domingo. 24.10.2021 |
El tiempo
domingo. 24.10.2021
El tiempo

Basquiat, del grafiti al museo

Pocas veces se puede decir tanto de alguien que tan sólo ha vivido 27 años. Apenas tres décadas en las que este creador pasó del Nueva York más marginal a codearse con Warhol o Madonna, y batir récords en la venta de obras artísticas. Esas obras se nutren de variadas componentes que eclosionaron en las décadas de los años 60 y 70 dentro de una cultura eminentemente popular y que tras su muerte quedaron ya vedadas para la pintura por su originalidad.

Basquiat
Basquiat

A COMIENZO DE los años ochenta la figura de este joven de color llamado Jean Michel Basquiat empezó a 'dinamitar' las galerías de arte y las casas de subastas. Sus obras poderosas y repletas de expresividad se acercaban de manera contundente a reflejar toda una problemática social desde lo político, el racismo y una hipocresía que en aquellas décadas marcaban la agenda de muchos países, especialmente de los Estados Unidos. El universo del grafiti, el jazz, el rap, los cómics, la cultura popular, en definitiva, plantearon en su obra un registro que dejó de ser alternativo para ser firme y competir en igualdad de condiciones con otros creadores mucho más asentados. Una transgresión en la que era muy difícil echarse a un lado y así cada paso hacia adelante también lo conducía a un abismo de drogas y destrucción que acabaron con su vida con 27 años. Quizás cada una de sus obras se entendía como si fuese a ser la última, como si todo lo aprendido en las calles de su infancia en Brooklyn, amalgamado con propuestas del expresionismo abstracto, el arte conceptual y el póvera, se tradujese en un grito dentro de una sociedad opresora desde numerosas vertientes y demasiado rígida en lo artístico.


110 millones de dólares se pagaron el pasado año por una de sus obras. El precio más alto pagado jamás por la obra de un artista negro, y la primera pieza creada después de 1980 que supera los 100 millones de dólares. Dos datos que muestran su vigencia hoy en día, treinta años después de su fallecimiento. Más años de los que él mismo vivió. Un interés que lleva a cada vez más instituciones a revisar su trabajo, a relacionarlo con la sociedad norteamericana en que le tocó vivir y que nutre de manera tan personal toda su obra. Centros como el Museo Guggenheim de Bilbao, que en 2015 planteó una inteligente exposición en la que a través de diferentes etapas su obra respondía a las inquietudes de una sociedad en permanente estado de convulsión.


Aquella división que se configuró en la tercera planta del museo vasco sigue siendo hoy perfectamente válida para caminar a través de la obra y vida del artista nacido en Brooklyn en 1960, de padre haitiano y madre norteamericana, pero con orígenes puertorriqueños, y fallecido en 1988. Y en esa división el origen es la calle, en la que comenzó a pintar con espray en el Bajo Manhattan junto a su amigo Al Diaz bajo el seudónimo de SAMO (SAMe OLD shit, traducido como la misma mierda de siempre). Su fama comenzó a extenderse, incrementada exponencialmente al entrar en el círculo de amistades de un mito, Andy Warhol. Con 21 años realiza su primera exposición individual vendiendo hasta la última obra. Y dentro de ese círculo es en el que surge su relación amorosa con Madonna. "Cuando rompí con él me hizo devolverle las pinturas que me había dado y luego las pintó de negro", dijo la cantante, además de dar cuenta ya de la adicción de este a la heroína: "Él no dejaba de consumir heroína. Era un hombre asombroso y profundamente talentoso, lo amé", respondió la artista en 2015 ante una pregunta sobre su relación con el pintor.

"La corona de Jean Michel tiene tres puntas; una por cada uno de sus tres linajes reales: el poeta, el músico y el campeón de boxeo"


Esa mezcla entre un lenguaje plástico radical y el poso que deja todo un legado cultural como la música, el deporte, el grafiti, la lucha de clases o el racismo, impregnaron su propuesta de un discurso rompedor y contundente, en el que predominaba un grafismo, una imagen, un símbolo, como era la corona que portaron muchas, muchísimas de sus figuras. El artista Francesco Clemente, colaborador del propio Basquiat decía de ella lo siguiente: "La corona de Jean Michel tiene tres puntas; una por cada uno de sus tres linajes reales: el poeta, el músico y el campeón de boxeo".


Esa corona marca una buena parte de su obra, aquella en la que califica con ese atributo de reyes y santos a héroes de la cultura negra desde ámbitos como el deporte, la música o la literatura. Él mismo, en sus autorretratos, se representa tocado con ese atributo. Pero en sus obras también se hace alusión a historias relacionadas con el esclavismo y el colonialismo. Trabajos en los que se remite a la persecución del individuo como reflejo del colectivo. El bien y el mal, por lo tanto, son la dinamo de sus obras, un trabajo de yuxtaposición de elementos integrados en la superficie del cuadro de una manera casi mágica, y en la que también la ironía o un punto de desafío con el espectador forman parte de la escena.


Habitualmente Jean Michel Basquiat trabajaba escuchando música o viendo televisión. Sonidos, imágenes que se iban sucediendo y que no era extraño que se fuesen incorporando a la propia producción artística. Un collage visual que singularizaba su trabajo a la que vez que producía una fusión entre lo imaginado por el artista y lo que la propia sociedad estaba generando en ese mismo instante y que se solidifica sobre el lienzo. Esa síntesis tiene otras convergencias como las que surgen de diferentes estilos musicales como el jazz, el rap o el hip hop. Charlie Parker y Martin Luther King. Sensaciones y sentimientos que estaban latentes en las comunidad negra y que desde los cuadros de Basquiat adquirían una condición no sólo puramente reivindicativa, sino de una alta capacidad plástica.

No sólo fiestas, sino diferentes proyectos creativos tuvieron a Jean Michel Basquiat como un excepcional ingrediente

Pero el éxito Basquiat tiene mucho de sinergia con otros creadores, al formar parte de una efervescente comunidad artística en la que David Bowie, Madonna, Andy Warhol, Francesco Clemente, Keith Haring y Kenny Scharf lo señalaron como un talento del que todos pudieron aprovecharse en lo experimental. No sólo fiestas, sino diferentes proyectos creativos tuvieron a Jean Michel Basquiat como un excepcional ingrediente. Quizás la relación con Warhol fuese especial. A él lo admiraba y quizás Warhol se reflejase en aquel joven audaz que importunaba al establishment artístico neoyorkino, llegando a colaborar juntos entre 1984 y 1985 en una importantísima serie de obras. En el catálogo de la exposición del Museo Guggenheim se incluyen unas reveladoras declaraciones de Ronnie Cutrone, amigo y asistente de Warhol sobre esta relación: "Era como una especie de loco matrimonio del mundo del arte. Eran la extraña pareja. La relación era simbiótica. Jean Michel pensaba que necesitaba la fama de Andy y Andy creía que necesitaba la sangre nueva de Jean Michel. Jean Michel le devolvió a Andy una imagen de rebeldía".


Y es que rebeldía es lo que subyace y emerge en cualquier obra de Basquiat. Joven pero de una enorme cultura, solía leer a Mark Twain y a poetas como Yeats o William Burroughs. Tenía un profundo interés por la política y la historia, amaba la música de Miles Davis o Charlie Parker, pero también los sonidos más ochenteros de David Bowie, Talking Heads, Blondie o Grace Jones. Un cóctel energizado con las reclamaciones de un miembro de la comunidad afroamericana que llegaba a lo más alto de la fama, a poder extender su mensaje por capas sociales a las que rara vez podía llegar una persona de color. Ese eclecticismo y esa poderosa carga cultural de antes y de ahora potenció su discurso y, desde la pared de una calle de Brooklyn hasta la más prestigiosa galería, se evidenció con una contundencia pocas veces, no sólo vista, sino aclamada y reclamada por la sociedad.


En 1987 fallece Andy Warhol, sólo unos meses después, ya en 1988, será Jean Michel Basquiat quien lo haga debido a una sobredosis de heroína. Con sólo 27 años el rey ya había sido coronado, eso sí, con una corona de tres puntas.

Basquiat, del grafiti al museo
Comentarios