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Nestes tempos de andar ás présas, palabras cociñadas devagar.

No es no

Una de las participantes en la concentración de protesta contra la sentencia de La Manada en Pontevedra. DAVID FREIRE
Una de las participantes en la concentración de protesta contra la sentencia de La Manada en Pontevedra. DAVID FREIRE

ENTRE LA ESTACIÓN de tren de Urzaiz y la de Guixar, en Vigo, hay un kilómetro de distancia, una bajada hacia el Puerto que los taxis unen a tumba abierta cuando se trata de que el viajero no pierda una conexión, y un 'after' del que con el día amanecido siguen entrando y saliendo zombis, cuenta el taxista. En los menos de cinco minutos que dura el trayecto, confiesa que cuando pasa por allí apaga la luz verde para no tener que coger a esos "despojos humanos", "que van como van". Bueno, a no ser que sean chicas, que sí las lleva porque aunque vayan bebidas suelen ser más educadas y "no las vas a abandonar a su suerte". "Te sorprendería lo que llegas a ver", dice. "En mis tiempos como mucho presumías de novia mostrando lo guapa que era en una foto. Hoy tienen que hacerse fotos echando un polvo y luego se las pasan unos a otros. Y algunos no se conforman con eso, tienen que grabarse violando", continúa agarrando el volante con rabia. "Tengo mujer y dos hijas y siempre me han gustado las mujeres, pero siempre las he respetado", dice alzando la voz este taxista cabreado, este hombre avergonzado de su especie, este padre asustado.

A las ocho de la mañana del sábado, dos días después de que se conociera la sentencia que condena a cinco hombres a nueve años de prisión por un delito de abuso sexual continuado de una adolescente de 18 años a la que sometieron en un portal y trataron como un objeto, a la que abandonaron desnuda y robaron el móvil para que no pudiera buscar ayuda, la indignación sigue hirviendo por todas partes. La náusea y el horror se han instalado en las redes, pero también han llegado a la calle, a los comentarios de café, a un taxi en una estación de tren. Mientras, con el hastag #cuentalo, cientos, miles de mujeres, relatan en apenas unas líneas los episodios sufridos de abusos y agresiones que quedan impunes porque la vergüenza o el miedo y una sensación de indefensión ahogan tantas denuncias. Ellas muestran sin tapujos la realidad que viven las mujeres en un #metoo colectivo, y todos y todas nos llevamos las manos a la cabeza. En serio pasan estas cosas? Pasan. En serio tanto? Pues sí. Pero no es normal. No está bien. No puede seguir pasando.

¿Y qué les digo yo a mis hijos? Pensé al escuchar la sentencia del jueves. ¿Cómo educo a mis hijas en igualdad? ¿Cómo les digo que se sientan libres si tengo que enseñarles a protegerse? Si como mujer también tengo miedo de ir sola por la calle de noche. Si desde que era una adolescente corría al volver a casa presintiendo sombras tras cada esquina. Si como madre también tengo muchas preguntas.

Entonces recordé aquella conversación con mi amiga que enseña a su hijo de cuatro años que cuando uno no quiere dar un beso no tiene por qué hacerlo. Que a veces lo achucha mucho cuando juega, para que sea el niño el que diga: "Mamá, que te dije que no, y no es no". Y me vino a la memoria la charla con un profesor de Primaria, que interceptó un dibujo en un papel parecido a una escena sexual solo dos días después de que niños de la misma clase le preguntasen si Papá Noel existe. O lo que contó otra profesora de Secundaria sobre que algunos de sus alumnos no solo han oído hablar del 'muelle' sino que han asumido que eso del sexo nada tiene que ver con los afectos, ni con la intimidad, ni probablemente con la salud.

Con el tren ya en marcha leí el artículo de un profesor que apelaba al compromiso de sus colegas, a su vocación y a la obligación de "hacer algo" desde la comunidad educativa para atacar desde las aulas el abuso y la violencia.

Así que supongo que nos toca también a las hordas de madres y padres, a las autoridades públicas y, en general, a la sociedad, cerrar filas en torno a nuestros niños y nuestros jóvenes. Explicarles que el sexo no es lo que muestra el porno que encuentran a golpe de click, donde el papel femenino se reduce al de mero objeto para satisfacción de ellos; que en la vida real implica un pacto entre dos —o más— pero con el consentimiento de cada una de las partes. Que puede ser sano, divertido, emocionante... siempre que se base en el respeto mutuo, la libertad individual y la igualdad. Ir más allá de la prevención de enfermedades y embarazos no deseados y hablarles de pequeñas terminaciones nerviosas que conectan directamente con las emociones y hasta con el corazón; de la importancia de ponerse en la piel del otro, o de la otra, de respetar las decisiones y apetencias de cada uno. Y, como rezaba un cartel que podía leerse en la concentración del pasado jueves frente a audiencia de Pontevedra, que nadie se confunda: No es no y siempre será no, hasta con las bragas bajadas.

No es no
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