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Jorge de Vivero  Pepe Tejero  Roberto Díaz. EP
Jorge de Vivero Pepe Tejero Roberto Díaz. EP
Grande. ¿Demasiado grande quizá? Enorme, cual ojo del gigante Polifemo. Desmesurado. Pero la desmesura también está en la Historia del Arte. Como prueba, este rosetón

El viajero pasa por dulces paisajes, por tierras de las que dicen que son de las más fértiles de Portugal. Y llega a la ciudad, atravesada por el río Nabão y del tamaño justo para ser visitada y degustada placenteramente, como se merece. Quizá porque iba despistado mirando para aquí y para allá todo lo que se le ofrecía, no vio a ningún caballero templario, lo que le pareció raro en uno de los lugares más emblemáticos de la mítica orden, que dejó su huella en sus principales monumentos y en el mismo aire que se espira; la Orden del Temple y la de Cristo, su sucesora cuando fue disuelta por el papado.

El convento de Cristo es una de las joyas del arte lusitano. Rodeado por la muralla del castillo –no olvidemos que los templarios eran monjes guerreros– es un compendio de estilos, desde el gótico al manuelino, este genuinamente portugués y que tendría un relativo paralelismo con el plateresco español, es decir, un renacimiento tardío y recargado de adornos, anuncio ya del artificioso barroco. Pero el viajero, que no es ni remotamente experto en arte, no quiere meter la pata y se deja de teorías, limitándose a mirar y contar lo que ve, que eso sí que es lo suyo. Por ejemplo, la ventana rodeada de motivos vegetales y marineros, los varios claustros y la Charola, centro de todo este  deslumbrante complejo religioso. Cuando oyó lo de la Charola pensó en el restaurante de Villafranca del Bierzo donde ha dado buena cuenta de descomunales cocidos; pero no podía haber relación, claro, y la cosa se aclaró al enterarse que charola es girola en portugués.

El acueducto dos Pegões, construido para llevar el agua al convento, es una impresionante obra de ingeniería de finales del siglo XVI y principios del XVII, largo y alto, tan alto que le da un poco de aprensión al viajero, que tiene algo de vértigo, unos días más y otros menos, hoy más. Así que decide bajar a la ciudad y vagar sin rumbo, uno de los mayores placeres que encuentra en sus viajes: interesantes iglesias, un perro que mueve la cola como si lo conociese de toda la vida, un grupo de chicas que pasean parlanchinas y risueñas, una placita desierta si no fuese por los gorriones que alborotan en unos arbustos, calles que nunca pisó y que quizá no vuelva a hacerlo, casas acogedoras y otras que parecen más ariscas. Y por fin se para delante de un coqueto puesto de frutas y prueba alguna de las que gentilmente le ofrece la vendedora: están riquísimas.

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