros tomamos decisiones —las que podemos—, también lo hacemos en función de nuestras prioridades —o deberíamos—, y también nosotros dudamos antes y sufrimos después —a menudo—.

Y nos equivocamos bastante, nos equivocamos incluso al identificar esas referencias, esos principios que supuestamente nos guían. Nos dejamos llevar por los de los demás, por lo que se espera de nosotros, por lo que nosotros creemos que se espera, o por el viento cambiante.

Nos equivocamos con demasiada frecuencia como para creerse que hemos tenido la oportunidad de aprender algo en vidas anteriores

Perseguimos metas, modestas o no, para darnos cuenta al cabo del tiempo, y las hayamos o no alcanzado, que no eran las nuestras, que nos daban igual, que nos engañábamos con ellas. A veces por cobardía, otras, por impotencia, y muchas, muchas, porque nos conocemos tan poco que ni siquiera sabemos lo que queremos. Pero el caso es que nos equivocamos con demasiada frecuencia como para creerse que hemos tenido la oportunidad de aprender algo en vidas anteriores. Salvo, ya digo, que hasta ahora estuviésemos todos en el estadio de sapo. O de trucha. Y de piscifactoría.

Pero no es solo eso. Tampoco somos demasiado buenos a la hora de dar con la actitud adecuada. Aún no hemos aprendido, casi ninguno, con qué ánimo encarar todo esto de la vida. Y todo parece indicar que al final, cuando llegue nuestra hora, como mucho seremos capaces de murmurar un dubitativo "Si pudiese volver atrás, trataría de…".

Yo, por ejemplo, por bien que me sienta, por bien que me vayan las cosas, nunca estoy exultante, nunca estoy del todo tranquilo, nunca completamente relajado. Hay siempre una sombra acechando. Una sombra que en ocasiones ocupa mucho, pero que incluso en los mejores momentos sigue presente, aunque pequeña, en un rincón que puedo ver de reojo. El sábado de noche me preguntaba Marta, en la cama, si era feliz. Y yo le decía que sí, porque, pese a una serie de inevitables problemas —sociales, familiares, laborales—, lo soy. Pero ambos sabíamos que esa felicidad no pasaba de una raya, que, da igual lo que pase, siempre hay un lastre sujetándome, impidiéndome sonreír del todo.

Estoy permanentemente insatisfecho, cumpla el objetivo que cumpla; lo único que hago es sustituir unas metas -las que van desapareciendo, porque las alcanzo o simplemente porque se desmoronan solas- por otras nuevas.

Como mi madre, casi siempre tengo miedo, miedo a que pase algo, a que una desgracia irrumpa inesperadamente en mi vida y la destroce. Y como mi padre, que, se resuelvan los problemas que se resuelvan, mantiene el listón de su preocupación siempre a la misma altura, también yo estoy permanentemente insatisfecho, cumpla el objetivo que cumpla; lo único que hago es sustituir unas metas -las que van desapareciendo, porque las alcanzo o simplemente porque se desmoronan solas- por otras nuevas, en una disparatada persecución que no me saca nunca de la frustración.

Tal vez sea una falta de ion potasio u otro desajuste químico cualquiera, y todos estos razonamientos estén de más, pero el caso es que hay veces en que me dan ganas de abofetearme, por tonto. Por tonto, porque sé con certeza que me voy a arrepentir de haber caído en todas esas sutiles, elaboradas y personales formas de desperdiciar la vida.
Como una trucha. Y de piscifactoría.

Truchas de piscifactoría
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