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El último austrohúngaro

De seguir vivo en esta España desquiciada Berlanga cumpliría cien años. Muchos pensamos en cómo se hubiera asomado desde su cine vitriólico y cáustico a nuestra sociedad. Los Goya le ha rendido un homenaje en un año centrado en su figura y Cultura ha fijado el 6 de octubre como el Día del Cine Español. Ese día terminó de filmar su primera película, Una pareja feliz.
Berlanga. EP
Berlanga. EP

LA POSICIÓN de privilegio en el olimpo de nuestro cine de Luis García Berlanga es indudable, tan solo equiparable a las de Luis Buñuel o Pedro Almodóvar. En el año del centenario de su nacimiento la cultura se ha enfrascado en propiciar las honras y loas a quien nadie duda en calificar como un genio, capaz de articular un cine que, como pocos territorios del pensamiento, supo colocarnos ante el espejo de nuestra realidad. Allí reflejados estamos los habitantes de España, primero durante el Franquismo, después durante la Transición; más tarde en esa España que comenzaba a estirar las costuras de la recién nacida democracia. Berlanga supo convertirnos en los ratones de un laboratorio donde se mezclaban componentes para analizar comportamientos, respuestas y actitudes. Una mirada poco complaciente con un ser humano siempre sometido a los vaivenes del grupo, un ser individual incapaz de imponerse al ruido colectivo donde, en esa misión, un reactivo se incorporará para engarzar esa mirada lúcida con el ingenio que ofrecen varios de los mejores guiones de nuestro cine. Ese reactivo llevaba el nombre de Rafael Azcona.

Luis García Berlanga nace el 12 de junio de 1941 en Valencia en una familia de comerciantes y políticos. La Guerra Civil le llega con 15 años y se incorpora al ejército republicano en las últimas semanas de la contienda. En 1941, en una curiosa mezcla de intereses por intentar salvar la vida de su padre preso e impresionar a una chica, se enroló voluntario en la División Azul y parte al frente ruso de Nóvgorod, pero como él mismo afirma: "Sin pegar un solo tiro". A su vuelta termina el bachillerato y comienza a escribir crítica cinematográfica en la revista Acción, del Sindicato Español Universitario, donde también se convierte en el director del cineclub. Su vocación por el mundo del espectáculo de luces y sombras se afianza con un curso de cine realizado en la facultad de Filosofía y Letras de la Complutense de Madrid, ciudad a la que se traslada a vivir y donde ingresa en el recién creado Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas. Comienza a escribir guiones y a colaborar con otro nombre referencial de este momento de nuestro cine, Juan Antonio Bardem, con el que codirige y coescribe su primera película, Esa pareja feliz.

Era 1951 y ese mismo año participa en la Semana de Cine Italiano donde el neorrealismo presenta ante él una nueva mirada de entender la realidad. Dos años más tarde llega el estreno de su primer gran éxito, ¡Bienvenido, Mister Marshall!, se estrena, por fin, aquella primera película, y comienza el rodaje de Novio a la vista. Tres presencias que ponen en valor el talento de aquel joven ya para siempre instalado en lo más alto de nuestro cine.

Berlanga desgrana lo que supusieron cada uno de los hitos de su carrera, ensalzando varios que la gente o la crítica no supieron reconocer y dudando de otros que en cambio sí que fueron muy aplaudidos para sorpresa del director.


Esa presencia es la que se celebra este 2021 en el que a la revisión de todo su universo fílmico se le une la publicación de la biografía realizada por Miguel Ángel Villena, Berlanga. Vida y obra de un creador irreverente, Premio Comillas de Biografía y que este mismo mes se publica en la editorial Tusquets. A esa obra debemos sumar la reedición de un texto esencial para entender al director valenciano, como son las conversaciones mantenidas con Manuel Hidalgo y el que fuera profesor en de Ciencias de la Comunicación de Santiago Juan Hernández Les: El último austrohúngaro. Conversaciones con Berlanga (Alianza Editorial). Esa libro nos ofrece las reveladoras palabras del creador de Todos a la cárcel sobre cuál ha sido ese itinerario creativo en su experiencia desde los comienzos hasta la dirección de Patrimonio Nacional, momento en el que se realizaron estos encuentros. La obra completa esas charlas con detallados apéndices centrados en su biografía y en una filmografía repleta de datos imprescindibles.


Es este último libro una maravillosa fuente a la que echarse a beber en las propias impresiones del director. Al estilo de aquel otro texto imprescindible, El último suspiro, en el que Luis Buñuel conversaba con el recientemente desaparecido Jean-Claude Carrière, Berlanga desgrana lo que supusieron cada uno de los hitos de su carrera, ensalzando varios que la gente o la crítica no supieron reconocer y dudando de otros que en cambio sí que fueron muy aplaudidos para sorpresa del director.

El amor por la comedia de Hollywood y su cine clásico rápidamente se iban a teñir de nuestra realidad, la de un cine con numerosas carencias técnicas y presupuestarias, y la de una sociedad encorsetada por las directrices franquistas, de ahí que una cierta amargura se iba integrando con cuentagotas. Ayudaban movimientos como el neorrealismo italiano o el realismo social francés, eso sí, con una presencia de nuestra tradición que se mueve entre el universo fatal de las pinturas negras de Goya, integradas en el madrileñismo de Gutiérrez Solana, y lo costumbrista, afianzado por el sainete de Arniches. Así se fueron cociendo esos primeros títulos hasta el que sería el empujón definitivo de su cine, con la incorporación de Rafael Azcona a la confección de sus guiones. Su colaboración comenzaría en Plácido (1961), una historia basada en un mensaje navideño: "Siente a un pobre a su mesa", que iba a ser el título de la misma, pero que la censura impidió.


"Con Azcona refuerzo la miserabilidad de todo y de todos, pero eso es algo que ya estaba en mí. Con Azcona hay más entrañabilidad hacia el personaje, hay más ternura. Azcona es un hombre más moral, más deseoso de salvar a la humanidad que yo", responde Berlanga a la pregunta de si tras la llegada de Azcona su cine adquiere mayor acidez y crueldad. En 1963, dirige su alegato contra la pena de muerte, El verdugo, una película que incomoda al franquismo y deja la famosa frase del dictador: "Ya sé que Berlanga no es un comunista; es algo peor, es un mal español".

Berlanga y Azcona retoman un viejo proyecto que el franquismo imposibilita, 'La vaquilla', una historia con la que reírnos desde las trincheras del drama de la Guerra Civil. 


La boutique (1967), Vivan los novios (1969 y Tamaño natural (1973), nos acercan a otra de sus grandes películas, La escopeta nacional (1978), entendida como la primera parte de un tríptico que iba a poner su mirada en la Transición, en el cambio de la dictadura a la democracia y cómo los diferentes sectores de la sociedad se van moviendo como las placas tectónicas tras un seísmo. Junto a ella Patrimonio Nacional (1980) y Nacional III (1982), ofrecen esa nueva cara de un país bajo un "surrealismo hispánico" en palabras del propio Berlanga que, en sus largas tomas, en sus planos secuencia repletos de personajes moviéndose de un lado para otro y hablando continuamente aniquilan al individuo y toda voluntad propia de ejercitar una acción que anulan sus esperanzas.

Berlanga y Azcona retoman un viejo proyecto que el franquismo imposibilita, La vaquilla (1985), una historia con la que reírnos desde las trincheras del drama de la Guerra Civil. Tras ella Moros y cristianos (1987) y, sobre todo, Todos a la cárcel (1993), vuelven a enfrentarnos a este país y a sus derivas democráticas, a las corrupción tras el gobierno del PSOE y a ese ámbito de lo miserable donde Berlanga, el último austrohúngaro —una expresión que se acabó incluyendo, como amuleto, en sus películas—, solía insertar el bisturí para que fuésemos capaces de ver lo que somos. Un país de pillos que, al enfrentarse a aquellos espejos valleinclanescos, nos devuelve un retrato grotesco y durísimo de una España que, lejos de modificar esas conductas, las amplía. Por desgracia, desde su fallecimiento en 2010, carecemos de ese director que ruede este caos nacional.

El último austrohúngaro
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