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domingo. 04.12.2022
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Allá que vamos

Anagrama viene de editar Diarios y cuadernos, de Patricia Highsmith. Con la grandeza y la insignificancia, la incertidumbre y el orgullo, la literatura y la soledad. Todo dentro. Pat, aquella joven de veinte años, estudiaba literatura inglesa en el Barnard College de Nueva York, una universidad privada y femenina, que gozaba de gran prestigio.
Patricia Highsmith. EP
Patricia Highsmith. EP

EL 21 DE JUNIO de 1941, ya de vuelta en el hogar familiar, escribía esta entrada en uno de sus cuadernos: "Nos gusta decir que es amor lo que buscamos la vida entera, o nos gusta decir que es Fama. Pero no es lo uno ni lo otro. Es comprensión. Buscamos sin cesar otro corazón humano que podamos tocar y que toque el nuestro. Buscamos infatigablemente como un animal hambriento. Pues nuestro corazón está por siempre solitario. Por siempre solo. Y allí donde creemos que puede estar esa comprensión, en una chica joven, un chico joven, un viejo débil o una bruja, en un borracho, en una prostituta, en un loco, en un niño, allá que vamos, y nada en el mundo puede retenernos". 

Tenía otros cuadernos, a los que llamaba Diarios, y que escribía en idiomas distintos al inglés. No siempre con absoluta corrección, debido a la falta de tiempo que requería la disciplina del aprendizaje. Sin embargo, anhelaba saber y viajar y por estos motivos había decidido ir recopilando datos por su cuenta. De modo que, para los Diarios, que eran más íntimos, usaba el francés, el alemán, el italiano y el español. Y los combinaba en función del ánimo y del grado de privacidad. Era una muchacha astuta, inquieta, sarcástica, brillante y contradictoria a más no poder. Era la propagación y el recogimiento, la furia y la poesía. Cómo no fijarse en ella. 

Como jefa de redacción de la Barnard Quaterly, la revista literaria de la universidad, seleccionaba textos ajenos y se afanaba por publicar los propios, que debían cumplir el requisito de la perfección. Y allí, así, empezó todo. Con la determinación enajenada de una ciclogénesis explosiva. O lo que es lo mismo. Con la convicción, a veces ridícula y a veces extática, de que estar en este mundo tiene que servir para algo.

Su nombre era Patricia. Pero todo el mundo la llamaba Pat Highsmith. Se desenvolvía sin contratiempos en la vorágine bohemia de Greenwich Village.

El apellido lo había tomado de su padrastro, pero la obstinación, a años luz de los modales recatados que toda señorita de Barnard debería exhibir, era propia, le salía de dentro en forma espasmódica, como si algo terriblemente molesto que habitaba su interior, estuviera jugueteando, sin descanso alguno, con una sustancia fundamental. "Madre se muestra muy hostil. En concreto porque no soy lo bastante femenina". Esto lo escribía un 6 de enero de 1941. En francés. Y, el mismo día, unas horas más tarde, escribiría lo siguiente: "Un pensamiento descarado, engreído, decadente, despreciable y retrógrado para hoy: me he sumido en un sueño sin fundamento, de la vida en suspenso y una tercera dimensión, de mis amigos y de sus tipos, de personas y caras, sin nombres, que solo ocupaban espacios, y cada cual era justo como cabía esperar […] y me he visto ocupando exactamente el lugar que se esperaba de mí sin nadie que tuviera un aspecto o se comportara precisamente como yo. Y era yo quien más me gustaba de todo ese grupito […] y he pensado cómo se echaría algo terriblemente en falta si no estuviera yo allí". Esa era la sustancia en estado de crispación. En inglés. Y allá que vamos. 

Patricia Highsmith
Patricia Highsmith

Su nombre era Patricia. Pero todo el mundo la llamaba Pat Highsmith. Se desenvolvía sin contratiempos en la vorágine bohemia de Greenwich Village. Un día cualquiera decidió comenzar a entablar relaciones con todo tipo de personas, sin preocuparse de normas ni credos, y estas le ofrecían lo que ella deseaba y lo que sus padres querían, a toda costa, evitar. Y poco a poco, con el avance de los años, al igual que se pierde lo que no se cuida, la casa familiar se fue resquebrajando y no fue posible volverla a construir. Lo que Pat deseaba era sentirse parte de una verdad. Y la verdad siempre es esquiva.

"Otra velada con pseudo-pseudo gente". En francés. "No estoy interesada en la gente, en conocerla". En inglés.  "[…] no estoy en sintonía con la naturaleza exactamente. Me he preparado. Para mi destino". En alemán.

En la mayoría de las ocasiones eran amantes femeninas, que la idolatraban, y en otras, las menos, eran amantes masculinos, que la idolatraban

Tras graduarse, la joven aspirante a escribir en New Yorker solo pudo encontrar trabajo en Sangor-Pines, una compañía de cómics, como guionista. No cejaría, sin embargo, en su empeño de ser escritora. El empleo la ayudaría a cumplir su deseo de independizarse y, una vez conseguido, mantendría, con más ahínco si cabe, el plan existencial que llevaba perfeccionando desde tiempo atrás: escribir, leer y vivir con entusiasmo frenético, cosa que solía acontecer en noches románticas o locas o etílicas o todo eso junto, y además eternas. O al menos, esa era la sensación de una Pat insaciable. En la mayoría de las ocasiones eran amantes femeninas, que la idolatraban, y en otras, las menos, eran amantes masculinos, que la idolatraban. Ella recurría, de cuando en cuando, a la fantasía de una vida al uso de la época, pero en el momento en que la imagen estaba muy cerca, solía retroceder espantada. No se puede saber ya, porque aquellas noches abrigarían después otros nombres y lo de antes dejaría de tener importancia. No se puede saber, por consiguiente, si de dicha o de desdicha. Si de miedo o de desafío. Pat comenzó a beber mucho. Y lo haría como lo hacía todo, con insolencia, con aflicción. Con un rotundo: esto es así, allá que vamos. "La trágica desesperación que la primera copa representa, no la copa social sino la que se toma a las tres de la tarde. Pues una busca tranquilidad de espíritu, y esta copa no es la primera opción, sino la última. Viene precedida por la larga cadena de esfuerzos por alcanzar silencio, calma, amor y fe que, de algún modo han resultado fallidos". En inglés.

Una tarde paseaba por Nueva York con su madre y su padrastro y no parecía que fuera a ocurrir nada reseñable. Llegó a casa y se puso a escribir Extraños en un tren. Tenía 24 años. Poco después iniciaría una colección de caracoles, una aventura que, al parecer, le resultaba demasiado personal para escribirla en inglés. "Colecciono caracoles. Tengo once (ahora)". En alemán. 

Leía con fervor y, en aquella época estaba absorta en Hannah Arendt y en Kierkegaard. También por entonces sufría periodos depresivos, y no es posible confirmar si la angustia del filósofo danés tuvo algo que ver en el asunto. Quizás los caracoles. Lo cierto es que, a medida que iba adquiriendo más confianza como escritora, el caos parecía dominar su vida personal. Comenzaría a ver regularmente a una psiquiatra y realizaría intentos frustrados de comprometerse con un hombre. Y allá que vamos. Aunque no fuimos. 

En Estados Unidos no era especialmente querida, ni por las editoriales ni por el público. Sus tramas no se acoplaban a la galaxia americana y ella era demasiado extraña.

Con 29 años publicaría El precio de la sal, bajo seudónimo, debido a que una pareja de mujeres protagonizaba la historia, y hasta 1990 no se reeditaría el libro con otro título, Carol, y con su verdadero nombre. Así pues, entre 1950 y 1990, Patricia Highsmith, con veinte libros editados, entre ellos la famosa serie Ripley, ocho libros de relatos, diez adaptaciones al cine de sus novelas, cinco adaptaciones a la televisión y varios prestigiosos premios literarios, en todos esos años, no supo o no pudo o ambas cosas unidas, ser quien era.

Después de varios viajes prolongados a Europa, hubo uno en que no regresó a su país de origen. En Estados Unidos no era especialmente querida, ni por las editoriales ni por el público. Sus tramas no se acoplaban a la galaxia americana y ella era demasiado extraña, demasiado arisca, demasiado mordaz. Primero se instalaría en Reino Unido, más tarde en Francia y, finalmente, en Suiza. De compañía: gatos. Y caracoles.

 Última entrada de su cuaderno, el seis de octubre de 1993: "Hay monjes –¿los cartujos?– que duermen en su ataúd por lo visto como preparación para la muerte, pensando en ella con frecuencia noche y día. ¡Yo prefiero el elemento sorpresa! Uno sigue con su vida como siempre, entonces la muerte llega quizá de súbito, quizá por medio de una enfermedad de dos semanas. En este sentido, la muerte es más como la vida, impredecible".

Allá que vamos. Y nada en el mundo puede retenernos.

Allá que vamos
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