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Romper el silencio

Se cumplen 45 años de la muerte de Lee Miller. Modelo, fotógrafa, icono del surrealismo, fotorreportera de guerra. Si observas sus fotografías ves pasar el siglo XX, frívolo e indigno, exquisito y depravado. Puede que sientas un escalofrío.

EL 30 DE ABRIL de 1945 un hombre y una mujer entran en una sofocante habitación de la que jamás saldrán con vida. Pocas horas después, a casi seiscientos kilómetros de allí, otra mujer, ataviada con uniforme y botas militares, decide darse un baño. El hombre que la acompaña fotografía el instante. 

En el interior del Búnker de la Cancillería de Berlín, Hitler y Eva Braun son encontrados muertos.  Hay un olor a pólvora y almendras amargas consecuencia de un tiro en la sien y de la ingesta de cianuro. En Múnich, en un lujoso apartamento ya sin dueños, Lee Miller se introduce en la bañera, adquiere una pose estudiada y, al momento, David E. Scherman aprieta el disparador. Él es fotorreportero de la revista Life y ella lleva consigo, desde 1942, la credencial de corresponsal de guerra del ejército estadounidense. Un lado y otro lado de la historia que atraviesa a la humanidad.

A cambio de cigarrillos, aquel anciano que hablaba inglés los llevó a recorrer Múnich. Acabaron en la Prinzregentenplatz 16, justo delante del edificio donde Hitler tenía su apartamento. Subieron al segundo piso, entraron y se instalaron unos días en compañía de algunos soldados. Venían del campo de concentración de Dachau, recién liberado por unidades del ejército norteamericano, donde se darían de bruces con el resultado de la Solución Final. Por ese motivo, el lugar al que llegaron les sería propicio para subvertir los términos de una manera en que ella era experta: con un poco de arte y un poco de surrealismo. Y así se hizo. La fotografía de Lee Miller en la bañera de Hitler es una de las más famosas e inquietantes que existen. Pero no es la única. Hay más. Muchas más. 

Elizabeth Lee Miller nació en 1907 en la ciudad de Poughkeepsie, perteneciente al estado de Nueva York. Ya desde muy pequeña se sentía diferente. Ya desde temprana edad tuvo que enfrentarse al horror y a la contradicción de las mentes y los cuerpos adultos. A los siete años, un empleado que trabajaba en la casa o un conocido de la familia abusó de ella y le transmitió la gonorrea, por lo que se vio obligada a someterse a tratamiento durante años. Una de las razones que alegaba su padre para justificar la multitud de fotografías de su hija desnuda era la de enfrentar el trauma de la violación. Otra era la de investigar la técnica estereoscópica. Sea como fuere, el padre de Lee dedicó bastante tiempo a realizar series de desnudos artísticos y a enseñarle a manejar una cámara.

los fotógrafos más importantes de la época mostraron su belleza ausente, su delicadeza enigmática, su resplandor triste. Nueva York entero se enamoró de su perfil

Entretanto, iba de escuela en escuela, expulsada de una y otra, sin ser capaz de adaptarse a ninguna. Hasta que cumplió 18 años y se fue a París a una escuela de teatro. Aunque tampoco resultó. Su padre fue a recogerla y regresaron a Nueva York. Tenía veinte años y la leyenda cuenta que Condé Nast, fundador de la editoral que lleva su nombre, en aquellos tiempos conocido por su revista más exitosa, Vogue, la salvó de un atropello y allí mismo le ofreció trabajo. Ella aceptó. De pronto, todo cambia. No tardó en ser portada de Vogue y en convertirse en la modelo que todos querían tener para sí. Los fotógrafos más importantes de la época mostraron su belleza ausente, su delicadeza enigmática, su resplandor triste. Nueva York entero se enamoró de su perfil. Hasta que el idilio terminó abruptamente cuando Edward Steichen, el más codiciado fotógrafo del momento, vendió una de las fotos de Lee Miller para un anuncio de productos de higiene íntima. Y provocó un escándalo. Entonces partió para París.

Quería ser fotógrafa. Se dirigió a Montparnasse, donde estaba el estudio de Man Ray. Quería ser su aprendiz. Estuvo con él cuatro años, fue su modelo, su tormento y su amante y junto a él aprendió las herramientas y las técnicas, no sólo de la fotografía, sino también del surrealismo. No fue una relación fácil. Juntos, aunque todo apunta a que sería ella la primera, descubrieron la solarización, técnica fetiche y, partir de entonces, firma del fotógrafo. El extrañamiento, la contradicción, la imaginación, el distanciamiento. Estas categorías que definen el arte surrealista y que Lee Miller comenzó a desarrollar con maestría, se trasladarán también a su vida en medio del círculo artístico más alborotador de París. Cocteau, Max Ernst, Dora Carrington, Paul y Nusch Éluard. Una desesperación por la libertad la empujaban a estar y no estar, a quedarse y huir. Abrió un estudio propio, trabajó para Vogue, organizó una exposición en Nueva York. Iba y venía, buscando algo.

En 1934 se casa con el egipcio Aziz Eloui Bey y se instala en El Cairo. Tiene 27 años. Y, por un tiempo, abandona la fotografía. Juega al bridge, asiste a cócteles, recorre el país. Lo intenta, pero no, se aburre. Permanece en su interior la necesidad de completar eso que en ella había de inacabado. En un viaje a París para reencontrarse con aquel ambiente ya perdido, acude a una fiesta surrealista. Todo el mundo llevaba un disfraz, excepto ella. Allí se topa con un joven disfrazado de mendigo. Es Roland Penrose, un pintor surrealista, amigo íntimo de Max Ernst: «Me vi obligado a dirigir mi atención a una chica que vestía normal y llevaba un largo vestido oscuro. Rubia, de ojos azules y receptiva, parecía que le gustaba el contraste abismal que había entre su elegancia y mi horror arrabalero. Le pregunté a Max si conocía a una magnífica beldad que se llamaba Lee Miller. 'Por supuesto', me contestó Max, ‘le propondremos ir a cenar mañana’». Y fueron.

Es 1937. Penrose y Miller se enamoran, viajan juntos, hacen planes para exposiciones conjuntas. En julio de ese año Penrose prepara la "invasión surrealista de Cornualles", tres semanas en casa de su hermano, en las que ese grupo de jóvenes creadores, narcisistas, desinhibidos, libres, son felices. Lee Miller siempre quiso recuperar eso. A su regreso a El Cairo, poco a poco se reencuentra con su propia mirada y sale a fotografiar el mundo lejano del desierto y la luz. Desde Londres, Penrose incluye sus trabajos en las exposiciones que se organizan. En 1939 deja El Cairo definitivamente y se instala con Penrose en Londres. Entonces estalla la guerra.

Tuvieron un hijo, Anthony Penrose, que fue criado por su cuidadora Patsy. Porque ella no quiso o no supo o no pudo. Tampoco pudo dejar de beber ni dejar de aislarse

Pese a la insistencia de sus familiares para que vuelva a Nueva York, se queda en Europa y consigue trabajar de fotoperiodista para Vogue. Cubre el Blitz, los bombardeos de la Alemania nazi sobre el Reino Unido. En 1941 conoce a David E. Scherman, un fotorreportero de la revista Life que está cubriendo la Segunda Guerra Mundial. Vive con Penrose y Miller una temporada. Ella sigue buscando algo. "Para mí lo más importante es ser o convertirme en alguien libre. Necesito sentirme segura y a la vez libre, y si no hay la seguridad al menos sé que la lucha por la libertad me mantendrá despierta y llena de vida".  Solicita la credencial como corresponsal de guerra y se lo conceden. Se va a Francia con Scherman y está presente en los eventos más importantes de la historia bélica. Se cuela en el asedio de Saint Malo, lo que le supone un arresto. La primera bomba de naplam estallando en Saint Malo es captada por Lee Miller. Cubrió la batalla de Alsacia, la destrucción de Francia, fue una de las primeras en pisar y fotografiar los campos de concentración de Buchenwald y Dachau y estuvo en la liberación de París. Continuó, en los primeros compases de la posguerra, congelando imágenes de Centroeuropa. Sabemos ya lo que ocurrió en Múnich. Y nada de lo que hizo hasta llegar allí y nada de lo que haría después de aquello, conseguiría hacerla feliz del todo.

Regresó al Reino Unido. Penrose y ella se instalaron en East Sussex, en una casa de campo que siguió abierta al espíritu surrealista. Tuvieron un hijo, Anthony Penrose, que fue criado por su cuidadora Patsy. Porque ella no quiso o no supo o no pudo. Tampoco pudo dejar de beber ni dejar de aislarse. De este mundo se fue triste, se fue enferma, se fue alcohólica. "Siempre digo a todos. No desperdicié un minuto de mi vida. Viví momentos formidables, pero ahora sé que si pudiera comenzar de nuevo sería todavía más libre con mis ideas, con mi cuerpo y con mis sentimientos, sobre todo intentaría encontrar el modo de romper el silencio que se cierne sobre mí cuando se trata de sentimientos".

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