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Bajo sospecha

El artista y disidente chino Ai WeiWei, traza en sus memorias la historia de su familia y de su país, inextricablemente unida, en un relato lleno de belleza y dolor, que se despliega con delicadeza, respeto y admiración por el pasado y la memoria
WeiWei

LA TURBA exige justicia en medio de una atmósfera delirante. Gritos ensordecedores, gritos histéricos, gritos inhumanos. No de los condenados. Ellos, con la cabeza gacha, guardan silencio. Podría pensarse que es lo único que les queda. Para muchos, en el silencio hay dignidad. A otros muchos el terror los ha dejado mudos. Tras la ejecución, la masa se disuelve rápidamente, la excitación disminuye, el corazón palpita ya a un ritmo pausado. Se escucha el golpe suave y casi simultáneo de las puertas de las casas y las labores se reanudan. El orden queda restablecido y nada parece indicar que minutos antes unos hombres hayan dejado de existir violentamente. Nada, excepto algo, en principio insignificante, que brilla en los rostros de los cuadros intermedios del Partido Comunista Chino, algo que les resbala de sus bocas ladeadas al sonreír: el delgado hilo de saliva característico de un recién saciado régimen depredador.

En 1932, Ai Qing, un joven artista, dibujante y poeta, es condenado a seis años de cárcel por "causar disturbios públicos con actos comunistas". Tras cumplir la mitad de su condena, es puesto en libertad condicional. A la salida de prisión, le espera el destino preparado cuidadosamente por todas las familias chinas, una esposa. A pesar de sus reticencias al matrimonio, cumple con la tradición y, a partir de ese momento, se ve obligado a pensar en un futuro distinto al que su natural espíritu libre le empujaba. Encuentra un puesto de profesor mientras sus poemas se publican y se leen cada vez más. Comienza a tener una influencia importante en grupos de jóvenes ansiosos de participar en el renacer de su país. Pero estalla la Segunda Guerra Mundial y el enemigo común, durante ese lapso, tiene su origen en otro suelo. Poco después, la purga infinita se llevaría a cabo en territorio propio. 

En 2011, un agente del cuerpo de Protección de la Seguridad Nacional cubre la cabeza de un artista llamado Ai WeiWei con una capucha estampada con la palabra "sospechoso". Obligado a subirse a un coche es conducido por parajes imposibles de adivinar hasta un edificio, y de allí, a una macabra estancia que iba a convertirse en su residencia por una temporada. "El nombre completo de mi forma de detención era residencia vigilada en un lugar designado", un limbo legal que permite al Estado saltarse cualquier barrera problemática en cuanto a derechos humanos.

Entre estas dos escenas hay un intervalo de 69 años. Podría pensarse que es tiempo suficiente para cambiar, corregir, mejorar las cosas. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Es el mismo abismo ideológico uniendo dos vidas, la de un padre y un hijo, que sufren idéntico desvarío estatal.

Ai Qing fue acusado en múltiples ocasiones, de comunista por los nacionalistas, de gran derechista por los comunistas, de intelectual, de burgués, de liberal

Ai Qing fue acusado en múltiples ocasiones, de comunista por los nacionalistas, de gran derechista por los comunistas, de intelectual, de burgués, de liberal. Fue ensalzado y humillado, fue modelo a seguir y ejemplo de traidor. De director de la Escuela Nacional de Bellas Artes a demonio negro encabezando la lista de enemigos de la Revolución Cultural; de representante de la intelectualidad destinada a enseñar al pueblo las directrices maoístas, a desterrado en la ‘Pequeña Siberia’ y obligado vivir en un agujero bajo tierra y a limpiar letrinas. Tras su muerte, con más de ochenta años, unos funcionarios del Gobierno llamaron a la puerta de la casa de su hijo. Traían grandes ramos de flores para honrar a tan insigne camarada.

Ai WeiWei, como, en general, todos los jóvenes, quiso escapar del entorno opresivo, familiar y estatal, a edad temprana. Sus inquietudes artísticas lo llevaron hasta Nueva York. Allí vivió doce años sin objetivo alguno, salvo vivir la experiencia. Había estudiado cine en China, se había interesado por el dibujo y por la fotografía, pero no se había formado todavía una idea de lo que quería ser. Ganaba dinero en trabajos temporales, compartía apartamentos en avanzado estado de inmundicia y pintaba retratos en las calles neoyorkinas de los transeúntes que se aventuraban a pararse ante él. Participó en alguna exposición colectiva, alguna obra suya se movió de manos, logró una exhibición en solitario, en el Soho. Entretanto, en Pekín, en 1989, una hilera de tanques avanzaba por la avenida Chan’ang hacia la plaza de Tiananmen. Durante la matanza, el régimen mostraba de nuevo su verdadera cara.

Ai WeiWei regresó a China en 1993 y comenzó a encontrar un camino artístico que tenía que ver con la identidad, el pasado, la memoria y la libertad. Poco a poco los hilos que se habían extendido en diversas direcciones inconexas empezaban a formar un corpus sólido. El único problema es que el despliegue de su fuerza creadora, a menudo dirigida por el caos, chocaba directamente con las estructuras políticas. Ese conflicto forma parte de su vida, es ese conflicto el que mueve su arte. 

Ai WeiWei se convierte en un activista social, siendo la cabeza visible de todos los atropellos cometidos por su país contra los derechos humanos

El primer espacio artístico alternativo al oficial fue creado por Ai WeiWei a mediados de los 90 del siglo pasado. Se llamó Almacén de Archivos de Arte de China. De los primeros experimentos con la artesanía clásica china, con su deconstrucción y su resignificación, fue avanzando hacia un arte cada vez más comprometido con el que manifestaba abiertamente su enfrentamiento con el régimen.

Tras unos años dedicado a proyectar espacios arquitectónicos, entre ellos el estadio para los Juegos Olímpicos de Pekín en colaboración con un estudio de arquitectura suizo, a realizar varias performances, a publicar libros y rodar documentales, a finales de 2005 comienza una nueva etapa que sería la que le daría su fama mundial. En esa fecha, abre su primer blog y comienza a escribir intentando esquivar los controles estatales dirigidos por un programa de vigilancia conocido con el nombre de Escudo Dorado. Lo consigue, en buena medida: "La libertad, claro, lo impulsa a uno a expresarse y muy pronto mis lectores me comprendían mejor que mi propia familia. En internet la coerción social se anula y el individuo, que ya no está subordinado a la estructura de poder, adquiere una suerte de ingravidez; la opinión pública puede entonces conformarse mediante las aspiraciones y el entusiasmo compartidos". 

En ese avanzar conjunto y virtual, Ai WeiWei se convierte en un activista social, siendo la cabeza visible de todos los atropellos cometidos por su país contra los derechos humanos. A medida que su fama crece, el nerviosismo de las autoridades aumenta. Viaja mucho, expone alrededor del mundo, y sus exposiciones ponen de manifiesto los abusos, las mentiras, las ilegalidades de un régimen insaciable. Resistió unos años y, después le cerraron el blog.

Buscó subterfugios, redes clandestinas, el internet extraoficial. Lo acabaron encontrando. Entonces se pasó a Twitter y, fascinado con la Primavera Árabe y su revolución internauta, inició un camino a golpe de hilo. Entró en Instagram y publicó las fotos que China nunca hubiera enseñado al mundo. Entonces llegó el día de su detención. Tras estar retenido, fue puesto en libertad vigilada, en su casa había sistemas de escucha, cámaras colocadas por todas partes seguían sus pasos de la mañana a la noche. Un coche blanco lo esperaba siempre enfrente de su puerta. Fue acusado de delito económico y se le impuso una multa millonaria que parientes, amistades y fans contribuyeron a pagar.

No solo fue él quien sufrió la privación de libertad, fueron colaboradores, amigos, socios. Todos ellos secuestrados, torturados, obligados a confesar delitos inexistentes. Después de todo eso, optó por dejar China e irse a Berlín. Y en medio de ese periplo, además de su arte y su compromiso, decidió aportar otra cosa: un libro de memorias en el que traza el dibujo trágico y hermoso de una lucha por la libertad que une inexorablemente a un padre y a un hijo siempre bajo sospecha.

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