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Pantocrátor de la catedral de Lugo. VIAMAGICAE
Pantocrátor de la catedral de Lugo. VIAMAGICAE
El Todopoderoso. Dios todopoderoso. Eso significa Pantocrátor. Todopoderoso y en toda su impresionante y serena majestuosidad. Sí, no hay duda: vedlo aquí, en esta puerta

Hoy el viajero no sabe si es viajero o no. Quizá no, porque Lugo es su ciudad. O quizá sí, porque es una etapa más de su peregrinar. ¿Y qué hacer en esta tesitura? Solo se le ocurre esbozar, descriptiva y sentimentalmente, algunos espacios de su Lugo. A ver. 

El gran monumento de Lucus Augusti, la bimilenaria ciudad, es la muralla romana, todo el mundo lo sabe. Conservada en su perímetro completo de poco más de dos kilómetros, el adarve es un frecuentado paseo, pero con las vistas cegadas por casas sin ningún encanto. Para apreciarla estéticamente hay que recorrerla por su perímetro externo, por la Ronda. Sus piedras de esquisto gris, no grandes bloques graníticos o calizos, cuadran a las mil maravillas con el espíritu gallego y, en especial, lucense.

Ciudad del Sacramento, con el privilegio de tener el Santísimo expuesto permanentemente. Por eso su escudo es el cáliz con la hostia, motivo que también pasó al escudo de Galicia. La catedral es románica en las naves, con una torre gótica y una fachada de un barroco neoclásico, con sus dos altas torres no concluidas hasta el siglo XIX. Y unas pinturas murales de estilo barroco que se descubrieron hace pocos años y que el viajero o no viajero admira casi por primera vez, el color, las formas, todo un despliegue visual.

La zona de los vinos: la Rúa Nova, la Praza do Campo y Rúa da Cruz, corazón de la ciudad vieja, pegada a la catedral. ¡Cuántas peregrinaciones con los amigos de bar en bar, de bebida en bebida y de tapa en tapa! 

Praza Maior, antes de España, el Cantón y la Rúa da Raíña o de la Reina. Paseos adolescentes, una y otra vez, para verlas a ellas, que también paseaban. Habiendo corrido el tiempo, desayunos en el café y vermus en las terrazas. Ya no están los viejos y señoriales olmos o negrillos, ni los leones que custodiaban las escaleras de acceso a la plaza. 

Los institutos, la Avenida dos Tilos (Unter den Linden, si estuviese en Berlín). Desde la pérgola del Parque, abrazada por una colosal glicinia, se veían el río, un Miño todavía joven, y la perfecta campiña; pero ya no, qué abandono. 

Y el dudoso viajero se retira a su casa, aquí mismo.

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