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El no parar de la presidenta

Ana Pastor, el pasado miércoles, con varios guardias civiles, observando las huellas de los 30 disparos del 23-F en el Hemiciclo. DP
Ana Pastor, el pasado miércoles, con varios guardias civiles, observando las huellas de los 30 disparos del 23-F en el Hemiciclo. EFE

24 HORAS CON ANA PASTOR ► El edificio del Congreso tiene 81.000 metros cuadrados. En él trabajan 1.500 personas. Reciben una media de 80.000 visitas al año. Su biblioteca supera los 250.000 volúmenes. Tiene registrados 3.000 periodistas en su base de datos y algo más de 100 medios acreditados de manera permanente. Lo que allí sucede tiene una influencia directa en la vida diaria de 47 millones de españoles y concierne a cientos de países en todo el mundo. Ana Pastor, la tercera autoridad del Estado, es la encargada de gestionar la mayor institución de España. Su agenda diaria parece no tener fin.

La Presidenta del Parlamento me cita a las 8.30 de la mañana en su despacho, una estancia extraordinariamente pequeña. No sé cuánto tiempo lleva ella ahí, pero calculo que más de una hora pero. Al llegar yo tiene los deberes hechos. Ha preparado la Sesión de Control, se ha leído la prensa, ha atendido a algún medio y tiene a todo su equipo con el día organizado. Se toma un descanso para tomar un café con leche. En cuanto suena el aviso del inicio del Pleno, sale disparada hacia el hemiciclo. Allí, en directo, las cosas no son exactamente como se ven por la tele, aunque todos, los diputados que preguntan y los miembros del Gobierno que responden, lo hacen pensando en los medios. En los dos minutos y medio de los que disponen cada uno, buscan un titular, una frase ingeniosa o un aplauso fácil. Los diputados y las diputadas vociferan. Interrumpen al adversario con gritos de "¡hala, hala!", o "¡eh, eh", que más que estar representando al pueblo en la sede de la soberanía del Estado parecen grupos de cuatreros dirigiendo a un rebaño de vacas por una pradera de Arizona. Cuando vemos en los informativos a Ana Pastor diciendo eso de: "Señorías, guarden silencio", es por eso, porque los diputados chillan como posesos. Deberían poner micrófonos de ambiente, porque eso se escucha si uno está en el lugar, pero no en la tele. Así sabríamos todos cómo convierten lo que debiera ser un diálogo en una bronca de taberna. Escucho en directo la famosa intervención en la que la exministra Dolors Montserrat, portavoz del Grupo Popular, afirma que las prostitutas están desconcertadas, seguramente con razón.

Después de las intervenciones de los portavoces, los diputados abandonan el lugar y allí sólo quedan Ana Pastor, los ministros que tienen que responder y los interpelantes. Yo, que para mi desgracia no soy nada de eso, sigo a los diputados. Se van al patio, donde se puede fumar y se produce una escena de caza. Periodistas cazando a diputados y diputados cazando a periodistas. Por allí me mezclo para ver de qué va la cosa, que no va de nada, así que voy por ahí preguntando. Les digo a todos que soy de la prensa gallega y que estoy con un reportaje sobre Ana Pastor. No consigo que nadie me hable mal de ella. Ni siquiera Pablo Iglesias: "La Presidenta es buena gente", dice. Un veterano del PSOE me asegura que es la mejor que ha conocido. Luego me enseñan al presidente de la Comisión de Fomento y le pido amablemente la AP-9. Me la niega. Se la reclamo de malos modos con el mismo resultado. Me aburro.

La agenda de la jornada es demoledora. Después de la Sesión de Control, la Presidenta tiene una reunión de la Mesa del Congreso. La gente de su equipo mira el reloj a cada instante porque la cosa se alarga y su jefa no sale. Se cumplen 30 años de la entrada de mujeres en la Guardia Civil y Ana Pastor tiene un acto para celebrarlo. Allí se produce un momento de una carga simbólica impactante. Tras los saludos y un intercambio de impresiones, las lleva al hemiciclo. Allí les enseña los balazos de Tejero. Se los sabe de memoria, son las 30 huellas de la infamia. "¿Ven aquella columna? Pues arriba hay uno muy grande, y si miran un poco a la derecha hay otros dos". Las guardias miran sobrecogidas mientras ella va enseñando las marcas una a una. Mucho han cambiado las cosas, y aunque se sigan rindiendo homenajes a Tejero, la Guardia Civil, al menos las que estaban allí, se mostraban espantadas al ver las cicatrices del techo. Con el tiempo, 40 años después, Tejero ha pasado de ser un golpista a ser un espantajo. Consciente del momento, Pastor lo realza y les explica que están habilitando una sala en el sótano. Allí habrá una exposición en la que se explicará la historia del Congreso: "Entre otras cosas, se podrán escuchar las voces de Azaña, de La Pasionaria, de Carrillo, de Suárez". No creo que haya elegido los ejemplos al azar. Algunos en su partido y en otros harían bien en tomar ejemplo. La democracia en buena medida es eso, reconocer a los adversarios.

A Ana Pastor le tocó en suerte, no sé si buena o mala, presidir el Parlamento en una de las etapas más complejas de la democracia. Es un trabajo endemoniado. Salvando las obvias distancias temporales y ambientales, tendríamos que volver casi cuatro décadas atrás para recordar a uno de sus predecesores, Landelino Lavilla, quien sufrió el golpe de Tejero. Todos los que presidieron el Parlamento después de Lavilla tuvieron mandatos cómodos, siempre con gobiernos de su mismo partido que gozaron de mayorías absolutas o apoyos suficientes para trabajar sin sobresaltos.

De entre todos los que han ocupado el puesto, Ana Pastor es la segunda mujer, la primera a la que le tocó una moción de censura exitosa; la primera que trabaja teniendo a un Gobierno de signo contrario al suyo y la primera que experimenta el fin del bipartidismo, con permiso de Patxi López, que cubrió el cargo durante seis meses con un gobierno en funciones de Rajoy.

Ana Pastor va de acto en acto y de reunión en reunión. Todo su equipo corre detrás de ella. Cada vez que entra o sale me ve por ahí: "Cota, ¿qué tal vas?". Tengo que perseguirla yo también y voy hablando con ella aprovechando las oportunidades: en un pasillo, en el ascensor, en su despacho, conversaciones de uno o dos minutos mientras ella va de un lado al otro. Interrumpe cada dos pasos para coger el teléfono o atender a unos ciudadanos que llevan una hora esperando para saludarla, y aparece y desaparece de un acto a una reunión y de una reunión a un acto. Entre sus obligaciones está la de soportar el fuego enemigo y el amigo. Aquello que decía Pío Cabanillas: "¡Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros!". Los suyos confían en que olvide su papel institucional para plegarse a sus deseos. Los rivales esperan que reniegue de su militancia y cambie de bando. Ella no hace una cosa ni la otra y mantiene un equilibrio imposible, siempre en la cuerda floja y siempre sin caerse.

En sus anteriores responsabilidades como ministra, todo se planificaba con meses o años de anticipación. Se trataba más que nada de hacer las cosas a largo plazo. Ahora, como Presidenta del Parlamento, Ana Pastor tiene que improvisar mucho, porque nunca sabe por dónde le saldrán al día siguiente, o a la media hora. Tiene que pasarse el día apagando fuegos que plantan otros. Hoy, por ejemplo, se desayunó con unas declaraciones de Francisco de la Torre, exigiendo que no se admitan a trámite los Presupuestos de Sánchez porque, dice, son ilegales. Se pasarán todo el día, ella y Luis Izquierdo, su jefe de comunicación, explicando a los periodistas que en octubre no se puede negar el trámite a unos presupuestos que se presentarán en noviembre, ni mucho menos declararlos ilegales cuando no se sabe si lo son porque no existen todavía. "Me lo preguntan de mil maneras diferentes, pero sólo tengo una respuesta".

Después de seis horas así, cuando ya no puedo con su ritmo, me vuelve a preguntar qué tal voy y le exijo su dimisión inmediata. No sé cómo aguanta, pero sobre todo sé que yo no aguanto su ritmo de trabajo inhumano. Y me dicen que la cosa está empezando. Nos vamos a un hotel. Tiene una comida con 19 embajadores latinoamericanos. No es un acto oficial pero es trabajo. Quieren conocer con detalle cómo funciona el parlamentarismo en España y hablar de manera informal sobre cooperación internacional.

Allí no hay prensa. En muchos de sus actos no la hay. Ana Pastor emprendió desde el principio de su carrera una estrategia insólita. Ascender, nunca trepar como todos los demás. Así se convirtió, tras el rey y el presidente del Gobierno, en la tercera figura institucional más alta de España. Es de perfil discreto. No gusta de las entrevistas ni de las ruedas de prensa cuando tienen como objetivo convertirla en protagonista de lo que sea. Detesta que la política se convierta en un espectáculo. Puede que eso haya influido en que resulte tan bien valorada en las encuestas y que muchos pensaran en ella para suceder a Rajoy. Mientras otros despliegan su plumaje como pavos cada vez que ven una cámara o un micrófono, Pastor pasa de largo y cuando tiene que responder lo hace con frases cortas y concisas que no admiten interpretaciones. Dice exactamente lo que quiere decir y no se enreda para que no la enreden.

Por la tarde recibe a otro embajador, el de Alemania, creo, y tiene más reuniones. Luego, la presentación de un libro, Los periodistas estábamos allí para contarlo, un trabajo en el que participan 105 periodistas, 50 fotógrafos y unos cuantos viñetistas. Una obra monumental para conmemorar los 40 años de la Constitución. Entro, vuelvo a salir y voy por ahí buscando a Ana Pastor, que está aprovechando un momento libre para trabajar en su despacho. Presidir el Congreso significa administrar su presupuesto, dirigir a equipos de letrados, de comunicación, de protocolo, coordinar las 42 comisiones parlamentarias que hay en marcha y las de investigación, mantener contacto directo con líderes y portavoces, admitir o no los escritos y documentos que se presentan y en su caso tramitarlos, y luego lo que surja. Ahora mismo, por ejemplo, las obras del sótano y la renovación total de la web del Congreso, que no hay quien la entienda tal como la heredó. Todo eso es responsabilidad suya. Por tener, hasta tiene en el Parlamento una comisaría en la que trabajan 200 personas.

La sala donde se presenta el libro está abarrotada de periodistas, casi todos veteranos y reconocidos, entre ellos nuestros José de Cora y Xabier Fortes. La Presidenta entra en tromba, inaugura una exposición de camino y cuando entra en la sala todos se abalanzan y se matan a codazos para saludarla. Atiende a todos los que puede y se dirige a la mesa, donde al menos pasará una hora y media sentada después de todo un día corriendo de un lado para otro. El editor, Teófilo, sorprende a la concurrencia pronunciando medio discurso en gallego.

Me largo de ahí para llegar al aeropuerto. Una vez allí, recibo una llamada. Es Ana Pastor, para despedirme. Son más de las diez de la noche y ella lleva 16 horas de trabajo ininterrumpido. Su voz suena igual de fresca que a primera hora de la mañana. La mía no. Estoy rendido. A ella todavía le queda al menos otra hora. Está haciendo de anfitriona y ofreciendo un pincho a sus invitados. Ese miércoles vi caer derrotadas a dos docenas de personas incapaces de aguantar tanta energía. Curiosamente, le gusta su trabajo, que es lo que yo no entiendo. Paso todo el camino de vuelta preguntándome de qué planeta viene esta mujer, porque lo suyo no es normal. Para los que la rodean, cada día que pasa es una carrera entre campos minados, escaladas de montañas y natación entre tiburones. Para ella parece un paseo.

Imagen de la persidenta del Congreso con periodistas veteranos que participan en un libro conmemorativo del 40 aniversario de la Constitución. DPImagen de la presidenta del Congreso con varios periodistas que participan en el libro del 40 aniversario de la constitución. DP

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