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Un zapato

Portorosa escribe sobre el dolor antiguo y ajeno del Holocausto 

ES DIFÍCIL DECIR algo sobre Auschwitz. Sobre el Holocausto, sobre aquello. Porque ya hay quien lo ha hecho, y bien, con la profundidad que requiere e incluso, a veces, desde la experiencia propia; porque ya conocemos todos los datos; y porque tal vez —hay quien sostiene— no debamos pararnos más allí, pues corremos el riesgo de agotar todo nuestro interés y pasar por alto tragedias más recientes e incómodas.

Yo, sin embargo, cuando el viernes pasado salí del Salón del Canal Isabel II, en Madrid, de la exposición sobre el campo de concentración, estaba hundido.


Antes, a lo largo de tres horas de recorrido viendo documentos, objetos personales de los prisioneros y fotografías, varias veces tuve que contenerme para no llorar.

Casi todo es susceptible de ser bien o mal utilizado, pero creo que acercarnos a cualquier ejemplo de sufrimiento nos hace más sensibles a todo el dolor. Aquí, podemos culpar a Hitler, a los nazis y hasta a los alemanes, o sacar conclusiones sobre nosotros mismos. Y podemos lamentarnos solo por los judíos o ver en ellos el paradigma de las víctimas de la injusticia y la crueldad. La crueldad normal.

Porque seguramente sea eso, la normalidad —incluso por delante de la frialdad del procedimiento burocráticamente perfeccionado—, lo más aterrador y desconcertante del caso. La normalidad de seleccionar, no entre las filas enemigas, sino en la propia sociedad, entre los vecinos de la misma calle, a los que a partir de aquel momento debían morir.


Las vías de tren entrando bajo el famoso arco son escalofriantes. El vagón de carga, cerrado, es escalofriante. Las columnas de hormigón con el alambre de espino lo son. Las fotos de niños de la mano, a veces todavía sonriendo a la cámara, lo son hasta lo insoportable. Como lo son los testimonios de supervivientes capaces de hablar del momento en que vieron a su familia, a su mujer, su padre, sus hijos, quedarse en la otra fila, en la fila mala —el ochenta por ciento de los deportados allí moría el primer día, tras la criba que se hacía nada más llegar: en cuatro años pasaron de un millón—. Un hombre encargado de seleccionar la ropa de los muertos contaba que cuando abrió el primer saco se encontró el jersey de su hija.


Y todo ese horror se concentró para mí en dos zapatos. Uno de mujer, de tacón, de fiesta, que seguramente habría usado en momentos alegres en los que aquella locura era inconcebible. Y otro pequeño, de niño, que todavía tenía metido, sobresaliendo un poco, porque a lo mejor así le habían enseñado en casa a dejarlos de noche, un calcetín bordado.

Un zapato
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