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La libertad entre el deseo y la pintura

Tras el nombre de la pintora Leonora Carrington se encuentra una de esas vidas fascinantes que pueblan la historia del arte. Una vida en permanente huida

LA VIDA Y LAS lecturas te van poniendo ante los ojos otras vidas desconocidas de las que finalmente te acabas enamorando. Son vidas olvidadas por el peso de la historia, por la ignorancia, pero también por la escasa difusión que ciertos personajes han tenido a la hora de ocupar los primeros lugares del escalafón de su ámbito de creación artística. Como un gran océano el paso de los años nos devuelve de una u otra manera sus existencias para que las descubramos, pero también para asombrarnos con ellas y para entender como un siglo tan maravilloso, pero a la vez tan caótico para el ser humano como lo fue el siglo XX, jugó con miles de personas con un sinfín de quiebros del destino.

Este es, sin duda, el caso de Leonora Carrington, pintora británica nacida en 1917 y fallecida en Ciudad de México en 2011. Entre esos años toda una vida de idas y venidas, de contactos maravillosos con varios de los grandes genios de la pintura. Esa vida, esos viajes y esos encuentros son los que se contienen en el libro Leonora Carrington. Una vida surrealista, editado por Turner y escrito por Joanna Moorhead, periodista y prima de la pintora, quien ya de bien adulta descubrió la existencia de ese personaje dentro de su familia y con ella compartió sus últimos años a través de diferentes encuentros en los que se asomó a una vida fascinante y que se escribe aquí de una manera muy especial, escrita desde la confianza familiar, quizás en la última oportunidad otorgada a una familia de la que huyó en cuanto pudo, y que te transporta a un vértigo vital y artístico que quien lo comienza a leer, ya no puede resistirse al asombro que provoca.

Leonora Carrington tiene ya 89 años cuando se encuentra con una familiar suya, Joanna Moorhead, a la que permite acceder a su vida, a la que abre las puertas de su residencia en Ciudad de México, y con la que se encuentra durante los últimos cinco años de su vida para ir, poco a poco, desgranando lo que fue su vida. Su tensa relación con su familia británica, la huida por Francia, España y Portugal de los horrores de la guerra, el descubrir un país como México, su luz, colores y sabores, y del que también tuvo que escapar por su compromiso con los débiles, sus años en Estados Unidos, el éxito de su pintura y el regreso final a Ciudad de México. Pero si algo sobresale en todas esas estaciones de paso, son los encuentros, las relaciones con un conjunto de nombres esenciales para comprender la cultura del siglo XX, y que van desde quien fue su gran amor, el pintor surrealista Max Ernst, pasando por Duchamp, Paul Eluard, André Bretón, Picasso, Frida Kahlo, Octavio Paz o Peggy Guggenheim, por citar sólo algunos de ellos.

Lo cierto es que toda esa existencia estuvo marcada por su carácter, por su inconformismo y rebeldía ante la vida, y sobre todo por la posibilidad irrenunciable de ser ella quien marcase el itinerario a seguir en ese camino. De esa rebeldía se dio cuenta bien pronto, cuando su acomodada familia la hizo asistir a un baile de presentación de señoritas ante el rey Jorge V. Todo lo que rodeaba aquella velada en la que Leonora Carrington tenía 18 años provocó su primer deseo de saltarse las normas establecidas, de salir del marco de la aristocracia y conducirse por un terreno mucho más personal y auténtico como el de la pintura. Sus dotes para el dibujo eran evidentes y sus cuadernos de infancia aparecen salpicados de criaturas como caballos, pájaros y otros seres, no muy diferentes de los que ocuparán su porioster pintura. Se le permite estudiar, en buena medida por la complicidad de su madre, mucho más favorable a los deseos de su hija que su padre, con el cual la relación se convirtió en imposible durante el resto de su vida.

En 1936 el surrealismo aterriza en Inglaterra mediante una gran exposición en la que participan nombres como Salvador Dalí, Magritte, Duchamp o Miró. Ese movimiento, iniciado curiosamente en 1917, el año del nacimiento de Leonora Carrington, pretendía así su expansión con uno de sus principales protagonistas que ocuparía al año siguiente un escaparate de una galería de Londres para proponer una curiosa y llamativa intervención, junto a una amplia selección de sus obras. En una fiesta posterior se produce el encuentro con Leonora Carrington. La espuma de una copa de champán les unió, cuando tras serle servida al pintor paró con su dedo la espuma provocada, un gesto que copió aquella jovencita no acostumbrada a romper la rigidez de los comportamientos. Su complicidad fue absoluta y se inició así una historia de amor que, aún finalizada años más tarde, marcaría para siempre la vida de nuestra protagonista.

En primer lugar Carrington huyó de su convencional familia británica; después, de la II Guerra Mundial; más tarde, del propio México, que tan bien la había acogido y, por encima de todo, de la relación asfixiante con el pintor Max Ernst. Y tras esa huida continua su pintura, un irrenunciable espacio para la libertad y la imaginación que nace del surrealismo y se va alimentando de las diferentes culturas y épocas por las que su fascinante vida le hizo atravesar

"Uno no decide pintar. Es como tener hambre e ir a la cocina a comer algo. Es una necesidad, no una elección", le dijo Leonor Carrington a su prima en su cocina de Ciudad de México. La pintura sería su gran pasión y el encuentro con Max Ernst iba, en estos primeros momentos, a alentar esa inspiración. Aquella exposición fue calificada de pornográfica y la figura de Max Ernst repudiada por la familia de Leonor. Esta se refugia durante varias jornadas en un catalizador encuentro con varios artistas en Cornualles, allí se refuerza su relación con el surrealista, 26 años mayor que ella, pero que tenía en esta mujer esa eterna renovación de la juventud, la 'femme-enfant' y desafiante que tanto gustaba a todos estos creadores. Junto a ellos se marcha al París efervescente de entreguerras, pero comienza a sentir amenazada su personalidad e individualidad frente a la arrolladora presencia de Max Ernst y llegan las dudas. Además de pintar Leonora Carrington escribe, escribe relatos en los que vuelca sus experiencias personales, argumentos que son de otros, pero que finalmente son de ella misma. El horror de la guerra se cierne sobre ambos, juntos, ya refugiados en una inolvidable casa en Saint-Martin-d’Ardeche, bajo el cielo estrellado que pintara tantas veces Van Gogh. Aquellas semanas llenas de luz y de amor, se convirtieron en las mejores jornadas en la vida de la pintora, y se volvieron al presente cuando, setenta años después, la periodista autora de la biografía visita ese hogar y descubre en él las cartas que ambos se enviaron cuando él había sido detenido e internado en varios campos de concentración. No sólo cartas, en aquel hogar estaban varios de los cuadros que ambos se habían dedicado e inspirado entre sí. Todo aquello se quedó abruptamente en aquel hogar. Leonora Carrington huye a Madrid y lo deja todo.

En su libro Memorias de abajo, publicado en España por Alpha Decay, prologado por Elena Poniatowska, narra ese paso por España, por Madrid y por Santander, en donde fue ingresada en un centro psiquiátrico para superar un transtorno provocado por los sucesos de la guerra en lo que se volvió una experiencia aterradora, sufriendo brutales tratamientos. Su familia consigue liberarla de ese lugar y de nuevo en Madrid reconoce a un hombre, Renato Leduc, que ya le había llamado la atención años antes en París. Junto a él inicia otra historia, primero la de la marcha a México a través de Lisboa, puerto de salida para tantos y donde se volvió a encontrar con Max Ernst, pero ya nada volvería a ser igual.

Junto a Renato Leduc, poeta y exguerrillero del ejército de Pancho Villa, llega a un universo deslumbrante como un México donde todo era era nuevo. Allí establece nuevos vínculos con una nueva comunidad de creadores, algunos mexicanos, pero otros que también llegaron huyendo de Europa. Es el caso del poeta Benjamín Peret y de la pintora española Remedios Varo, con la que afianza una fuerte amistad, consolidada a partir de numerosos puntos en común en lo vital y lo artístico. Conoce al fotógrafo húngaro Chiki Weisz, amigo de Robert Capa, y quien sacó de París la llamada "maleta mexicana" en la que se contenían las famosas fotografías del segundo. Con él logra la estabilidad, y dos hijos.

"Pinto con el bebé en una mano y el pincel en la otra", le comenta al mecenas Edward James, quien la apoyaría económicamente para relanzar su trayectoria pictórica. En 1948 expone en Nueva York, y dos años más tarde en México. Su pintura, con un fuerte anclaje en el surrealismo, y a partir de ciertos ecos de la pintura de El Bosco, se centrará en la mujer y su entorno más inmediato, pero ahora se nutre también de lo exótico, las creencias, la religión y los mitos de esa "tierra caliente", como la definiera Valle Inclán. "Hay en México dos artistas admirables, dos hechizeras hechizadas", escribió Octavio Paz, refiriéndose a Leonora Carrington y a Remedios Varo.

De nuevo el destino propiciaba un nuevo quiebro al posicionarse Leonora Carrington contra el Gobierno que acababa de permitir la muerte de más de trescientos jóvenes en una manifestación de estudiantes contrarios al esfuerzo del país ante los Juegos Olímpicos de 1968. Leonora horrorizada asistió a reuniones contra ese Gobierno y finalmente salió del país tras una seria amenaza de ser arrestada. Pasará los siguientes veinticinco años en Estados Unidos, entre Nueva York y Chicago. Sola de nuevo, manejando su destino.

Regresa a México y pocos años después se comienza a fraguar este libro en el que la vida surrealista de Leonora Carrington pasa de las vivencias de una mujer con arrugas en el cuerpo y el alma a convertirse en un relato sorprendente y magnético sobre la vida de una artista que luchó por ser ella, por su irrenunciable parcela de libertad entre el deseo y la pintura.

Leonora Carrington...
Joanna Moorhead
Editorial: Turner
Páginas: 248
Precio: 24, 00€

Pintora y escritora extraordinaria, pionera del surrealismo y figura crucial del arte del pasado siglo, Leonora Carrington tuvo siempre una vida a contracorriente, tan surrealista como su pintura. Se fugó de su familia con apenas veinte años, y pasó temporadas en Francia, España y Portugal antes de embarcarse, junto con gran parte de su generación artística europea, rumbo a América; donde encontró una nueva vida. Esa vida, que recorre parte de los avatares políticos y artísticos del siglo XX es la que escribe su prima Joanna Moorhead, tras descubrir su existencia, hasta entonces desconocida para su propia familia.

La libertad entre el deseo y la pintura
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