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Espadas, sangre y bolígrafos

Estamos viendo la serie The Last Kingdom, que da cuenta de los enfrentamientos entre sajones y daneses en la Inglaterra de finales del siglo IX y comienzos del siglo X.
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LA SERIE transcurre algo así como un par de generaciones después de lo que se narra en otra más famosa, Vikingos. Pero esta es algo menos bestia, y la estoy viendo con los dos niños pequeños. Así que cada episodio asistimos como mínimo a veinte degüellos, más otras tantas muertes por lanzazo, flechazo, hachazo o escudazo. Violaciones hay pocas, y las que comienzan rara vez se consuman, pero no porque los nórdicos duden y prefieran charlar y conocerse, como Erik, el vikingo de los Monty Phyton, sino porque el atacante tiende a acabar con una espada atravesándole el cuello, a veces desde la nuca y otras, cuando la chica lo veía venir, desde la nuez. También hemos visto sacar tres o cuatro ojos, bien mediante un certero golpe con la empuñadura de la espada, bien por el sofisticado método de clavar en el globo ocular un hierro candente: es un procedimiento infalible y —hay que admitirlo— ejemplarizante como pocos. Crucifixiones, heredadas de la tradición romana, tampoco faltan. Y cuando, por decoro, nada de eso es una alternativa viable, el retiro forzoso a un convento o a una abadía es una opción muy socorrida.  Al final, la verdad es que uno casi agradece que, en la actualidad, la violencia que nos rodea, a pesar de demostrar la misma falta de escrúpulos, normalmente se maquille. Normalmente, normalmente.

Es la evasión por la evasión, pero lo cierto es que hay momentos en que eso es justo lo que nos apetece. Nos reímos y comentamos las jugadas. Además, cuando alguno se queda dormido, en el desayuno del día siguiente le contamos lo que se ha perdido, y también lo pasamos bien: ayer, Lord Fulanito mató al Señor de Mercia en la cama, aprovechando que tenía el cráneo roto, haciéndole un torniquete con la venda que le envolvía la cabeza, le informamos mientras untamos la mantequilla en la tostada. Son las cosas del confinamiento: estamos conviviendo más que nunca, y durante más tiempo, y nos relacionamos, en algunos aspectos, de formas diferentes, nuevas. Es curioso, pero seguro que los niños que tengan suficiente edad van a recordar esto toda su vida, como algo excepcional, como un paréntesis extraño y, en el caso de los nuestros, por suerte, agradable.

Somos el resultado de un millón de recuerdos, de datos, de relaciones, objetos, lugares, momentos y personas que han pasado por nuestra vida. Somos un proyecto enorme y enormemente complejo, que se construye y avanza poco a poco, con lo que nos ocurre cada día, y que a veces sale bien y, otras, no. Y somos un proyecto imposible de evaluar, porque nadie sabe a ciencia cierta en qué consiste el objetivo, nadie se pone de acuerdo sobre la definición. A veces ni siquiera sabemos si lo hemos alcanzado o no.

Escribo todo esto con el bolígrafo que hace treinta y cinco años me regalaron mis abuelos paternos por mi santo

Cada paso nos acerca o nos aleja de donde nos gustaría vernos. Y por eso a algunos nos cuesta tanto darlos, nos cuesta andar. Nos equivocamos, supongo. Nos equivocamos seguro. Porque en realidad no es cierto que nos estemos jugando nada con cada elección. Esto no funciona así. Porque a donde deberíamos llegar no es un sitio en el que estar, sino una forma de ser: una intención, una voluntad, una actitud, unos criterios, unas prioridades; una forma de actuar, de comportarnos, de decidir, de elegir, de preferir. Con independencia de cómo, por acierto o error, por fortuna o mala suerte, acaben saliéndonos las cosas.

Como hace Uhtred de Bebbanburg, que lo tiene clarísimo, el tío. Le cueste lo que le cueste.

Escribo todo esto con el bolígrafo que hace treinta y cinco años me regalaron mis abuelos paternos por mi santo. Cada vez que lo utilizo me acuerdo de ellos y de aquel día de 1985. Hace un rato lo estaba usando mi hijo. Cuando veo que lo coge, enseguida me sale advertirle de que tenga cuidado, que es importante para mí; y después pienso que qué suerte, que lo tengan allí sobre su mesa. Y que en realidad mis abuelos estarían encantados, felices, de que acabase estropeándose porque sus bisnietos, los bisnietos que no llegaron a conocer, hacen los deberes con él.

Espadas, sangre y bolígrafos
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