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El Café de María y el señor Ramón

Café

Una persona toma una taza de café

El señor Ramón era maestro pero no ejercía. Imagino ahora que pudo ser un represaliado al que le impidieron dar clase. El señor Ramón abría solo los días de feria y atendía el café desde muy temprano. La víspera limpiaban detenidamente los cristales de las ventanas y la puerta, después de retirar las contraventanas de madera, de esas de poner y quitar. Era el único café del pueblo, con mesas de mármol, una especie de pequeño archivador vertical para los naipes, que estaba colgado en la pared a la altura de la barra. Había también algunas cajas de madera con fichas de dominó. La barra era pequeña y alta. Mi cabeza no llegaba a la barra.

Para ver la máquina del café, redonda, vertical y alta, tenía que situarme lejos. La máquina del café estaba tras la barra, en una esquina, a la derecha, pero en posición muy destacada. Era el centro. A mí, y creo que a la gente del pueblo, me parecía un artefacto de gran complejidad técnica: muchos tubos que salían por los laterales, vapor, acero, latón brillante al que le daban Sidol para que brillase más. La máquina del café estaba muy cuidada. Había mucha gente que se paraba ante la puerta o ante las ventanas solo para observar aquel artefacto.

Entrar al café era señal de distinción. Estaba la pareja de la Guardia Civil, el médico, el notario que venía las tardes de feria para hacer testamentos a los viejos campesinos, el dentista que también trabajaba en esas tardes en una habitación al lado de ‘Peluquería Esperanza. Tintes y permanentes’. Fue el primer letrero publicitario que pusieron en el pueblo. La taberna de Maximino, que guardaba de antes de la guerra los libros de Curros Enríquez y no iba a misa, tenía pintado en la pared ‘Vinos puros del Ribero’. Fue el otro reclamo publicitario del pueblo que la gente convirtió en estribillo: «vinos puros del ribero, al revés manso cordero». A saber por qué.

El café que atendía el señor Ramón tenía en la pared que estaba detrás de la barra unos estantes de cristal, colocados de forma irregular pero con estética, que exhibían algunas botellas de cognac, pocas, muy pocas, eran años de escasez; anís en esos envases de cristal blanco tallado y el aguardiente en botellas sin etiquetar. A veces había una botella más pequeña, más estrecha, con un licor blanco y una rama dentro: era anís escarchado; todo un acontecimiento. Luego llegó el ponche. Pero eso tuvo que ser ya con los planes de desarrollo de los tecnócratas del Opus en marcha. Al café que atendía el señor Ramón iban también los hombres de las casas que tenían caseros, los que podríamos llamar ricos en aquel mundo de miserias.

Al café que atendía el señor Ramón le llamaban Café de María. Era su hermana o su cuñada, no recuerdo. Quizás no; el señor Ramón estaba soltero. También lo estaba Peteiro, que recitaba a Lorca y añoraba a una mujer vestida de faralaes. Esta mañana me despertó un café de María. Me ofreció un segundo, más fuerte, para espabilarme y recordé tras la barra al señor Ramón, concentrado preparando cafés. Era buen café. Vuelven los tiempos de escasez.

El Café de María y el señor Ramón
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