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Tú tirabas piedras

"Estuvimos tirando piedras al agua para hacerlas rebotar, sobre todo tú, y no sé exactamente por qué"

UN DÍA QUE volvíamos de Foz paramos en la playa de los Alemanes. Era el principio del verano y hacía calor. Tanto como para ponernos en bañador y bañarnos. Aunque tú te desnudaste y te quedaste así todo el tiempo. Yo, no creo, porque siempre me ha dado vergüenza. Sé que me repito, pero estoy leyendo un libro de relatos de Richard Ford (Pecados sin cuento, Anagrama) y no puedo evitar asombrarme otra vez de lo deprimente que es. Lo deprimente que me resulta siempre él. Y no cuando cuenta cosas tristes, sino cuando cuenta las alegres, las supuestamente buenas, que nunca lo son.

La playa de los Alemanes era pequeña y no me pareció especialmente bonita. Sobre todo comparada con las que hay más para aquí, pasando Viveiro y llegando a O Vicedo. Pero, a pesar de que el sitio no me impresionase, siete años después recuerdo el rato que pasamos allí como un momento lleno de belleza y de alegría. Tuyas. Estuvimos tirando piedras al agua para hacerlas rebotar, sobre todo tú, y no sé exactamente por qué —porque sí, por todo, sería— no dejabas de reírte. Me mirabas y te reías. Y tu alegría era —a ver qué digo— pura y total.

Tom y su mujer Nancy, por ejemplo, están pasando unos días en Maine, y un viernes desayunan en una pequeña cafetería junto a un gran río, en un pequeño y encantador pueblo. Ellos lo ven y lo valoran, ven y valoran lo que tienen, sus trabajos, sus aficiones y su buen gusto; como hacen todos los demás personajes, que disfrutan de sus bonitas casas, que van a restaurantes caros con nombres como The Drake o Billy’s, que reconocen una pintura de Caravaggio, que navegan en esbeltos veleros de madera por bahías azules e incluso tienen madres que cantaban You’ve Changed. Pero da lo mismo, nada les vale de nada. Son infelices, se ahogan, prueban otras relaciones de mierda para simplemente acabar follando a escondidas, y luego lo razonan y analizan todo y siguen sus vidas. Unas vidas angustiosas que tienen algo en común: en ellas no caben la ilusión ni el entusiasmo genuino. Por nada. La tuya era la alegría que solo una persona buena es capaz de sentir. Porque eso me pareciste aquella tarde: una persona alegre y buena. Lo cual es maravilloso; mucho mejor, desde luego, que si la tuya fuese una bondad sufridora y sacrificada, como tantas, o una bondad triste, como la mía si es que yo soy bueno. Una bondad alegre, que sonríe y se ríe, que quiere y quiere querer. Una alegría que seguía estando en tu cara, en tus pómulos pecosos, en tus ojos, cuando te metiste en el coche con el pelo mojado y me miraste para ver si yo también estaba contento, si yo también pensaba qué suerte teníamos.

Tú tirabas piedras
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